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El Puente. León Molina

Algo triste

Algo triste

Llevamos ya  dieciséis días de campaña electoral y seguimos sin noticias de las ideas, los proyectos y las propuestas de modelos de gobierno. En su lugar sufrimos por todas partes y a todos horas la perorata vacía de los candidatos. Todo se resume en el antagonismo más fulero en el que los candidatos descalifican a sus oponentes en base a meter miedo sobre ellos, en insultarlos, en tergiversar lo que dicen y sacarle punta hasta a la más pequeña nimiedad si puede arañar de algún modo al oponente. Y todo ello trufado de frases pretendidamente ingeniosas, de chascarrillos de taberna, de bravuconadas, que convierten a la mayoría de ellos en eso tan castizo como es el voceras; aquel que habla mucho, en voz alta y molesta y no dice más que tonterías. PP y PSOE no hablan de ideas además porque casi cualquiera de ellas podría dar puntos al enemigo por lo mucho que están acabando por parecerse los modelos de ambos sumidos en el neoliberalismo que presentan clara o veladamente  como única vía política posible. Es un espectáculo aberrante y vergonzoso. Traten de recordar las propuestas de estos partidos y los modelos de sociedad que ofrecen y los caminos que marcan para llegar a ellas. ¿Nada, verdad? La discusión no excede el límite de que debo gobernar yo porque el contrario es un manta. El poder más que nunca es el fin y no el medio. El modelo social y la economía queda para las instancias del poder internacional que con arquear sólo un poco la ceja ya los llena de pavor, y los empuja a recortar cualquier desmán presupuestario que ponga en dificultades a los grandes capitales que mueven nuestro mundo. Y que todo ello no se traduzca en una abstención del 80% no es sino el signo de una sociedad atiborrada de ruido, acojonada y mansa. Y con ser malo, lo peor no es el descenso del poder adquisitivo o los niveles de renta (salvo los parados, claro, que la pierden toda) sino la pérdida de libertad y entusiasmo de las personas que sume nuestro mundo en la banalidad,  en la vulgaridad y hasta en la indignidad. La estulticia chillona de los candidatos se nutre de nuestro silencio y de nuestra marcha cabizbajos hacia las urnas. Consiguen hacer de la democracia algo triste.

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