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El Puente. León Molina

El mono

El mono La Iglesia Católica ha desenterrado el hacha de la guerra. Y es que son muchos años ya sin prohibir libros, sin excomulgar, sin encender una triste hoguera donde quemar  a algún pecador. Es fácil observar que las emociones fuertes son adictivas, así que deben de andar con mono. Y entre las emociones fuertes el poder  resulta paradigmático. Sangran por esa herida más que por aquellas que figuran como estandarte icónico y truculento en la imaginería que representa la pasión de Jesús. Porque la Iglesia ha tenido durante siglos, no algo de poder, sino todo el poder. Cuando perdieron el poder político siguieron conservando un poder inmenso que se ha mantenido hasta nuestros días. En España, su amancebamiento con la dictadura franquista les dio el último soplo de aliento. Y si hoy ese entarimado de influencias basadas en  supersticiones mentecatas por un lado y en una torcida interpretación carca de la vida por otro, no ha desparecido del todo, es gracias a la memez y las cobardías lectorales de los gobernantes y a las debilidades cada vez más clamorosas del pensamiento común. Creo que no es necesario aclarar que hablo de la institución, no de los sentimientos religiosos individuales. Estos me traen sin cuidado. En el orden privado cada uno es muy libre de pensar que Dios existe, o que cuando se mueran seguirán viviendo, o de centrar todos sus afanes en coleccionar llaveros; cada uno se lo monta como puede. Hablo de la Iglesia como institución, que tan huérfana está de poder y de influencia que, rebuscan y rebuscando, se entretiene en elaborar un código ético para conductores de coches. Esta Iglesia de hoy más o menos retirada a sus cuarteles de invierno en espera de mejores tiempos, ha encontrado en la asignatura de Educación para la Ciudadanía una ocasión para sacar de nuevo los colmillos y reñir con aquellos que disienten de sus esotéricos principios. Puede que no hayan calculado bien la situación y la estrategia y es posible que sea para ellos una amarga experiencia. Porque me da la sensación de que no les van a hacer mucho caso, más allá del estricto grupo de sus legionarios irreductibles. Dicen que la sociedad civil no tiene derecho a la educación moral y cívica de sus jóvenes. La sola enunciación de esa idea produce estupefacción viniendo como viene de aquellos que durante siglos han tenido secuestrado este derecho y lo han ejercido de manera represiva, violenta, dogmática e interesada. Ni siquiera merece discusión o comentario. Eso sí, se les puede ofrecer la dirección de algunas instituciones que ayudan a pasar el mono
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3 comentarios

León -

Ah¡ Y me olvidaba. Habla usted de odio. En este sentido me permito recordarle que posiblemente no exista otra institución en la historia de la humanidad que tenga en su haber un patrimonio mayor de ese sentimiento que las iglelsias y en partiuclar la católica, dando como resultado una lista colosal de abusos, asesinatos, encarcelamientos, vidas torturadas por el miedo y abusos de todas clases. Es como si el tigre le dijera al tejón que es un bestia por matar para comer.
Y una vez más: hablo de la institución, no de los individuos.
Saludos

