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El Puente. León Molina

La música

La música Venía el otro día del trabajo camino de casa a la hora de comer con un barullo de asuntos profesionales en la cabeza. Digería como podía el atasco de cada día, cuando de pronto sonó en la radio el tema Santa Lucía en la voz de Miguel Ríos. Y  fue algo así como si alguien me hubiera tomado por el brazo estirándome violentamente y me hubiera sacado del lugar en que estaba, dejando atrás de golpe todos los pensamientos en que estaba enfrascado. Como si me hubieran arrancado del tiempo y el lugar y hasta de mi vida. Fui transportado en un vuelo largo pero instantáneo hasta otro tiempo, otros lugares y una vida que fue la mía y que es muy distinta de la que hoy vivo. Cuando fui consciente de todo ello, descubrí en mi coche, sentado al volante, a un señor gordo y canoso con mi misma cara, que venía de un trabajo extraño y soportaba con medio mosqueo el atasco de coches. Ese hombre tenía un nudo en la garganta. Toda su cabeza estaba llena de una melodía y de unas frases, “El teléfono es muy frío, tus llamadas son muy pocas, yo sí quiero conocerte y tú no a mí. Dame una cita, vamos al parque...”. Este hombre un tanto avergonzado por su emoción me miraba bastante extrañado. Allí estábamos los dos, mirándonos y  preguntándonos con la mirada si uno de nosotros era real y el otro sueño y, en ese caso, quién era quién. Todo se desató con una canción, con un viejo tema que habita rincones queridos de la memoria. La música, se piensa, es parte de nuestra identidad. Yo más bien creo que la música juega a su antojo con nuestra identidad como un genio caprichoso. La música maneja nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestros estados de ánimo y hasta nuestra propia imagen. La música es capaz de desordenar las estanterías de nuestra historia personal y crear una confusión de años y sucesos.  La música puede llegar a encarnarse en nosotros y convertirnos en una melodía alrededor de la cual da vueltas un extraño. La emoción que puede hacernos sentir creo que proviene de ese desorden, de la capacidad de hacernos ser algo más extraño y complejo que el aburrimiento de ser sólo nosotros mismos. De modo que allí estábamos yo y yo emocionados y contentos por esta sacudida que de modo inesperado nos sacó de la más que previsible rutina de un lunes desplazándonos del trabajo a casa. Poco a poco todo volvió melancólicamente a la normalidad, pero la música supo dejar como una foto en una chincheta su momento especial de la semana. Y es que muchos viven con intensidad la música, mientras otros lamentablemente, escuchan a Sabina.
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1 comentario

KinJongII -

Todos sabemos que, por la fuerza de las cosas y del tiempo, cuando la realidad ya no es lo que era la nostalgia cobra todo su sentido.
Ahora, que descanso en los abismos superficiales, y que estoy alejándome de la primavera de la vida, eso sí, rodeado de amigos y consejeras, he llegado a entender la fractura del tiempo:el horizonte de desaparición de la música. La fractura entre "la música más real que lo real" que prolifera como aquellas células que han "olvidado morir" y que dan lugar a la metástasis espectacular de OT (Operación triunfo). Colonizan satélites, bandas radiales y cerebros a través del ejercicio de la banalidad. Hoy la música es banal, la de ayer era una música fatal.
Esta "música para espongiformes" o "hipermúsica" aparece con una variante étnica fantástica: "el perreo", es decir, ¡vacas locas intentando ser perros!.
Todos sabemos que las vacas locas son vacas caníbales aunque la voluntad del vacuno no haya intervenido a tal disposición, sino que se la endosan. Pero lo que no sabíamos era que podíamos comprobar la hipótesis de que somos lo que comemos: el dispositivo caníbal que se alimenta de perros inventa, ¿como no?, "el perreo". Esta hipermúsica homologante, descuartiza la oreja y la jeta por su obscenidad, es decir, por su falta de secreto y de desafío.
Pero, ¿despertará los mismos sentimientos -a los que te refieres tu-a los seres mutatantes?.
Decididamente, no tengo la respuesta. Al ser seres metastásicos, la identidades individuales que construya su música no plantearán el problema de la diferencia o la alteridad, sino que giran en la órbita abyecta de "lo MIsmo de lo Mismo".
En calquier caso, Mike Ríos no es santo de mi devoción, al igual que Sabina, pero aún están al lado de la diferencia y, por tanto, del territorio de la Música. Así pues, el horizonte de desaparición de la música tiene fecha: miren la generación i-Pod con sus botellones espongiformes, sus F1 de gama baja y su música homologada y homologante. Sentirán la nostalgia de La Música pero con un yo que puede experimentar la fragmentación, la ruptura: la estética.
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