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El Puente. León Molina

Resto 2006

Voceras

Voceras Existe una palabra muy manchega, que no recoge el diccionario, pero con la que seguro nos vamos a entender; la palabra “voceras”. Quizás la más parecida que hay en el diccionario sea “vocinglero”, que define como “que da muchas voces o habla muy recio”. Pero ustedes, que son manchegos, saben que “voceras” tiene una connotación añadida en el sentido de alguien que habla de más y generalmente con poco fuste. El voceras es un tipo que se gasta mucho en nuestro país. Hay personas que al parecer se sienten cómodos y reafirmados con una voz tronante usada a un volumen que puede superponerse incluso a las demás de un bar del polígono a la hora del almuerzo, que es uno de los niveles de bulla más altos que se pueden disfrutar en nuestra ciudad. El voceras se siente seguro de sí mismo y  le cuenta a todo el mundo en cien metros a la redonda sus muy precisos análisis futbolísticos o sus profundos conocimientos de los más oscuros entresijos de la política nacional y hasta internacional. El voceras tiene también una manifiesta falta de pudor cuando por ejemplo cuenta sus planes de pegarle dos ostias a alguien que a juzgar por su énfasis, seguramente se las merece. Pero la auténtica gloria del voceras ha llegado con la irrupción del teléfono móvil. Un voceras agarrado a un nokia que le avisa con el paquito chocolatero a toda pastilla es una curiosidad zoológica, una especie endémica de la península ibérica que debería entrar en las listas de conservación de la Unión Europea. Hace unos días pude presenciar una escena que ya hubiera querido filmar Rodríguez de la Fuente. Iba por la calle a mitad de una manzana y  me sobresaltó el berrido de un voceras desde la esquina, que decía “¿dónde estás mariconazo?” (todos debíamos ser mariconazos porque miramos como veinte persona por toda la calle). Y enseguida escuché desde la otra esquina de la manzana “voy por la calle ancha, so mamón que te estoy buscando”. Era otro voceras amigo del primero. “Pero si te estoy oyendo pero no te veo, chorra” decía el voceras número uno, “pues apaga el móvil y sigue hablando” decía el voceras número dos.  Los surrealistas amigos voceras por fin se encontraron y nos contaron a todos que estaban muy contentos de verse y que se iban a tomar un café juntos, lo cual nos dejó a los treinta o cuarenta viandantes mucho más tranquilos. Los voceras son gente patosa, molesta y contaminante. Pero se les ve tan felices y realizados en su permanente berrea que ni siquiera nuestra eficacísima policía municipal osan perturbar su paz tronante.
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Un Albacete grandismo

Un Albacete grandismo Nuestra ciudad le ha hincado el diente a la vieja circunvalación y está terminando de comérsela. En su lugar está dejando un inmenso bulevar bien urbanizado, alumbrado y ajardinado. Eso está bien. Con esta vía, según dicen integradora de los barrios, la ciudad se ha desmelenado y crece a velocidad de vértigo en todas direcciones. Por cualquier vía por la que salgamos de la ciudad nos encontramos nubes de grúas que fabrican grandes barrios de nueva planta de un plumazo. Oigo decir que eso está bien. Se realizan o anuncian gran número de obras de relieve. El palacio de congresos, la estación del AVE, el parque científico y tecnológico y un largo etcétera. Y eso todo el mundo dice que está bien. A la gente le gusta el crecimiento, eso que llaman desarrollo. Y al que más a nuestro alcalde. Pérez Castell tiene verdadera obsesión con que Albacete llegue a ser una gran ciudad. Y parece ser que la mayoría considera que está bien que su alcalde piense así y actúe en esa dirección. De modo que algo no debe funcionar bien en mi cerebro, porque frente a este futuro de crecimiento, me asaltan las dudas. ¿Para qué queremos un Albacete grande?. ¿Qué nos va a aportar ese crecimiento?. En Albacete hoy, y desde hace ya algún tiempo, los albaceteños pueden acceder a todo aquello que al parecer necesita el moderno urbanita de la sociedad de consumo. Ya nos hemos cargado todos los cines y tenemos las modernísimas multisalas de centros comerciales con unos sensorround que la flipas y rodeados de un hermoso paisaje de neón.  Nos hemos cargado las tiendas de barrio y disponemos de hipermercados por un tubo a los que podemos llegar en coche hasta la misma puerta. Nos hemos cargado las tiendas de discos, nos estamos cargando las librerías, ya vivimos en un puro atasco de coches, como en Madrid o Barcelona. Tenemos opera dos o tres veces al año como en Milán, un equipo de futbol en las grandes divisiones como Valencia o La Coruña, tenemos un cuerpo de policía municipal que multa con denuedo pero que no está cuando necesitas cualquier cosa en tu barrio, como en Sevilla o Málaga. A pesar de la presión del fast food, conservamos una tasa de bares por habitantes inalcanzable para cualquier urbe española. ¿Para qué queremos crecer más, si nuestro Albacete es la caña de España?. ¡Ah, sí!, el progreso. Ahí sí que me habéis dado y tengo que callarme. Yo soy un pobre hombre sin fe en la nueva religión. Más bien un apóstata que considera ese desarrollo un hijo bastardo del crecimiento humano. Y que se está ganado a pulso un tizonazo.

