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El Puente. León Molina

La gala del verano

La gala del verano Se acercan las elecciones municipales. Este acto de participación ciudadana debería ser uno de los momentos más trascendentales en la vida comunitaria de los ciudadanos. Debería ser un momento de revisión del acontecer del municipio, de revisión de proyectos y renovación de las energías para conseguir el entorno que la mayoría desea. Porque si algo distingue a las municipales de otras elecciones es que son, o deberían ser, las que determinan como es y como queremos que sea nuestro entorno inmediato. En el ámbito municipal los asuntos tienen que ver con el tono de nuestra vida diaria; el estado de las calles por las que caminamos o conducimos, los servicios inmediatos, las actividades sociales y culturales, el cuidado del entorno, y en definitiva un pueblo o una ciudad donde se viva más o menos a gusto. Para los pueblos pequeños, este nivel debería ser de primera importancia por las carencias que se derivan en muchos casos de sus escasos recursos. Y sin embargo el panorama no es muy halagüeño. Las mancomunidades de municipios han experimentado hasta el día de hoy un desarrollo infinitamente menor de lo podrían. En parte porque las diputaciones que deberían ser sus grandes animadoras, paradójicamente recelan de ellas porque entienden que las vacían de contenido. Y bien mirado, si existieran mancomunidades fuertes y dinámicas que se entendieran eficazmente con los gobiernos regionales, pues la verdad es que las diputaciones acabarían sobrando – y sobraría también el poder político que hoy amasan-. Hacen bien en temer. Otra sombra proviene de la propia estructura de nuestro ordenamiento democrático. Las proporcionalidades que se aplican para obtener concejales y las listas cerradas hacen en la práctica dificilísima la renovación, de modo que en los pueblos pequeños pasan décadas en la que mandan los mismos aunque cambien los nombres de las listas, con las malas consecuencias que ello conlleva de apoltronamiento y adormecimiento en los sillones del poder. Si a todo ello añadimos que los ayuntamientos tienen presupuestos que se conforman sobre todo a base de subvenciones (o sea de ir llorando por las administraciones mayores) y el consecuente servilismo político que ello implica, nos encontramos que la gran fiesta de la democracia en nuestro pueblo, queda reducida a una especie de concurso, una gala de verano sobre la que echar unas apuestas, pero algo muy distinto al momento de ilusión en que decidiremos cómo queremos que sea el futuro de nuestro pueblo.
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