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El Puente. León Molina

Feria

Feria Con la traca de la Feria se da por concluido el despendole veraniego y vamos entrando en un invierno nuevo, tal como si entráramos en una vida nueva. Se completa un ciclo y se abre otro del que esperamos novedades, cumplimiento de promesas y realización de deseos. Y así será sin duda, porque siempre hay deseos que se satisfacen, algunas veces hay promesas que se cumplen y con frecuencia – tocamos madera – hay novedades. Todo ello pondrá algo de pimienta al grueso de la realidad que se nos viene encima con los primeros truenos del otoño, que no es más que una gran cantidad de más de lo mismo. El trabajo, la casa, las costumbres, los odios y amores en los que vamos amasando nuestra ración de tiempo en este mundo. La Feria es el “the end” de la película del verano. En ella fuimos actores glamurosos que se tostaban al sol convirtiendo nuestro plan de actividades en tramas novelescas de lujo y placer. Aunque la trama consistiera mayormente en encontrar un hueco en la playa para hincar la sombrilla en medio de un peligroso ejército de enemigos o conseguir burlar al malvado dueño del chiringuito y  reservar una mesa y una paella en su palacio de los placeres reservado a los más guapos y los más listos, entre los cuales nosotros sin duda brillamos con luz propia. La Feria huele a naftalina. Es tiempo de cambio de armarios para poner a mano de nuevo la ropa de abrigo, algunas de las cuales, las muy bordes, habrán alejado los botones de los ojales mientras dormían su larga siesta. Los escotes y las piernas de las chicas bajarán el telón y nos marcharemos a casa contentos por el espectáculo y deseando que llegue pronto la nueva temporada. La Feria huele a orza y a fritanga. Perdidos al río. Con la dieta que espera, el bocata de morcilla en los redondeles como haber dios que nos lo calzamos.  Todo es, por otra parte, como siempre. Los jóvenes se aplican en feria sus sobredosis de vida nueva; primeros amoríos, primeras trasnochadas, primeras aventuras de feria sin padres a la vista y otros con una comida con los viejos amigos vamos que ardemos. En esas cuchipandas devoramos los recuerdos de las ferias en que nosotros también fuimos jóvenes.  La Feria es sobre todo una fábrica de recuerdos y la unidad en que los albaceteños medimos nuestra edad. Cerca de coronar ya la cuesta simbólica de las cincuenta ferias, cuando se abren las puertas de los redondeles yo me voy en busca de la serenidad del campo. Llevo en la maleta las ferias de los tiempos salvajes, aquellas que se quedaron conmigo para siempre.
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1 comentario

Pulitzer -

Le felicito a usted por la frase "Llevo en la maleta las ferias de los tiempos salvajes". Tampoco está nada mal la referencia a "los primeros truenos del otoño". Espero que no se las haya copiado usted a nadie.
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