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El Puente. León Molina

La lluvia tras los cristales

La lluvia tras los cristales

Las campañas electorales en una democracia del tipo de la que vivimos son un espectáculo poco edificante y un tostón. Pero la que se está desarrollando en estos días creo que rozan el patetismo y sume a los ciudadanos con dos dedos de frente en la tristeza, la desesperanza o el cabreo. Estas elecciones deberían tener un relieve especialmente importante a causa de la situación económica y, sin embargo, paradójicamente creo que el fondo son las que menos importan en los últimos tiempos en contra de lo quieren hacernos creer los partidos. Creo que desde el comienzo de la crisis ha quedado demostrado que nuestros partidos políticos han pintado muy poco y que los grandes poderes económico-políticos son los que han marcado el camino de actuación frente a todos ellos. La última encuesta del CIS, aparte de la intención de voto, muestra algo importante; el descrédito más profundo de los políticos y los partidos en nuestro país en toda la democracia. La gente no cree en ellos y la gente sabe que se combatirá la crisis no como ellos digan sino como digan esos poderes trufados de dinero y poder político. Así las cosas los programas de los partidos son blandas propuestas inconcretas cargadas de vagas promesas y declaraciones de buenas intenciones. Son un perfecto tostón que los ciudadanos escuchamos como el que oye llover. Nadie habla de las reformas de calado que se requieren, nadie habla de lanzarse al mundo para proponer la unión frente al poder codicioso que está minando nuestras vidas y hasta las bases de nuestra democracia. Todos los discursos se dirigen no a la razón, sino al bajo vientre de los ciudadanos para arrimar algún voto de poco criterio a su sardina de ansia de poder. Es una triste lluvia que escuchamos caer al otro lado de los cristales de la televisión. Pero con todo iremos a votar, porque los ciudadanos respetamos y queremos proteger la democracia incluso a pesar de sostener con ello a los partidos desvirtuados, escleróticos y endogámicos que la protagonizan. Queremos democracia, aunque no sea “esta” democracia. La salvaremos –de momento-  con el voto. Y si tuviéramos el valor y la determinación necesarios, desde el día siguiente, deberíamos luchar por cambiarla para librarnos de esta impotencia y esta tristeza de la lluvia sucia y gris resbalando tras los cristales.  

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