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El Puente. León Molina

Mayo del 68

Mayo del 68

En la perspectiva de 40 años desde los sucesos de Mayo de 68, sorprende la furia con la que el presidente francés ha cargado contra aquellos acontecimientos y todo aquello que los mismos han dejado en las sociedades occidentales. No es que yo sea partidario de la algarada callejera, el desorden y la violencia, pero sí lo soy de que la ciudadanía se oponga con firmeza y activamente a sus gobernantes cuando sea necesario. Criticar y oponerse al poder supone cierta salud mental y se gesta (aunque no sólo) en una actitud ética de lucha por la independencia, que no es otra cosa que la lucha por la libertad del individuo frente a cualquier forma de dominación. El poder casi siempre es excesivo, y en el caso del poder del estado además de excesivo pica, con más o menos frecuencia, con mayor a menor grado de violencia, en el terreno de lo abusivo. Raramente los gobernantes comprenden cabalmente, ensoberbecidos en la pompa,  que el poder que ejercen es, o debería ser, un préstamo efímero de los ciudadanos, es decir de todos y cada uno de nosotros. Este principio se gestó en una gran algarada, la Revolución francesa, que los mismos dirigentes que despotrican hoy contra el Mayo del 68, reverencian y elevan a los más altos tronos simbólicos del poder. Detesto la violencia, pero detesto también el silencio ovejuno de los ciudadanos que tragan los carros y carretas de las múltiples dominaciones que el poder lanza sobre todos nosotros. El ciudadano de las democracias occidentales cree tener voz porque vota cada varios años, y lo que es peor, cree que ese ejercicio expresivo es suficiente para alcanzar su plena dignidad personal y social. Yo no lo creo. Considero que esa plena ciudadanía se alcanza en primer lugar desde la actitud crítica permanente hacia el estado. Y cuando hablo de crítica desde luego hablo de algo muy distinto a la palabrería chusca del alineamiento partidista. Eso no es más que un entretenimiento vacío de los que han cerrado la puerta completamente al análisis y han entregado su inteligencia y su libertad a un partido del que no se sabe muy bien qué esperan. Creo que hace falta menos estado. Pero no para cambiar la dirección del estado por la injustísima del mercado como los liberales, ni para cambiarla por la invertebrada autogestión imposible de los anarquistas, ni creo, por muy hermoso que pueda sonar, que debajo de los adoquines esté la playa. Pero sí que me quedo con una de las famosas pintadas del Mayo: “Sed realistas. Pedid lo imposible”.   Ahí está resumido el valor de aquellos acontecimientos y aquellas ideas. O lo que es lo mismo libertad para pensar, desear, crear, a despecho de los políticos y sus fortificadas instituciones. El grito que aun resuena fue el de “atreveos a ser libres”. 

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