El texto y el comentario

El texto y el comentario “Los primeros cuarenta años de la vida nos dan el texto, los treinta siguientes, el comentario”. Es una frase de Shopenhauer que me encontré por ahí. Desde entonces ha vuelto a mí repetidamente. Porque la frase tiene su miga, especialmente para los que ya pasamos de los cuarenta y de este modo, según Shopenhauer, tenemos ya entre nuestras manos el texto escrito de nuestra vida y nos dedicamos a comentarlo, o lo que es lo mismo, a recordar más que a hacer. En un primer momento, la frase me produjo el lógico desdén. Pensé que esa no era mi situación. Sin embargo, al hilo de esas palabras, he ido reconociendo situaciones en mi vida que puede que delaten lo contrario. Soy  aficionado a la música, pero descubro que desde hace tiempo apenas compro ningún disco, a lo más me bajo de internet viejas canciones de mis favoritas con las que me hago recopilaciones para el coche. Cuando escucho música vuelvo siempre a un puñado de discos que no fallan, que me llenarán de emoción como lo han venido haciendo durante años. También soy aficionado a la lectura y de modo especial a la poesía. Y aquí más de lo  mismo. Hace años disfrutaba ávidamente con las novedades, ahora sin embargo voy a lo seguro. Si puedo leer otra vez a Quevedo, a Cernuda, a Vallejo, a Machado... ¿Para qué perder el tiempo como tantas veces perdí en novedades de poco interés?. Cuando era joven me apasionaba viajar y descubrir nuevos sitios. La lista de lugares que quería visitar era grande y apremiante. Saber hoy que, posiblemente, no voy a deambular por las callejuelas de Marrakech o que no pasearé por las riberas de los lagos finlandeses, no me produce la más mínima decepción y, sin embargo, vuelvo con frecuencia a los mismos paisajes de nuestra sierra que ganaron hace tiempo un lugar en mi corazón. No sé. En el fondo de todo esto debe estar el tiempo practicando sus juegos con la vida.  En la juventud la vida era una inmensa planicie, casi eterna, donde todo podía pasar, donde había tiempo para que todo pasara. Dejada atrás de largo la cuarentena, la vida es algo que en buena medida ha pasado ya y donde, más lejos o más cerca, se vislumbra el final antes invisible. De este modo el que vive, empieza a saber que lo más cierto es que “aún” vive. Y se repliega más hacia su interior reconociendo que su vida es en gran medida lo vivido. Pero si no eres lo bastante viejo para que esto se convierta en la patología del abuelo de las batallitas, estás en una tierra de nadie, donde la frase de Shopenhauer, la estimas cierta, pero a decir verdad, jode.

Gamoneda

Gamoneda

En estos días el poeta Antonio Gamoneda está recibiendo todos los grandes premios (Reina Sofía, Cervantes) que vienen a unirse al Nacional de Poesía que ya había recibido por su libro Edad. Estos acontecimientos han traído a mi memoria un par de días que tuve la suerte de compartir con él hace tres años, cuando vino a Albacete, invitado por el grupo poético La Confitería, a leer sus poemas y a hablar con sabiduría de la poesía. Junto a los poetas Arturo Tendero y Javier Lorenzo, comimos, nos deleitamos en los vinos, paseamos por las calles de Chinchilla y, sobre todo charlamos pausada y deleitosamente. Recuerdo especialmente que las horas que habíamos dedicado supuestamente a acoger al poeta de nuestras queridas lecturas, se convirtió en la tarde en que fuimos acogidos por él, en el blando espacio de su sabiduría y corroboramos la sospecha de que sus poemas desolados en los que brilla la muerte, no son más que un canto a la vida y dentro de ella a la amistad y los brazos abiertos con generosidad para que otros disfruten lo que a él, con su triste biografía, le fue negado.

Aquel día, al llegar a casa, satisfecho e impresionado, escribí el texto que copio a continuación. 

Aquel poeta era muy viejo. Era tan viejo que resultaba increíble que cada día pudiera llegar al día de hoy viniendo desde tan lejos. Si se observaba bien, sin embargo, podía uno darse cuenta de que sus ojos se quedaban atrás, que no llegaban con él. Escuchábamos complacidos la charla envolvente que despliegan los ancianos cultos y lúcidos, pero sus ojos nos miraban desde años pretéritos, absortos en la distancia. A la noche, al despedirnos en la puerta del hotel  me dijo: “Amigo León, gracias por todo. He pasado una tarde muy agradable. Ahora descansaré lo que pueda, soy un viejo insomne. Adiós amigos, y escribid, que vuestro momento es ahora.” Y supe que cuando alcanzara la habitación con sus lentos movimientos, se sentiría relajado en esa casa de nadie, y que volvería a los lugares que sus ojos miraban durante la cena y que, tomando papel y pluma, con minuciosidad de orfebre se pondría a escribir los mismos poemas que ya escribiera. Y leí de nuevo en su Libro del Frío: “ Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón. / Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos. / Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.

El jardín neolítico

El jardín neolítico Existe en el sur de la provincia de Albacete un término municipal que se llama Nerpio, pero que bien pudiera llamarse El Jardín Neolítico. En ese territorio están documentados más de setenta yacimientos de pinturas rupestres del arte levantino, declaradas por la ONU Patrimonio de la Humanidad y considero que no es difícil que aparezcan más por lo intrincado del terreno y porque todavía no se ha llevado a cabo una búsqueda sistemática, salvo por parte de algún entusiasta estudioso local. Algunos son una sucesión de covachas con decenas de figuras cada una de ellas. Otros son más modestos; aparecen en refugios aislados y cuentan con algunas figuras y signos. Algunas de éstas, sin embargo, unen al valor de las propias pinturas, un entorno de una belleza espléndida y, por qué no, el encanto añadido del reto de una naturaleza dura y una pequeña aventura. Alguna de estas covachas se ubican en farallones impresionantes a los que se accede tras un no fácil recorrido por breñas donde no hay más senda que las trazadas por jabalíes y cabras monteses y por cárcavas donde los montes se te echan encima y te recuerdan que eres pequeño en medio de la naturaleza. El pasado fin de semana visité una de ellas en un día de nieblas que dibujaban paisajes de ensueño en permanente cambio. Una lluvia fina arrancaba de la tierra olores puros, mientras pájaros cercanos e invisibles emitían cantos desconocidos, poniendo sonido a la emoción y la belleza. Realmente, sentado en esos refugios, de espaldas a las pinturas, con la vista puesta en los valles y montañas de todos las azules, era fácil echar a volar la imaginación y rememorar la vida y las sensaciones de nuestros remotos antepasados. El municipio de Nerpio, pobre y despoblado, posee unas riquezas que podrían bastar para dar un medio de vida a sus gentes y evitar la emigración que ellos, enamorados de su tierra, llevan de un modo doliente. Yo disfruto de esos parajes, rey solitario en mi jardín neolítico, pero no cedo al egoísmo y deseo que otros puedan también disfrutar y que los nerpianos puedan arrancar los nuevos frutos de la tierra a través del turismo rural y eocológico. Pero hace falta que alguien se acuerde de Nerpio, que como le pasa a Teruel, también existe. Hay que hacer inversiones  a las que el municipio solo no alcanza(una brillante iniciativa local –El Parque Cultural de Nerpio- camina muy lentamente falta de recursos). Y que los nerpianos sean así los primeros protectores del legado que la naturaleza y los humanos dejaron en su tierra para toda la humanidad.

