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El Puente. León Molina

Forofos

Forofos En uno de los sabrosos ensayos de Michel de Montaigne, concretamente en el que dedica a Catón, comienza echándose estas flores: “No tengo yo ese defecto tan común de juzgar a los demás según yo soy. Creo fácilmente cosas distintas de las mías. Por sentirme comprometido con una forma, no obligo a ella al resto del mundo, como hacen todos; y creo y concibo mil modos de vida opuestos; y, al contrario de lo usual, acepto más fácilmente la diferencia que el parecido entre nosotros”. Esta actitud y comportamiento que –no tenemos porqué desconfiar-, tenía Montaigne,  son al parecer unos bienes tan poco usuales hoy como le eran en la Europa del Renacimiento según él mismo nos indica. La línea de nuestros afectos y adhesiones viene a coincidir en alto grado con la línea de lo que es parecido a nosotros o a nuestras ideas. Las costumbres y las ideas que se separan de las nuestras son menospreciadas cuando no directamente combatidas. De modo que vivimos en una especie de red de clubes de iguales. La raza, el partido político, la religión, son algunos de esos clubes. Y de ahí hacia abajo poblamos nuestra vida con muchos más; los hábitos sexuales, los tipos de trabajo y hasta minucias estúpidas como el estilo en el  vestir, o el club de fútbol de que se es seguidor. La mayoría de nosotros afirmaría sin empacho que nada de eso tiene importancia y que está libre de los prejuicios que conlleva. Y sin embargo vivimos rodeados de intolerancia de los unos hacia los otros por las más variadas tonterías que dibujan el perfil de esos clubes a los que pertenecemos. Este proceder se convierte en un círculo vicioso por el cual no sólo no considero abiertamente lo que proviene del otro que es diferente de mí, sino que precisamente por eso, la capacidad de aprender cosas nuevas, de concebir pensamientos distintos a los habituales, se ve muy mermada y somos seres humanos más pobres y con menos cosas que intercambiar con los demás que si estuviéramos dispuestos a caminar de vez en cuando varias millas con los mocasines del otro, según el viejo proverbio sioux. Mi amigo Ángel habla con frecuencia de “aceptación”, término e idea quizás muy loable, pero que a mí cuesta mucho aceptar, valga la expresión. No hablo aquí de ese sentimiento de corte religioso o casi religioso, sino de un sentimiento laico y racional de “apertura” de disposición a entender lo diferente y, sólo entonces, aceptar o rechazar. Porque la rebeldía también puede ser fraternal. Pero la negación irreflexiva del otro, sólo puede ser estúpida. Y nos convierte en bárbaros forofos de nuestras tonterías.
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