León -

En fin, lo de siempre. Ni un solo argumento. Y si se dice algo que no gusta, es porque se es chusma envenedada de odio que se dedica a pactar con terroristas.
¿Qué decir?.
Simplemente, Anacleto, decirte que mi corazón no alberga ninguna clase de odios, que tego muy buenos amigos de derechas y católicos, pero son gente razonadora y respetuosa. Que es verdad que no tengo concienca nacional y que mi utopia es la gran confederación que supere las enfermedades mentales e injusticias de los nacionalismos y que no sé porqué habla usted de eso, que soy laicista sencillmante porque creo que nadie debe imponar sus creencias religiosas a nadie y menos que nadie los poderes públicos,que no odio a Aznar ni amo a Zapatero, que no puedo amar a Castro siendo como soy hijo de exiliados cubanos, que el supuesto odio del gobierno quedaría empalidecido por la furiosa labor de oposición que está recibiendo, que la tradición y las costumbres son circunstaciales y cambiantes (o en qué siglo quisiera usted hacer el corte para parar los cambios. ¿en la edad media de la inquisicón por ejemplo?).
En resumen, quizás la iglesia católica y sus defensores quieran que yo piense y me comporte de una determinada manera adecuadas a sus creeencias y yo lo que quiero es que todo el mundo, incluídos ellos vivan libremente como deseen. En esa diferencia está todo el meollo de la cuestión.
Y por fin respecto al tema concreto del artículo, le diré que puede usted educar a su hijo del modo y con los contenidos que usted desee, pero permítanos al resto de ciudadanos que hagamos lo mismo y recuerde por favor que la instrucción pública la dirige (y así debe ser)el gobierno legítimo de la nación y no ninguna confesión religiosa o grupo social de cualquier otra clase. Viva pues usted su religión en paz y disfrute de ella con su iglesia, que para eso está en teoría y no para condicionar a través de su supuesto poder mi vida laica, atea, respetuosa y, le puedo asegurar, pacífica y gozosa.
Un saludo

Anacleto -

Un animal salvaje recorre España. Se llama odio. Sí, sí, es el odio, hoy, un sentimiento bien visto por las elites gobernantes y, por supuesto, por la chusma. Terrible. Porque, sin dejar su marchamo de naturalidad, el odio en España parece justificado racional e históricamente. La gente odia como si fuera su forma primigenia de vida. Su respiración. Es como si algún tipo de razón o experiencia, que sólo existen en sus flacas meninges, les dieran un salvo conducto para odiar sin ningún remordimiento. Sin conciencia. Sin conciencia nacional, naturalmente, el salvajismo determina la conducta de las mayorías. No será fácil zafarse de este animal. El odio nos cerca por todas partes. El odio, disfrazado de rencor o sentimentalismo, ha vuelto a España. ¿Quizá nunca había desaparecido?

Ya no se ama por sí mismo, sino por odio a lo contrario. Zapatero odia el Espíritu de Ermua, a España, para "pactar" con los terroristas. Por odio a España, sí, se mueve el régimen político impuesto por los socialistas y nacionalistas. Su pequeño amor a lo local es fruto del odio a lo ancho y holgado. ¿Y qué decir de la chusma? Lo obvio: repiten la conducta de los dirigentes. Aman el pacto con los criminales, porque odian a las víctimas del terrorismo. Aman a Zapatero, porque odian a Aznar. Aman a Castro, porque odian a los disidentes cubanos. Son laicistas, porque odian a los cristianos. Se odia por todas partes y con facilidad. Pocos son los socialistas y nacionalistas que se privan de de expresar por un quítame esas pajas, por ejemplo, "odio a la gente del PP".

Quien no quiera ver este contexto de odio, en verdad, esta desgraciada circunstancia, no podrá comprender, por poner tres ejemplos, qué había detrás de un artículo cruel, muy lejos incluso del peor Voltaire, de Juan Goytisolo contra la Iglesia católica. Sin las garras amenazantes de ese animal, que es el odio, tampoco puede juzgarse ese video-anuncio de un club de fútbol para captar nuevos socios. Y, por supuesto, tampoco puede analizarse el rencor de un eurodiputado socialista, Miguel Ángel Martínez, contra la figura intachable de Loyola de Palacio, esa gran política que, a pesar de haber fallecido, está más viva que el sectario y resentido que la juzga.

Lo peor de todo esto es que las élites políticas y culturales, lejos de huir ante las garras amenazantes de este animal, lo amamantan un poco más todos los días. Creen que dándole de comer no los atacarán. Se equivocan. El odio proporciona, como dijera la gran Simone Weil, una imitación a veces muy brillante, sin embargo es mediocre, de mala calidad, poco duradera. Se agota pronto.

Esperemos que así sea. Pero yo soy bastante más pesimista que la pensadora francesa. El odio instalado por este Gobierno contra el pensamiento, la tradición, las costumbres y, sobre todo, contra la política, o sea, vivir pactando continuamente entre gentes con opiniones diferentes, es cada vez más difícil de superar.

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