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El Puente. León Molina

La nieve

La nieve

Estoy a punto de salir de fin de semana hacia mi aldea en la sierra. Dicen que puede nevar. Deseo de todo corazón que así sea. Que caiga un buen nevazo “de los de antes”.  La nieve en la ciudad es un incordio y una guarrería, pero la nieve en el monte no es el resultado de un fenómeno atmosférico sin más, sino una auténtica conmoción espiritual. Puede que lo dicho, expresado en esos términos, sea exagerado, pero cabría recordar que buena parte del disfrute de la vida se obtiene en la exageración. La nieve es un agua exagerada que se posa sobre unos ojos que miran exageradamente. Y las miradas exageradas suelen producir sentimientos exagerados, que son los que nos ponen las pilas y preparan nuestro ánimo para sobrellevar una existencia por lo común normalizada y, las más de las veces, tediosa. Cuando nieva en la sierra, contemplo desde mi ventana una extensión blanca que es como un lienzo preparado para pintar sobre él nuestras nostalgias. La nieve provoca como ninguna otra cosa la evocación. Cuando nieva nuestra memoria se dispara hacia los recuerdos infantiles, hacia otros tiempos en que los sentimientos eran vividos de un modo absoluto. Salir a jugar en la nieve era entonces la felicidad absoluta, sin matices, porque ocurría en una época en la que el tiempo carecía de dobles fondos y trampas. Era el presente exagerado de la infancia.  Cuando nieva, tenemos añoranza propia y buscamos todas aquellas versiones de nosotros mismos que han ido quedando por el camino.  Y sin embargo, al tiempo, sonreímos en la pérdida, quizás sencillamente por constatar que estamos vivos. Parece que la nieve trae escrita la vieja frase de “sonríe y lucha”. El mundo, en su atrocidad, puede contener la belleza y la serenidad de una blancura sin límites. Y esto es razón suficiente para luchar y para luchar con una sonrisa, porque otro tipo de lucha sólo es destrucción y tristeza. Por eso ansío esos días en que la nieve extiende frente a mi ventana sus amplias sábanas para el descanso tibio, para el sueño que nos cura y nos devuelve a nuestros asuntos con fuerzas renovadas, con determinación para caminar de nuevo por el mundo que como el deshielo nos va borrando de la faz de la tierra. Ante nuestros ojos cae la nieve que luego lentamente se deshace. O ante los ojos de la nieve caemos nosotros para luego irnos deshaciendo poco a poco.

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