Ecología

Ecología Hasta hace poco tiempo, quizás hoy todavía, el ecologismo y los ecologistas eran vistos por mucha gente como una cosa curiosa y un tanto estrafalaria. Era muy divertido observar las acciones de Greenpeace entorpeciendo la labor de los balleneros desde sus botes neumáticos. Nos mondábamos de ver como en Alemania se desviaba el trazado de una autopista porque en un monte cercano anidaba una pareja de pájaros raros. Era todo, en fin, algo anecdótico de gente un poco chalada y maniática. Es cierto que desde las  filas ecologistas se han cometido excesos y a veces ha dado la impresión de que les importaba más la conservación de un escarabajo en peligro de extinción que el propio bienestar de la gente. Puede que estos excesos fueran propios de los momentos de romper las primeras lanzas en batallas que se prevén largas y difíciles. Es algo parecido a lo que ocurrió con los movimientos de liberación de la mujer. Se pasaron siete pueblos, pero su actividad sirvió para poner sobre la mesa un grave problema, y hoy en gran medida, sus reivindicaciones son asumidas con naturalidad  por el conjunto de la sociedad. En el momento presente, la conciencia ecológica empieza a calar en la estructura de valores de los individuos y existen incipientes indicios de que la clase política y los gobiernos comienzan a hacerse eco de esa demanda de actuación. Porque los gobiernos democráticos, para bien y para mal, actúan en función de las demandas y valores asumidos por sus gobernados. Se habla de acciones internacionales para amortiguar las consecuencias del calentamiento global, nos encontramos con políticos de influencia internacional que una vez fuera de la primera línea política, se implican de un modo u otro en actividades ecológicas. En nuestro país crece la aversión popular por los desmanes ecológicos a lomos de la demencia urbanística insostenible y destructora del medio. Esperemos que sean signos de una nueva cultura en la que de una vez por todas se asuma que para poder vivir bien, hace falta un lugar vivible donde hacerlo, que ese lugar es nuestra vieja y maltratado Tierra y que en ella existe un delicado equilibrio de vida y recursos. En definitiva, tiempo atrás podíamos decidir ser ecologistas o no, hoy no es posible esta decisión; Hoy los ciudadanos tenemos la obligación moral y la urgencia utilitaria e inteligente de ser ecologistas. Los partidos verdes quisieron llevar la ecología a la política. Hoy la tarea es hacer que la política llegue a la ecología. Sólo con poder político se consiguen cambios de calado. Ya les vigilaremos después.

Sí, pero no

Sí, pero no En la llamada Ley del Libro, el elemento que  posiblemente tenga más repercusión popular y suscite más comentarios es el  precio de los libros y su carácter fijo o no. A este respecto la ley apuesta porque el precio sea fijo, excepto para los libros de texto. De este modo el gobierno se queda a medio. Respecto al precio fijo para los libros, sólo decir que es el uso más frecuente en los países de nuestro entorno que han comprendido su naturaleza sociocultural y no sólo económica. Respecto a los libros de texto, lo de los descuentos era un dislate y debía ser corregido, pero con esta propuesta se quedan a medio camino. El argumento que ofrecen es que la liberalización del precio del libro de texto (que ha de consumirse por fuerza) provocará una bajada de los mismos por obra de la competencia y redundará en beneficio de la economía familiar. Parece convincente. Pero lo que no se tiene en cuenta es que buena parte de las librerías tradicionales subsisten gracias al  libro de texto y no podrán desde luego competir con los hiper y grandes almacenes. Desde una lógica pura de mercado, sin problemas; el que no sea capaz de mantener su negocio, que cierre el kiosco y se dedique a otra cosa.  Pero esto es bastante más discutible desde una concepción de la cultura no mercantilista, sino como bien social que es necesario proteger. Y el librero juega aquí un papel primordial. Si no existieran los libreros, los lugares para comprar libros serían enormes almacenes de best sellers donde no quedaría lugar para los libros de poca rotación, imprescindibles para la difusión y creación cultural. Y  nos entenderíamos con un operario que no conoce nada más allá del código de barras y no con un profesional que sabe de libros y nos puede ayudar  - podría contar un puñado de anécdotas  de profesionalidad, sin ir más lejos, de la librería que visito desde hace más de treinta años-. ¿Quién nos asegura que una vez borrados del mapa los libreros, los pocos y poderosos minoristas que queden no decidan juntos subir los precios?. ¿Porqué no puede fijarse un precio fijo y justo y dejarnos de especulaciones?.  Dice la ministra del ramo que es una medida provisional hasta alcanzar la gratuidad total del libro de texto, idea puesta en marcha en Castilla-La Mancha por el populismo de Bono. La gratuidad del libro de texto es injusta. Libros gratis para quien lo necesite, sí. Para el resto, ¿por qué?. Son recursos que se pueden invertir en otras mejoras del sistema educativo. Gobierno atrevido en unos casos. Tibio y blando en otros. Es lo que hay.

