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El Puente. León Molina

Almendra amarga

Almendra amarga

Hasta mi ventana llega el runrún interminable de las máquinas de descascarar almendra desde todos los puntos de mi aldea. En otro tiempo esta actividad, en los años buenos como este, propiciaba días de fatiga, pero sin duda alguna también de alegría al recoger el fruto de los esfuerzos de todo un año. Sin embargo este año veo caras torcidas y se respira en el ambiente angustia y desolación. Los abuelos no pueden permitir que los frutos de esos árboles que fueron sembrando y cuidando a lo largo de toda su vida, caigan al suelo y se pierdan, pero ya no pueden físicamente con la tarea (así me lo asegura una vecina de ochenta años con las lágrimas asomando en sus ojos). El precio este año está por los suelos y no permite contratar a nadie, si es que hubiera alguien que quisiera hacer ese trabajo, que esa es otra. De modo que hay que tirar de los hijos y los nietos, que están en otros sitios y otros rollos y no comprenden que tengan que venir a deslomarse en sus fines de semana de descanso para no sacar nada, si acaso sólo por no ver desfallecer de tristeza a sus padres y abuelos. Los abuelos se morirán pronto. Los almendros también. Vendrán las confederaciones hidrográficas (en realidad ya han venido) a coger el agua y llevarla aguas abajo hacia las zonas de “agricultura industrial” insostenible y dañarán la naturaleza y la vida en procesos irreversibles.  Y con los abuelos y los almendros morirá un modo de vida ligado a la tierra. Todos al asfalto y a las factorías. Dicen que hemos apostado por ello. Pero al parecer, según los estudios recientes, casi la quinta parte de los habitantes del medio rural son los neorrurales, aquellos que decidieron dejar la ciudad para vivir en pueblos y aldeas.  Y lo hacen contra viento y marea afrontando las grandes dificultades de todo tipo que supone ir en contra de la corriente. Esperemos que sigan viniendo y que los que lo hagan, lo hagan por propia voluntad. Que no tenga que venir en masa la mano de obra de la ciudad a forrajear por los campos porque aquellos que manejan los hilos de la economía, en su infinita avaricia, la hayan destruido por fin, como a punto han estado o están de conseguirlo. La pena en los ojos acuosos de mi vecina, hoy humedece el mundo. 

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