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El Puente. León Molina

Pajaricos

Pajaricos

Entre nosotros vive gente muy rarita que dedica prácticamente todo su tiempo libre a observar los pájaros. Parte de ellos se dedican a fotografiarlos con gran aparato tecnológico, otros los capturan con sus redes para anillarlos y colaborar así en una red mundial de control y estudio de las distintas especies y otros simplemente los observan con sus prismáticos o telescopios terrestres. Y no son cuatro excéntricos, son miles de personas que desde el viernes por la tarde escapan de las ciudades camino de humedales o de cualquier rincón de las montañas para dar rienda suelta a su pasión por los pájaros o, como diría mi amigo Antonio, su “títere con lo pajaricos”. Son gente maja por lo general, gente tranquila y de buen rollo, que salen de sus casas rurales cuando todavía es de noche y no regresan hasta las horas en que el hambre aprieta. Pero, ¿qué puede impulsar a alguien a darse un paliza de coche, gastar su dinero en alojamientos, a pasar horas y horas escondido y quieto para conseguir la foto de un pajarico que todavía se les resiste?. En el fondo, la mayor parte de las veces, funciona la seducción del contacto con la naturaleza. Los aromas del campo, el sonido del viento en las quebradas o entre los carrizales, el cambio de las tonalidades de la luz con el paso de las horas, el aire limpio que acaricia el rostro, el silencio majestuoso que alimenta el corazón y la inteligencia y el sentimiento de hermanamiento con las criaturas que comparten con nosotros el regazo de la madre naturaleza. Y es que nos hemos alejado demasiado de la casa materna. En nuestra loca carrera de progreso hemos sufrido la ilusión de la autosuficiencia y hemos creído que podíamos vivir olvidados de lo que en una parte muy profunda somos, ni más ni menos que criaturas fruto de un planeta que vive su propia aventura. Quizás les parezca que exagero, pero considero que estos raritos que pasan la vida observando los pajaricos son personas absolutamente necesarias. Ellos son, entre otros, aquellos que mantienen y cuidan las últimas conexiones que nos quedan con la naturaleza de la que formamos parte. Mientras la humanidad camina no se sabe muy hacia dónde, ellos vuelan hacia la serenidad que reina en casa de la madre.

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1 comentario

José Antonio Cañizares -

Un relato muy hermoso que refleja muy bien lo que, raritos como yo, sentimos por las aves y por la naturaleza.
Gracias por difundir este relato.
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