El reencuentro

El reencuentro Tengo un hijo adolescente que está como pasmado ante la vida y sus obligaciones. No hace nada. No estudia. En este momento su situación académica está patas arriba. Yo como padre me enfrento a esta situación y lucho por todos los medios que están a mi alcance  para que conecte con la rutina de las obligaciones y se enganche de nuevo al camino de los estudios. Porque en la vida de adulto le va a ser necesario. Es lo razonable. Sin embargo no puedo dejar de acordarme de que yo viví una experiencia parecida a su edad. Recuerdo el aburrimiento de los estudios y de todo lo reglado, al mismo tiempo que sentía en mi interior la profunda intensidad de vivir hasta el más nimio acontecimiento. El simple vivir, el paso del tiempo, las conversaciones con amigos, el sabor de un cigarrillo en la gélida soledad del parque en invierno, el eco de algunas frases que surgían misteriosamente de mi cabeza y que me seducían por su belleza, eran para mí una experiencia incomparable. El instituto, la familia, las vidas de la gente, todo quedaba atrás gris y carente de atractivo. En aquellos días en que yo torturaba a mis padres, estaba germinando en mí la pasión de vivir. Luego, en algún libro encontré el estremecimiento y la pasión del conocimiento, de la belleza. Siendo aun muy joven comprendí que no existe un placer más intenso y duradero que el conocer y que para conocer de verdad, para no ser una grabadora de datos, hace falta la creatividad y que la creatividad no se produce sin cierto grado de excentricidad y locura. Creí firmemente en mi juventud que yo iba a ser un loco creador. No ha sido así. Terminé por convertirme en un hombre convencional. De todo aquello no queda más que el gusto por la lectura y recurrentes periodos de melancolía cuando me enfrento a mi perfecta y gris cordura.  Mi hijo es una persona inteligente y llena de talento. Quizás también a él la vida le esté absorbiendo en la pasión del descubrimiento y no le queden ganas para enfrentarse a tonterías tan grandes como una clase de conocimiento del medio. Lo que más me apetecería en el mundo sería poder volver un montón de años atrás y buscar a mi hijo y proponerle hacer novillos y largarnos al parque a echar un cigarro mirando a las nubes y hablar de espléndidas tonterías mucho más hermosas que el runrún de los profesores. Pero eso es imposible, y yo soy su padre. De modo que no puedo prometerle mucho. Quizás tan solo poder mirarnos de nuevo sin ver nuestros ojos asustados por el tiempo. Sería sin duda un hermoso reencuentro.

El amor. El espanto

El amor. El espanto

Me permitirán ustedes que reproduzca aquí uno de los sonetos más famosos de la lengua castellana y posiblemente también uno de los más hermosos. Se trata de Amor constante más allá de la muerte, de Francisco Quevedo: “Cerrar podrá mis ojos la postrera / Sombra que me llevare el blanco día, / Y podrá desatar esta alma mía / Hora, a su afán ansioso lisonjera; / Mas no de esotra parte en la ribera /Dejará la memoria, en donde ardía: / Nadar sabe mi llama el agua fría, / Y perder el respeto a ley severa. /
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, / Venas, que humor a tanto fuego han dado, / Médulas, que han gloriosamente ardido, / Su cuerpo dejará, no su cuidado; / Serán ceniza, mas tendrá sentido; / Polvo serán, mas polvo enamorado.”. La forma de este poema es muy hermosa y conduce y envuelve algo que nos embriaga a todos: la grandiosa mentira del amor. García Márquez tituló un cuento suyo Muerte constante más allá del amor. Ingenioso, pero también mentira. La muerte, como el amor, no duran.

Epicuro dijo: “La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.”. Siguiendo con los juegos se podría decir que el amor es una quimera porque mientras estoy enamorado no soy yo y si soy yo, no puedo estar enamorado. Porque los enamorados son sobre todo enajenados, atontados que pierden contacto con la realidad y en muchas ocasiones también con el buen gusto. Lo que Quevedo no sabía es que ya había empezado a morirse mucho antes de que sus médulas fueran polvo enamorado, porque se ve que estaba enamorado el hombre. Los humanos somos así. Nos movemos cómodamente en la grandilocuencia y nos emocionamos con los grandes pensamientos que exceden lo real. Por eso llevamos siglos liados con Dios, con el amor, con la muerte y otras zarandajas. Me vengo refiriendo aquí al concepto de amor como esa atracción poderosa del amante por el amado. Otra cosa es el amor como entrega generosa a otro o a otros. Este amor sí es real, existe y se manifiesta y es lo que, el mejor de los casos, le cabe esperar a una pareja de enamorados cuando se les pase la tontuna que ellos llaman amor y que no es más que una idealización cursi de un achuchón del celo. El amor es un galimatías, mientras que en la seducción habita la inteligencia. La clave, al fin, de nuestro tosco invento del amor y nuestro denuedo por creer en su existencia nos la da  Borges: “No nos une el amor, sino el espanto.".

El lío de la edad

El lío de la edad Me dice un amigo sociólogo que en los estudios sociológicos y de mercado ya no se usa la clásica división por edades y que ésta ha sido sustituida por la situación laboral y familiar. Y, bien pensado, la cosa resulta evidente. Un hombre o una mujer de 35 años ya no estaría en el segmento clásico de los jóvenes, pero si esta persona vive todavía en casa de sus padres y está soltero, a los efectos de su comportamiento y de su consumo sigue siendo un joven  y comportándose como tal, aunque tenga ya los tacos que tiene. Gastará dinero en moda, irá al cine, a los pubs, viajará, etc. A un viudo incluso de algo más de edad le puede pasar lo mismo. Sin embargo un joven que se ha casado pronto y ha tenido hijos muy joven, la hipoteca de la casa le habrá caído encima como una losa para su juventud y, a efectos estadísticos pasará a ser un “maduro”. Nuestra longevidad y salud, unida a un modo de vida más abierto, menos previsible en sus aconteceres y edades, hace que nos encontremos rodeados de jóvenes maduros, viejos jóvenes, y todo el resto de combinaciones que se pueden hacer con los grupos de edad. Parece que lo único que no se mueve es la adolescencia. Sigue siendo una enfermedad igual de jodida que siempre. Si acaso algo ha cambiado es que es más larga y  más jodida que nunca. En tiempos de nuestros padres la edad del pavo era una tontuna pasajera que se curaba pronto con alguna tontería y alguna colleja paterna, porque el chaval tenía que espabilar pronto y entraba en la vida adulta como un cohete a base de currar sin otro horizonte a la vista, y de ahí casarse y tener hijos, todo de corrido y en un plisplás. Ahora sin embargo la adolescencia es eterna. Hay incluso en nuestro tiempo mucho adolescente permanente, gente inmadura que peina canas. Porque lo que caracteriza la edad adulta, que es la responsabilidad, la toma autónoma de decisiones y  asumir el resultado de los propios actos, es una piedra que se nos está haciendo harina. La sociedad superprotectora alarga la niñez y sus tierras fronterizas hasta edades inconcebibles en otros tiempos. De modo que la mitad de la población es adolescente y la otra media es un guirigay de viejos pollitos, jovenzuelos avejentados y abuelos marchosos.Y no digo yo que pase algo con esto, que a lo mejor no pasa nada. Pero hay que aprender a vivir con ello. Entre otras cosas, porque también me han dicho que el constante aprendizaje es lo que define nuestra sociedad y el que no lo consigue sí que está viejo, viejo. No como yo, que estoy hecho un chaval con mis casi cincuenta años.

