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El Puente. León Molina

Campo de batalla

Campo de batalla

Mientras el polvo de los edificios derruidos tapa las vísceras desparramadas de las víctimas del fuego judío, la serpiente del odio engorda en el interior de sus familiares y vecinos. Su veneno será inyectado con saña repetida en el futuro en los mercados, calles y plazas de Israel. Israel sabe cuidar como nadie su granja de terroristas. Al mismo tiempo, las buenas gentes del mundo que tienen en su cabeza una vocecita irreflexiva que les dice que se pongan del lado del débil, aunque  el  débil sea un indeseable inconsciente,  meten en el más olvidado de los cajones de su memoria las imágenes de los judíos reventados por un iluminado que llevaba el pecho lleno de explosivos  y una mochila con su Dios de la ira en la espalda.  Alrededor de un platillo de mojama regado con un buen tinto, se discute sobre quién tiene razón, quién ataca, quién se defiende, quién empezó primero, las más de las veces desde posiciones que poco tienen que ver con la información y la reflexión, sino con el color de la cuadra política a la que pertenecen los caballos desbocados de nuestra verborrea. Deberíamos contarle nuestras finas opiniones al médico que intenta volver a meter en su sitio los intestinos de un chaval en el descansillo de la escalera de un hospital alumbrándose con la luz de un móvil. Sería ilustrativo escuchar su respuesta.  Los dirigentes mundiales, descendientes de aquellos otros que arrojaron un nuevo  país al mundo como el que arroja una moneda al aire, sin nadie que les estire de sus corbatas de seda, viajan veloces a Israel a pedirles por favor a sus gobernantes que no se enrollen tan mal y regresan orgullosos a contarnos que han arrancado de estos la promesa firme de darle vueltas al tema y preguntarle a su primo de Zumosol americano qué le parece la movida. El nacionalismo y la religión están de luna de miel en Gaza, por fin su amor fatal ha vencido. Mientras no seamos capaces de expulsar a esta pareja de nuestra cabeza y nuestra corazón, el mundo seguirá siendo un sangriento campo de batalla en el que los muertos se desploman junto a las mesas en que otros apuran su aperitivo antes de regresar a su casa.

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