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El Puente. León Molina

Vergüenzas

Vergüenzas Creo que la mayoría de nosotros conservamos en la memoria cosas que hicimos alguna vez y de las que nos avergonzamos profundamente. Son cosas, las más de las veces que ocurrieron en la época adolescente en que nuestra personalidad tiene todavía el cemento blando. Yo recuerdo dos o tres gilipolleces que cometí  y que no he podido olvidar nunca, que regresan a mí con una persistencia que me sorprende después de tanto años. Desde luego estoy hablando de cosas que, bien miradas, no tienen gran trascendencia ni son espectaculares al estilo de Günter Grass, que ha reconocido ya en la ancianidad que en su adolescencia militó voluntariamente en las Waffen SS de Himler. La espectacularidad viene en este caso por la fama del individuo, por su aureola de intelectual comprometido desde posiciones de izquierda ecopacifista y, sobre todo, porque lo mantuvo en secreto durante sesenta años.  Pero no hablo de estos castillos de fuegos artificiales que llenan los periódicos en ocasiones, porque hablo de todo aquello que habita en los pozos de la memoria de la gente común y anónima, es decir de todos nosotros. Hablo de cosas posiblemente irrelevantes; un evidente desprecio o injusticia que cometimos con alguien que no lo merecía, un acto que hacía trizas la moral o incluso tan sólo la educación que habíamos recibido, un juego peligroso e innecesario con la ilegalidad. En fin, pequeñas cosas que al día siguiente nos afectaron profundamente y nos hicieron sentir vergüenza.  Estos recuerdos, para quien profesa alguna religión, suele identificarse como una manifestación de la natural inclinación del ser humano a caer en el pecado. En casi todas ellas existen ritos para sacar estos recuerdos fuera, como quien saca la basura a la puerta por la noche y quedar de este modo aliviados en una ilusoria limpieza interior.  Yo sin embargo considero que esos recuerdos molestos o hasta incluso amargos, deben ser guardados en esas cloacas de la personalidad que funcionan en nuestra ciudad interior. Esos recuerdos son como señales que guardan los caminos por los que no debemos transitar, como grandes espejos que nos muestran nuestro rostro de hace años y nos dicen: ya pasaste por aquí, esta es la cara que tenías cuando fuiste un miserable. Señales en definitiva que nos orientan en momentos de duda. Están bien donde están y desde luego no creo que se deban contar a nadie para conseguir la ilusa satisfacción de habernos librado de ellas. Y si no es usted un serafín bajado de los cielos, seguramente me estará entendiendo, ¿verdad?.
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1 comentario

Angel -

Alguien dijo que el demonio nació cuando la gente se convenció de que ser bueno servía para estar más de dios. Erradicar la "maldad" sería aniquilar la Humanidad,siempre, porque lo que llamamos "malo" es connatural al ser humano. Cuando criticamos a dictadores, etc, nos criticamos a nosotros mismos, que también somos eso.Aceptar, o asumir, no sé cómo decirlo sin que parezca resignación sino punto de partida para el cambio.
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