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El Puente. León Molina

Pijólares

Pijólares

A veces las cosas se entienden mejor llevándolas a dimensiones más pequeñas que nos sea más fácil imaginar. Bien, pues imaginen ustedes que las comarcas de Albacete decidimos crear una auténtica comunidad, nos ponemos más o menos de acuerdo para ello y firmamos un grandioso tratado. La primera decisión es crear nuestra moneda –el pijolar, pongamos por caso-, y montamos un tinglado de miles de políticos y funcionarios que no sabemos muy bien qué hacen, después tendríamos que crear un gobierno económico común, pero lo dejamos porque los de La Manchuela no se enrollan desde el eje que han creado con los del Altiplano de Almansa que ni siquiera están en el pijolar, de modo que cada comarca va con su pellica. De ahí en adelante pues la idea de fomentar nuestra cultura común, nuestra presencia fuerte en el mundo – estando con los de arriba para influir y con los de abajo para cooperar- , nuestra fortaleza unitaria para pararle los pies a los especuladores que aparecen por aquí etc, pues lo seguimos dejando siempre. Eso sí, ya no pedimos el pasaporte en Elche de la Sierra para llegar a Yeste, ni en Barrax para llegar a Ossa de Montiel. Y resulta que un día la cosa se pone chunga y la Sierra de Alcaraz está temblando. Entonces los del llano le prestan pasta cobrándole un interés nada despreciable que los deja más o menos en la misma ruina. Los señores de los bancos ven que los de la Sierra del Segura y los de los Campos de Hellín van también justos y los funden con los intereses por sus préstamos hasta dejarlos al borde de la bancarrota. Mientras, los cientos de políticos de las comarcas no paran de hablar pero acuerdan más  bien poco, entre otras cosas porque después de tanto tiempo en realidad no existe ese Albacete Unido tan bonito que nos contaron. Han sido todos egoístas y cobardes. No pueden hacer algo tan sencillo como ir todos juntos a negociar con los bancos dándose a respetar con lo único que entienden que es la fuerza y los billetes y contándoles cuáles serán las reglas del juego a partir de ese momento. Todo ha sido hasta ahora palabrería y seguimos fragmentados, aferrados a nuestras pequeñas comarcas con sus banderas, sus himnos y su resto de tonterías. Unos quebrados, otros temblando y todos con cara de tontos tocándonos los menguantes pijólares que van quedando después de los que nos quitan esos mismos políticos para pagar la púa de su ineficacia. Menos mal que nada de esto existe, que ha sido un delirio. ¡Qué susto, pijo!. 

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