La leona herida

La leona herida
Irak es una leona herida que arrastra sus cuartos traseros sobre la arena. Su dolor fue puesto en relieve en la antigua Mesopotamia para que llegara hasta nosotros su rugiente agonía. Para caer heridos y morir dejando un rastro de sangre, los irakíes no necesitan ya al genocida. El furor del asesinato está desgobernado y crece con el desorden de un tumor maligno. La bestia del caciquismo guerrero ha sido liberada por extranjeros. La gente de orden Norteamérica, dolida por el cruel asesinato del 11S, salió por el mundo con antorchas a linchar al primer país que no pudiera explicar qué hacía aquel día de la orgía sangrienta. Y encontraron a Irak con las manos manchadas de petróleo. El cabecilla vociferante, jaleado por sus aliados, tendió la soga y en medio del tumulto los pies de Irak quedaron colgando inermes. Los gusanos de la guerra están alcanzando ya sus huesos mientras en los hogares de aquella turba se reparte la cena como siempre dando gracias al Señor por sentarse a su mesa con ellos con los bolsillos llenos de bendiciones.

La leona se arrastra mientras los sacerdotes siguen disparando sus flechas envenenadas. No tienen siquiera la compasión necesaria para dejarla morir en paz. Sus rugidos pueden oírse en el mundo entero.

Irak recibe la muerte desde dentro y desde fuera. Desde fuera recibe con ojos azorados el desdén de los que pasan a su lado y ni siquiera hacen un gesto de ayuda, quizás por miedo al agresor que aún sujeta a su lado el arma homicida. Desde dentro recibe las heridas de la distinción de razas y nacionalidades. Heridas que se infectan rápidamente con el aire venenoso de las religiones. Para ambas cosas tienen sobrada experiencia; ellos fueron de los primeros constructores de imperios y de religiones. Quizás llevan demasiado tiempo enfermos por las iluminaciones de los poderes terrenales y celestiales.

Llevamos años escuchando la lista de bajas a la hora de comer. El telediario nos ha acostumbrado a mezclar los muertos con la sopa y tenemos que desconectar el cerebro para poderla digerir. Han caído ya seiscientos mil culpables inocentes. Una colosal montaña de cadáveres que en la distancia componen las formas de una leona herida arrastrándose sobre las arenas del desierto.
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Un sólo mundo

Un sólo mundo El problema actual de la emigración no es desde luego asunto para tomárselo a broma y mucho menos para frivolizar con él. Y un modo de frivolizar es enrocarse en posturas monolíticas que más que soluciones buscan un posicionamiento claro y vendible electoralmente frente al adversario. Los dos principales matices de las posturas que se esgrimen hoy son los dos verdaderos y necesarios; hay que regular la inmigración y hay que fomentar el desarrollo en los países de origen de la emigración. Lo sensato sería la colaboración política para buscar soluciones en ambas direcciones. Pero me temo que eso no va a suceder. Simplemente porque estamos metidos de lleno en la dinámica perversa de “lo que digan éstos, nosotros lo contrario”. El mundo occidental no tiene recursos para llevar a esos países al desarrollo a corto plazo, pero sí los tiene para llevarlos a los primeros escalones de desarrollo que son los que frenarían la emigración. Pero no hay conciencia ni voluntad para ello. Porque nuestro mundo, el mundo de los estados, divide permanentemente la realidad con la línea estúpida del  nosotros y el ellos. Las fronteras, esas rayas arbitrarias pintadas sobre los mapas, rigen nuestra visión del mundo, nuestro proceder y nos proporcionan incluso la vana y torpe ilusión de nuestra identidad.  Pero en el fondo no hay más identidad que merezca la pena defender que el ser humano, la evitación del sufrimiento de las personas sean del color, la lengua y las costumbres que sean. Contra esto, la estupidez humana se mantiene siempre alerta; un tonto de baba dice que España no ha pedido perdón todavía por la expulsión de los árabes de su territorio y un imbécil contesta que los que no han perdido perdón son ellos por la conquista y ocupación durante ocho siglos. Los supuestos españoles que estaban aquí cuando llegaron los árabes no éramos nosotros, eran unos señores germánicos que habían invadido la península y los árabes que fueron expulsados, eran árabes españoles. ¿O no se consigue la ciudadanía después de ochos siglos?.  Y desde luego, tampoco éramos nosotros los que los expulsamos. Todas las civilizaciones de la historia están construidas sobre las ruinas de otras. Deshacer esta madeja supone un camino imposible de regreso al paleolítico. Sólo ha habido gentes moviéndose por el egoísmo o el hambre por su propio mundo que es uno sólo. Y podemos levantar las murallas que queramos, pues todas las murallas son borradas por el tiempo y la erosión magnífica del sufrimiento, el hambre y el dolor humanos.

La pantomima

La pantomima Marcelino Menéndez Pelayo escribió: “ La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con sus padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes”. Y Eugenio d´Ors: “El catolicismo en España no es un fenómeno histórico, antes forma parte de la definición misma de España”. Muchos años han pasado desde que se escribieran estas líneas, pero a juzgar por el trato que recibe la Iglesia en nuestro tiempo da la sensación de que estas ideas pudieran seguir vigentes. Incluso las palabras de otro hombre de aquel tiempo, liberal y católico, parecen sobrepasar y adelantarse a esta realidad; Emilio Castelar : “ Cuando una religión se divorcia de su tiempo y de los progresos de su tiempo, ¡ay!, perece. Es imposible que se armonicen siglo liberal  y religión autoritaria; siglo democrático y religión que se inspira en tradiciones muertas; siglo de derechos y religión de jerarquías; siglo que se abre a todas las ciencias y religión que se cierra a cuanto no sea teológico: en tal estado, en crisis tan pavorosa y suprema, o los pueblos se petrifican o las religiones desaparecen”. Pero los supuestos herederos directos de aquel liberalismo, los socialistas, se inclinan ante los obispos y negocian con ellos las fórmulas para financiar a la Iglesia. El acuerdo que se acaba de firmar nos es vendido como el final de la financiación directa del estado, dejando sólo la financiación voluntaria de los fieles a través del IRPF. Eso sí, subiendo el tipo de esta aportación hasta el 0.7 por ciento. Esa cifra tiene algo de burlesco, dado que es famosa por ser la solicitada durante años por distintas oenegés como contribución al desarrollo del tercer mundo. Y resulta que del 0.7 ni hablar, pero para la Iglesia, ahí va generosamente entregado. La fórmula tiene otro lado burlesco; si se aplica ese porcentaje a la recaudación del IRPF del último ejercicio, el estado tendría que entregar más dinero del que ha entregado a la Iglesia, una vez descontada la aportación directa del estado. O los negociadores eran tontos y no sabían de cuentas, o piensan que lo somos nosotros o es más de lo mismo de siempre; “sin Iglesia no hay España” y seguimos inclinados ante la púrpura. Además es falso que paguen los fieles. Los impuestos van a una bolsa común que gestiona el estado. Si cada uno pudiera decidir las partidas a las que se ha de aplicar su aportación se acabaría con la solidaridad y de paso con el estado. Vivimos en un estado laico. ¿Porqué se repite, entonces, la pantomima?.

