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El Puente. León Molina

Viejas águilas

Viejas águilas

Mis amigos, la gente de mi generación, andamos la mayoría de nosotros rondando las bodas de plata de nuestras parejas. Alrededor de veinticinco años de convivencia con la costilla  o el costillo que entre otras muchas cosas ha dado para sacar adelante la camada; uno o dos zagales que han dado bastante guerra porque el ciclo de la crianza se ha alargado de una manera brutal, y ahí los tenemos grandes, fuertes y hermosos, con todo su vistoso plumaje completo desde hace diez años pero resistiéndose como lapas a abandonar el nido. Son bonicos y los queremos, pero se clavan. Puede que surja dentro de poco tiempo la fiesta familiar del “relevo”. Una fiesta en la que se celebra al mismo tiempo el primer trabajo de la criatura y la jubilación de los padres. Veinticinco años que dan lógicamente para conocerse muy bien. Ese conocimiento a veces es algo confortable; la sensación de alguien cercano que nos comprende, que disculpa nuestros defectos y fallos, que adivina cuándo nos sentimos mal y nos tira un capote, alguien que se ríe de las mismas cosas con nosotros, que se recoge a nuestro lado compartiendo nuestras lástimas y disgustos. Pero ese conocimiento a veces también es como la etiqueta de una camisa nueva que nos roza en el cuello, una fuente de malestar difuso que nos irrita sin que sepamos muy bien por qué, aunque probablemente a veces sea porque le echamos al otro unas cuantas culpas que ya no nos caben en la mochila. Una de las expresiones de una larga convivencia en pareja que muchos tienen por tristeza, la tengo yo por gozosa tranquilidad, tal cual es el compartir los silencios, cosa que en la juventud o en los primeros años de pareja parece poco menos que imposible con toda la cháchara del amor y los proyectos. Siendo con frecuencia, desde mi punto de vista, el silencio el adobe que rejunta los tabiques de la convivencia y la serenidad de los tiempos maduros. En cualquier caso pasa la vida y si hemos llegado hasta aquí sin heridas graves y sin habernos mandado a tomar horchata a Pernambuco pues va a ser que a lo mejor ya no tiene remedio ni lo necesita. Y a nuestro chano chano acabamos por ser como las águilas silenciosas que surcan juntas el cielo para siempre. 

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