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El Puente. León Molina

Vivir en el campo

Vivir en el campo

En mi juventud tuve proyectos difusos para irme a vivir al campo que no fructificaron, principalmente por eso, porque eran difusos. Unas cuantas décadas después, ese impulso continuaba vivo y me fui acercando al campo cada día más hasta el día de hoy en que vivo a caballo entre el campo y la ciudad. Los tiempos, los transportes y las telecomunicaciones permiten estas cosas; tomar un avión, trabajar a mil kilómetros y volver a dormir a casa, reunirte virtualmente con gente en cualquier parte del mundo, etc. De modo que podría pensarse que esta es una opción de vida convencional pero con un fondo paisajístico de montañas al final de la jornada. Sería algo desde luego respetable, pero no es mi opción. Mi opción es la de una vida rural y eso significa echar raíces, compartir la vida con la gente del entorno, vibrar al ritmo de la naturaleza, conocer los lugares, su historia, las costumbres, las plantas, los animales, los fenómenos del clima y  las gentes que viven cerca de ti. Pero, sobre todo cuando ya vas teniendo una edad, el trabajo y el medio de vida debe traérselo uno puesto, pues para crearlo aquí hace falta un capital de inicio suficiente y mucho del vigor que sólo ofrece la juventud. Y si no se está en alguna de esas dos situaciones, la calidad de vida en vez de mejorar puede convertirse en un calvario que desde luego no mejorará la vida sino todo lo contrario. Ahí radica una buena parte de los muchos intentos fallidos de gente que decide liarse la manta a la cabeza e irse a vivir al campo. Hace falta dinero (sí, sí, dinero) o fuerza y juventud y predisposición para llevar una vida con lo más estrictamente imprescindible, cosa para la que muy poca gente está preparada por más que su romanticismo le lleva a pensar que sí. Pero si se logra encontrar esta llave, la puerta que abre nos muestra un grandioso y melodioso edificio en el que vivir. El silencio es el primer bálsamo que llega a nuestra vida, el silencio reconciliador que nos junta un poco con nosotros mismos. Junto a él llega un ritmo, una cadencia, que nos permite vivir de un modo más adaptado a nuestras capacidades físicas y mentales, cosas que en la ciudad están “reventadas” como diría mi hijo.  Y esa es la mejor base para que a partir de ahí cada uno viva disfrutando “con su títere” como diría mi esposa. Vivir en el campo es una forma diferente de vivir. No sé si la mejor, pero para muchos de nosotros, la buena.

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