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El Puente. León Molina

Saber

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El pasado fin de semana participé en una excursión con un grupo de etnobotánicos a una aldea abandonada de la sierra albaceteña.  El lugar, que yo conozco bien, es un sitio espectacular por el lugar en que se encuentra, por las características de la aldea colgada en un farallón de piedra y cuyas casas en parte son cuevas y porque el tiempo allí se detuvo desde que sus últimos moradores se marcharan. En esta excursión yo mostré el secreto lugar a los científicos. Por su parte ellos llenaron de conocimiento y nuevo sentido este lugar. Un edificio que para mí que hasta entonces no era más que una casa hundida pasó a ser una yesera en la que los antiguos fabricaban el yeso con que hacían sus casas, y no sólo eso, sino que conocí el proceso y el porqué de las formas de las estancias en relación con su uso. Dentro de las casas, un haz de yerba seca se convirtió en un amuleto mágico protector que preserva al ganado de enfermedades, unas plantas que no parecían más que parte de la suciedad general pasó a ser un botiquín de emergencia para curar determinadas enfermedades. Unas curiosas formas al final de una viga caída se convirtieron en clavos de madera labrados a mano y conocimos el procedimiento de su construcción.  Poco a poco, la vida de aquellas gentes, sus ocupaciones y hasta sus creencias fue apareciendo con claridad delante de mis ojos, en el mismo lugar en el que antes sólo había ruinas y suciedad.  Respecto a mis anteriores visitas se había operado un cambio trascendental gracias a mis amigos botánicos; el cambio del conocimiento. De todo esto deduje un par de cosas. Por una lado que el conocimiento es una aventura emocionante, tanto como la pura contemplación o la experiencia del placer estético, y por otro que el conocimiento trasforma la realidad y a nosotros con ella. De modo que nuestros apasionados juicios sobre las cosas deberían contar con su provisionalidad si no queremos hartarnos a decir tonterías. La otra tarde, vadeando torrentes bajo la nieve, observando aquella aldea abandonada, aprendí que el mundo es una enorme complejidad de mundos. Y que el que cree saber, está perdido en la más profunda obscuridad de la ignorancia.

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