Insensatos

Insensatos En estos tiempos extraños en que nos ha tocado vivir podemos encontrarnos con grupos zulúes que tocan un rock contundente, japoneses que bordan la soleá a la guitarra flamenca, un chaval de Madrid que se cuela en la NASA y viaja al espacio, un primer teniente de alcalde alemán en los secarrales de Águilas, un gallego jefe de bomberos de Nueva York y hasta un tío de Albacete que escribe haikus. El mundo está lleno de insensatos. Por suerte. Un haiku es una composición poética oriental muy breve donde prima la sencillez y la belleza de la mirada puesta sobre lo que está pasando en un momento determinado. Quizás valga mejor poner algún ejemplo. En primer lugar un famoso haiku de una de los grandes maestros del género, Matsuo Bashô: “Un viejo estanque;/ se zambulle una rana, / ruido en el agua”. y este otro de un autor mucho más cercano en el tiempo, Yosa Buson: “tarde de otoño; / también hay alegría / en estar sólo”. Belleza del instante, delicadeza. Parece algo muy normal en los japoneses, unos tíos que se tiran cuatro horas para hacer un té, o que dan clase dos años sobre la manera de coger el pincel para pintar acuarela, pero ¿para un manchego?. ¿Y para un manchego al que se le ha podido ver vendimiando con un pañuelo en la cabeza y mojeteando en la cazuela del ajo mataero con fruición?. Pues haberlo, haylo. El insensato en cuestión es Frutos Soriano, nacido y criado en Albacete,  que es tenido por muchos como uno de los grandes cultivadores del género en lengua castellana. Una prueba de ello puede encontrarse en el libro que le ha editado Andrés Trapiello en la editorial  La Veleta, Diarios de un Holgazán. Frutos, enjundioso manchego, sabe guardar los espacios más amplios de su mirada para buscar la serenidad; “no tengo aún / suficiente silencio: / huyen los pájaros.” nos dice con desconsuelo. Y se funde hasta con lo más sencillo de nuestro parque; “en tu rincón / también eres amado / pequeño musgo.”. O la proeza de reparar en la luna en medio de la bulla de la Feria; “noche de feria: / no se pierde detalle / la luna llena.” . Exaltación de lo mínimo; “piedrecillas / cada una de ellas / tiene su sombra.” . Es un manchego contemplativo en un universo contemplativo; “ en la capilla / la lagartija y yo / contemplativos.” Y en la misma línea éste último que está entre mis favoritos: “más que el sermón / me conmueve el gastado / suelo del templo”. Tiempos extraños estos en que florecen los haikus a la sombra del depósito de la fiesta del Árbol. Frutos Soriano, insensato, gracias por estar como una chota.

Feria

Feria Con la traca de la Feria se da por concluido el despendole veraniego y vamos entrando en un invierno nuevo, tal como si entráramos en una vida nueva. Se completa un ciclo y se abre otro del que esperamos novedades, cumplimiento de promesas y realización de deseos. Y así será sin duda, porque siempre hay deseos que se satisfacen, algunas veces hay promesas que se cumplen y con frecuencia – tocamos madera – hay novedades. Todo ello pondrá algo de pimienta al grueso de la realidad que se nos viene encima con los primeros truenos del otoño, que no es más que una gran cantidad de más de lo mismo. El trabajo, la casa, las costumbres, los odios y amores en los que vamos amasando nuestra ración de tiempo en este mundo. La Feria es el “the end” de la película del verano. En ella fuimos actores glamurosos que se tostaban al sol convirtiendo nuestro plan de actividades en tramas novelescas de lujo y placer. Aunque la trama consistiera mayormente en encontrar un hueco en la playa para hincar la sombrilla en medio de un peligroso ejército de enemigos o conseguir burlar al malvado dueño del chiringuito y  reservar una mesa y una paella en su palacio de los placeres reservado a los más guapos y los más listos, entre los cuales nosotros sin duda brillamos con luz propia. La Feria huele a naftalina. Es tiempo de cambio de armarios para poner a mano de nuevo la ropa de abrigo, algunas de las cuales, las muy bordes, habrán alejado los botones de los ojales mientras dormían su larga siesta. Los escotes y las piernas de las chicas bajarán el telón y nos marcharemos a casa contentos por el espectáculo y deseando que llegue pronto la nueva temporada. La Feria huele a orza y a fritanga. Perdidos al río. Con la dieta que espera, el bocata de morcilla en los redondeles como haber dios que nos lo calzamos.  Todo es, por otra parte, como siempre. Los jóvenes se aplican en feria sus sobredosis de vida nueva; primeros amoríos, primeras trasnochadas, primeras aventuras de feria sin padres a la vista y otros con una comida con los viejos amigos vamos que ardemos. En esas cuchipandas devoramos los recuerdos de las ferias en que nosotros también fuimos jóvenes.  La Feria es sobre todo una fábrica de recuerdos y la unidad en que los albaceteños medimos nuestra edad. Cerca de coronar ya la cuesta simbólica de las cincuenta ferias, cuando se abren las puertas de los redondeles yo me voy en busca de la serenidad del campo. Llevo en la maleta las ferias de los tiempos salvajes, aquellas que se quedaron conmigo para siempre.

