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El Puente. León Molina

Encierros

Encierros Hace unos días aquí, muy cerca de mi casa, murió un chaval corneado por una vaquilla.  El modo en que recibí la noticia fue brutal, como brutal fue el suceso: “La vaca le abrió la barriga en canal”, me dijeron. Hablo, como se puede intuir, no de un accidente aislado en el campo, sino de un encierro de los que se prodigan en estas fechas por nuestra provincia y por toda España. El juego antiguo del toro era practicado por atletas, por hombres jóvenes y físicamente  dotados que mostraban a sus conciudadanos su capacidad de sobreponerse al miedo y de  llevarlo al límite enfrentándose con astucia a la fiera. Esta actividad cumplía su función en pueblos que sentían siempre cercano el fragor de la guerra. Hoy esta función carece de referentes porque por fortuna hoy no sentimos la cercanía de la guerra y, sobre todo, porque no hay que ser muy valientes para ganar las guerras modernas, sino tener mucho dinero y tecnología. Y no veo yo que haya modo de correr un F1 cargado de misiles, o hacer muchos recortes a un carro de combate lanzando pepinazos por la calle mayor de un pueblo serrano. De modo que este ejercicio ha pasado a ser puro folclore, pura fiesta. ¿Porqué entonces las calles de nuestros pueblos se siguen llenando de corredores dispuestos a jugársela frente a animales para los cuales en muchas ocasiones la denominación de “vaquilla” es un chiste cuando se les miran los cuernos?. Porque en mi opinión el impulso es el mismo de la antigüedad. Porque seguimos siendo bárbaros que entendemos la vida como una guerra, la guerra como un juego y el juego como una finta al peligro de la pérdida, aunque la pérdida pueda ser la propia vida.  Y acaso no está mal que así sea. La república de los hombres perfectamente racionales, equilibrados, pacíficos y serios debe ser un muermo también perfecto. Si en ningún momento somos capaces de echar una pizca de locura al puchero de nuestra vida, el guiso no nos va a hacer daño, desde luego, pero va a estar más bien sosito.  Correr delante de un toro suelto por la calle seguramente les proporciona a muchos ese toque de picante locura que echan de menos en el insípido plato de cada día. Además la barbarie que duerme en el fondo de los corazones encuentra entre los dos pitones una puerta para salir a ver el mundo sin empujar a nadie a abrirle la cabeza a sus semejantes. De modo que para que la razón no se convierta en un monstruo, hay de dejarla rodar de vez en cuando delante de los cuernos de la emoción, aunque nos arriesguemos a que nos la devuelvan con las tripas fuera.
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