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El Puente. León Molina

 

OTRO FELIZ VERANO

 
 
 

Se ha operado ya el cambio que todos los años nos lleva a vivir un cierto florecimiento colectivo. Ha llegado el verano. Se llenan las terrazas, nos aligeramos de ropa, se escuchan los planes de vacaciones de cada cual y bajo el sol durante largos meses esperado, la vida parece más amable. Al mismo tiempo, en distintos puntos del globo, millones de niños trabajan de sol a sol a cambio de un miserable plato de comida, sufriendo malos tratos, vejaciones y la extrema crueldad de ser privados de su infancia.

Cuando cae la tarde y el tiempo refresca, nos vamos a los merenderos a comer y beber con la familia o con los amigos. Sin restricciones, sin pensar en el precio, pedimos cuanto se nos antoja y consideramos lo bien que se está al fresco mientras disfrutamos de la vida que nos hemos ganado. Esos merenderos bien pudieran ser alguno de los que se encuentran en la Carretera de las Peñas, junto a las ruinas de lo que fue la fábrica de piensos. En su interior decenas de inmigrantes viven entre los cascotes, en colchones infectos tirados por el suelo. A veces cocinan en improvisadas fogatas. Ellos también están mejor estos días. Siguen esperando que sus vidas mejoren, pero por las noches ya no les muerde el frío hasta no dejarlos dormir.

Dicen, nadie puede probarlo, que son días en que despierta una concupiscencia adormilada durante el invierno, que nos relacionamos y hacemos más el amor. La piel se muestra y se desea. Y una sociedad como la nuestra,  sin los prejuicios de antaño según dicen, se entrega a los placeres de la ternura y el encuentro amoroso. En estos mismos días, cientos de muchachas brasileñas han sido obligadas a ejercer la prostitución a través de palizas y amenazas como forma de pago para devolver una cuenta abusiva por traerlas a España. Ellas han encontrado el amor funesto que las envenena, mientras esperan en las dependencias policiales a ser expulsadas del país.

Es tiempo de desempolvar las barbacoas, de limpiar y dejar preparadas las piscinas como una promesa de esa vida jubilosa que viene con el sol. Piscinas como la que mira Hafdalla Selma,  algo desconcertado porque ni en su imaginación de niño había nunca concebido tal cantidad de agua junta. Hafdalla no para de pedir un grifo para llevárselo a sus padres al Sáhara y que ese aparato mágico le dé agua para siempre.

En el nuevo restaurante asiático sirven comida coreana. El cercano aliento de las vacaciones nos pone vagos. Pediremos que nos traigan la comida con la cual quizá habría sobrevivido alguna de las familias que murieron en la reciente hambruna de Corea del Norte. 

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