Bandoleros

Bandoleros Los seres humanos somos mitómanos y nos gusta crear leyendas de cualquier cosa o sobre cualquier personaje. Existe una historia más o menos real que es perseguida con ahínco por los profesionales, pero esa no nos interesa mucho. Nos interesa más la historia como leyenda, como la película de hechos  magníficos y legendarios de hombres extraordinarios. Esa historia está hecha con sangre. Sus acontecimientos dejan tras de sí millares de muertos en campos de batalla, miedo, hambre, esclavitud,  emigración, dolor. Pero esto no cuenta. Nos admira la gloria del emperador, la inteligencia del estratega, la audacia del guerrillero, la expansión gloriosa de los pueblos. También nos conmueven especialmente las biografías de hombres a los que hemos colocado un rótulo de valor y romanticismo. Un caso cercano podría ser  El Pernales. Su rótulo comercial para la compraventa de leyendas es el de bandido romántico que robaba a los ricos para dar a los pobres. Nos emocionamos con la imagen del bandolero astuto escapando siempre de los guardias, le dedicamos canciones, ponemos su nombre a asociaciones, restaurantes... Pero la historia real (la que se vende poco) nos muestra a un individuo realmente despreciable. El Pernales no se vió empujado a su pesar al bandidaje; fue su elección desde que era un crío, porque era más fácil robar que doblar el lomo currando. Su mujer y su hija le abandonaron porque les daba sus buenas palizas. Su pareja posterior suspiraba esperándole mientras él tenía descendencia con otra amante. Dicen que robaba a los ricos (natural, no iba a robarle las hoces a los jornaleros) y que se lo daba a los pobres (no lo daba, se lo quedaba él, si bien alguna vez dio alguna moneda a alguien para apuntalar el miedo y comprar el silencio). En fin, un cromo de tío. Muy lejos de estas tierras nació y vivió el doctor Ernesto, cuya melena al viento se ha convertido en el icono de mayor difusión de la historia; el Ché Guevara. Era de gatillo fácil, mandó fusilar a miles en juicios sumarísimos después de conquistado el poder en Cuba, escribía en sus cartas que “tenía sed de sangre” y que la oficina le mataba. Otro cromo. Gengis Khan, Alejandro, Julio César, los Reyes Católicos, Bonaparte..., bandoleros, grandes fabricantes de cadáveres cuyo nombre pronunciamos con reverencia.  Somos así. De modo que si quiere usted entrar en la historia con letras doradas, vaya buscando el modo de cargarse a un buen puñado de gente, que si no, sepa usted que no le vamos a hacer ni caso.

Encierros

Encierros Hace unos días aquí, muy cerca de mi casa, murió un chaval corneado por una vaquilla.  El modo en que recibí la noticia fue brutal, como brutal fue el suceso: “La vaca le abrió la barriga en canal”, me dijeron. Hablo, como se puede intuir, no de un accidente aislado en el campo, sino de un encierro de los que se prodigan en estas fechas por nuestra provincia y por toda España. El juego antiguo del toro era practicado por atletas, por hombres jóvenes y físicamente  dotados que mostraban a sus conciudadanos su capacidad de sobreponerse al miedo y de  llevarlo al límite enfrentándose con astucia a la fiera. Esta actividad cumplía su función en pueblos que sentían siempre cercano el fragor de la guerra. Hoy esta función carece de referentes porque por fortuna hoy no sentimos la cercanía de la guerra y, sobre todo, porque no hay que ser muy valientes para ganar las guerras modernas, sino tener mucho dinero y tecnología. Y no veo yo que haya modo de correr un F1 cargado de misiles, o hacer muchos recortes a un carro de combate lanzando pepinazos por la calle mayor de un pueblo serrano. De modo que este ejercicio ha pasado a ser puro folclore, pura fiesta. ¿Porqué entonces las calles de nuestros pueblos se siguen llenando de corredores dispuestos a jugársela frente a animales para los cuales en muchas ocasiones la denominación de “vaquilla” es un chiste cuando se les miran los cuernos?. Porque en mi opinión el impulso es el mismo de la antigüedad. Porque seguimos siendo bárbaros que entendemos la vida como una guerra, la guerra como un juego y el juego como una finta al peligro de la pérdida, aunque la pérdida pueda ser la propia vida.  Y acaso no está mal que así sea. La república de los hombres perfectamente racionales, equilibrados, pacíficos y serios debe ser un muermo también perfecto. Si en ningún momento somos capaces de echar una pizca de locura al puchero de nuestra vida, el guiso no nos va a hacer daño, desde luego, pero va a estar más bien sosito.  Correr delante de un toro suelto por la calle seguramente les proporciona a muchos ese toque de picante locura que echan de menos en el insípido plato de cada día. Además la barbarie que duerme en el fondo de los corazones encuentra entre los dos pitones una puerta para salir a ver el mundo sin empujar a nadie a abrirle la cabeza a sus semejantes. De modo que para que la razón no se convierta en un monstruo, hay de dejarla rodar de vez en cuando delante de los cuernos de la emoción, aunque nos arriesguemos a que nos la devuelvan con las tripas fuera.

Cubanología

Cubanología España es el país del mundo con más cubanólogos por kilómetro cuadrado. Todos los españoles saben a ciencia cierta lo que pasa en Cuba y por qué razón exactamente pasa. La mitad de los españoles podrían pasar días explicando quién tiene la culpa de todo lo bueno que pasa en Cuba, y la otra mitad de los españoles podrían pasar los mismos días explicando quién tiene la culpa de todo lo malo que pasa en Cuba. La mala salud de Fidel y su posible muerte ha puesto a los cubanólogos en estado de máxima excitación. Todos saben lo que va a pasar. Y lo cuentan con vehemencia. Cuba va a caer de nuevo en las garras del imperialismo americano. Cuba va a encontrar un camino a la libertad y el desarrollo a través del capital americano. En Cuba va a haber una resistencia feroz contra los americanos. Cuba se va a entregar con los brazos abiertos a los americanos. Fidel es un tío con cojones que ha sabido resistir al vecino criminal. Fidel es un loco que ha hundido a su país en la miseria a base de tocarle los cojones al mundo entero. La Revolución seguirá adelante porque está arraigada en el pueblo. El pueblo, libre de Fidel, liquidará la Revolución en cuatro días. Raúl Castro tiene mucha experiencia y lo tiene todo bien atado. Raúl Castro es un mindundi que es vicepresidente por el nepotismo de su hermano y no sabe ni por dónde tirar. La Revolución cubana es una vergüenza anacrónica que tiene a los cubanos sumidos en la miseria y falta de libertad ante la indiferencia mundial. La Revolución cubana es un ejemplo vivo de que los pueblos pueden ser aun hoy dignos y libres. Bajo a tomarme una cerveza y escucho profundos tratados de cubanología. Enciendo la tele y me encuentro un partido de la primera división de cubanología retransmitido en directo. Estoy en mi trabajo y me  llaman de la radio para que cubanologuice. Y yo les digo que Cuba está cubanologizada y que el descubanologizador, etc, etc. Si hablo con desconocidos encuentro por lo general un buen montón de personas que alaban mi juicio y se solidarizan y otro montón igual de grande que me consideran imbécil y un tío sospechoso. Si hablo con mis amigos me niegan la posibilidad de un juicio claro porque según dicen hablo desde la implicación personal y familiar. De modo que me quedo sólo en medio del vocerío de cuarenta y pico de cubanólogos, sumido en mis pensamientos y melancolías, deseando que Cuba quede de una vez por todas libre de las montañas de palabras que asfixian a los cubanos. Los únicos que hoy por hoy no se atreven a decir ni mú.

