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El Puente. León Molina

Un brillo salvaje

Un brillo salvaje

Se suele decir que una sociedad es tanto más perfecta cuanto más compleja es la trama organizativa y normativa que la sostiene. Se dice que es al fin y al cabo un camino que nos trae a la civilización y el orden desde la selva, el salvajismo y el caos. Y no es una idea carente de cierto grado de verdad, pero que encierra multitud de peligros y trampas. Perdemos el salvajismo y sus crueldades, pero también con él la espontaneidad y el carácter más estimulante de la vida como aventura convirtiéndonos a todos en animalillos asustados que no soportamos el más mínimo sobresalto. Y eso sin contar que la vida civilizada acarrea no pocas nuevas crueldades, no por más sofisticadas menos dolorosas como la exclusión intrínseca del dinero, o la pesada losa de una hiperinflación de normas, imposiciones y prohibiciones. Uno de los efectos más perversos de esta situación es el carácter funcionarial de la política que convierte a sus agentes en casta propietaria de sus empleos que defiende con uñas y dientes, tratando en primer lugar de alejar al resto de ciudadanos de la actividad política. Así,  el estado arma sus gobiernos en alto grado prescindibles dejando al margen a la gente una vez que ha votado y queda despojada de su legítimo poder. Y emplean su poder en primer lugar en convencer a la gente que son ellos los que deben ocuparse de los asuntos públicos. E intentan legitimarse por algo de tan de dudosa legitimación como es el voto en un sistema de dictaduras de las mayorías. En este sistema, con el voto de la cuarta parte de los ciudadanos, se obtiene licencia para magonearnos a placer a todos. De igual modo, sus primos los sindicalistas reclaman para sí la tarea de defendernos  frente a los abusos de ese poder del que no son más que parte subvencionada, llamándonos alborotadores a aquellos que desestimamos su ayuda. La acusación demagógica de “antisistema” en boca de un sindicalista en estos tiempos me sonó a elogio.  Habiendo llegado a donde hemos llegado, creo que es tiempo de denunciar al civilizado opresor doméstico, de pedirle cuentas, de empezar a desobeceder pacíficamente sí, pero con cierto brillo salvaje en la mirada. O seguir siendo ganado en el confort de los establos. 

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