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El Puente. León Molina

LEYENDO AL REVÉS

 
 
 

El ciclo que siguen a veces las lecturas y la información personal puede resultar en ocasiones muy curioso. En mi rebelde y utópica adolescencia leí un librito titulado Una Experiencia Walden Dos, en el cual se relataba la experiencia de un grupo de jóvenes en un intento de vida comunal. Leí el libro con vehemencia y con la ilusa idea de que algún día yo también viviría en una comuna. Disfruté mucho, pero rápidamente otras lecturas dejaron esta atrás. Con el tiempo conocí las teorías de B.F. Skinner el psicólogo conductista norteamericano. En mi entorno Skinner no gozaba de muchas simpatías. Su conductismo dejaba fuera de juego el libre albedrío, lo cual para jóvenes impetuosos y buscadores de las transformaciones que puede conseguir la voluntad y la libertad no resultaba muy alentador. Pero para mi sorpresa descubrí que había escrito un libro llamado Walden II  en el que proponía una utopía de vida comunal al margen de los estados y la actividad política tradicional, con comunidades autosuficientes e integradas gracias a los recursos alcanzables por la moderna  tecnología y a un nuevo individuo que surgiría por estar sometido a estímulos positivos dirigidos por la práctica de la psicología social. Creo que no hace falta decir que aquel libro de mi adolescencia contaba el intento de puesta en práctica de las teorías de este. De modo que yo leí la experiencia varios años antes que el modelo. Muchos años después, azarosamente conocí el libro Walden o la Vida en los Bosques de Henry David Thoreau, en cuyo homenaje Skinner tituló el suyo. Descubrí además que Thoreau es un clásico al que conoce muchísima gente, por lo que me sorprendió no conocerlo yo también precisamente después de haber leído los libros mencionados. He leído en este libro el relato que Thoreau hace de su viaje a la vida solitaria y autónoma en la naturaleza cansado de un progreso que no trae más que una sociedad imbécil. También he disfrutado mucho y he soñado con irme con él al lago Walden (de ahí viene la cadena de nombres). Pero pensando en todo ello,  he sentido la intranquilidad de haberlo leído todo al revés. Cuando esto sucede, ¿qué efecto nos causa?. Recuerdo la anécdota de un gran intelectual albaceteño que poseía una enorme biblioteca ordenada helicoidalmente siguiendo un orden cronológico, no de materias, y que con fino y extraño humor dijo en un ocasión: “mi hijo está loco, y es que es inteligentísimo y una máquina de leer y se ha leído toda mi biblioteca..., pero es que el tío se la ha leído al revés”.

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