Excepcionalidad de la cultura

Excepcionalidad de la cultura La pandilla de delincuentes y descerebrados llamada Latin Kings, que ya se va haciendo famosa por sus tropelías, ha sido registrada por el gobierno catalán como asociación cultural. No se si esto es un ejemplo perverso del concepto de “excepcionalidad cultural” o sencillamente que los responsables políticos y administrativos catalanes son más tontos que una mata. Si el planteamiento es que  los esjarramantas peligrosos han rellenado todos los impresos que marca la norma en los que aseguran que se dedicarán a organizar conferencias, excursiones campestres y jornadas de debate, y que los bates y navajas que tienen son para proteger a los abuelitos de los barrios pobres  y por tanto han cumplido los requisitos legales, y entonces el imperio de la ley nos obliga a concederles el estatuto que solicitan, pues lo que pasa  es que son más tontos que dos matas. Ya se que la excepcionalidad de la cultura no tiene nada que ver con esto. Era una broma. Pero resulta un asunto muy peliagudo. Para aquellos que no están familiarizados con el término “excepcionalidad de la cultura”, diremos que es el hecho de considerar a la cultura y sus manifestaciones algo diferente de una mercancía y que por tanto el estado puede plantearse proteger y subvencionar. Los partidarios de la ola neocon han convertido el asunto en anatema y dicen que el estado no debe meterse para nada. Que el pintor cuyas obras gusten las venderá, que el director de teatro que monte obras que gusten tendrá éxito y algo parecido sucederá con escritores, músicos, etc. Y que si no es así, se crea un clientelismo político donde la cultura se vuelve dócil con el poder a cambio de obtener sus subvenciones. Y llevan razón. Pero también es cierto que si la producción de los artistas no es protegida y se deja por completo en manos del mercado, puede ocurrir algo aún peor, que los artistas si quieren comer, tener una casa y pasarse sus quince días de vacaciones como todo el mundo, muy probablemente tendrán que prostituir su arte para acercarlo a las bobadas que consumen las masas, o renunciar a ser profesionales del tema para ser artistas de tiempo libre, que es otra forma de prostituir su arte. Entonces sabemos que no son buenos los modelos del artista funcionario, ni del artista amateur muerto de hambre. Podríamos ser aristotélicos y pensar que ni tanto ni tan calvo,  que la virtud estaría en el término medio; algo de subvención y algo de mercado. Pero llegados aquí descubro que no tengo una respuesta clara. ¿Y ustedes?.
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Donde habita el olvido

Donde habita el olvido Empleo gran parte de mi tiempo libre en pasear y conocer las sierras del límite sur de la provincia. En esta tierra de nadie encajonada entre las provincias de Jaén, Granada y Murcia viene con frecuencia a mi memoria el verso de Cernuda “donde habite el olvido”. Cernuda anhelaba no ser más que “memoria de una piedra sepultada entre ortigas donde el deseo no exista”. Desde luego el poeta hablaba de un lugar interior, pero estas sierras muy bien podrían ser la escenografía de ese anhelo. Vastas extensiones que pueden ser recorridas sin encontrar un alma, tenadas que utilizan ocasionalmente los pastores. Cortijos abandonados en muchos de los cuales aun quedan restos de la vida que hubo en ellos. Naturaleza virgen y grandiosa, con una abundancia de flora y fauna salvaje muy difícil de contemplar ya en otros lugares. Según me cuentan, la nueva forma de protección de la UE que está a punto de entrar en vigor , los LIC –lugares de importancia comunitaria-, se ha aplicado de un modo muy elástico en el término municipal de Nerpio, porque de no ser así, todo el término obtendría esta calificación. Y ya se sabe que las administraciones y la propiedad privada son temerosas frente a las protecciones medioambientales y presionan para poner el límite un poco más allá por si acaso. Salvo los que perdieron el tren por la edad y los pocos que decidieron no cogerlo, todos se han marchado. Están en Castellón en el azulejo, en Mallorca en el turismo, en Cartagena, en Caravaca. Allí tienen el trabajo que aquí con encontraron. Porque la supervivencia, el simple vivir ya no es suficiente para nadie y hay que pagar con el destierro por los juguetes del consumo. De modo que comparto mi vida aquí con abuelos y con los resistentes que se dedican a modestas actividades de servicio, al turismo rural y a la ganadería. Estos pastores de hoy que recorren la sierra en impresionantes 4x4 y se mueven guiados por GPS, son el resultado del amor a la tierra y el afán por conservar la vida que se pierde utilizando con inteligencia y esfuerzo los recursos de nuestros tiempos. Entro en los molinos abandonados en los arroyos y puedo escuchar el ruido de la piedra sobre el grano. En los cortijos veo a los niños jugando y aprendiendo desde chicos los antiguos saberes de las faenas de sus padres. En las tenadas huelo el aroma agrio del tocino en las brasas, las conversaciones de los pastores y el lejano aullido del lobo. Y en cualquier piedra  encuentro el olvido que me enseñó Cernuda y la plenitud que ya no cabe en nuestros lastimados sueños.
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