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El Puente. León Molina

Primeras nieves

Primeras nieves

Las primeras nieves tímidas han pintado de blanco los picos de los montes alrededor de mi casa. Vendrán fríos y borrascas mayores y la nieve descenderá hasta la aldea preparando el decorado para los ritos navideños. Aquí esos ritos no serán calles llenas de luces, ni los villancicos sonando por todos lados, ni el frenético trajín de las compras abarrotando aceras y tiendas. Aquí tendremos la matanza, unas nueces con miel y aguardiente compartido con los amigos y abrazos, cientos de abrazos a los que se fueron a buscarse la vida lejos y en estas fechas vuelven. Aquí la vida rural, aunque tengamos ADSL y wifi, sobrevive componiendo un reducto aislado. A veces pienso que de igual modo que se protegen los parajes valiosos para la conservación de la biodiversidad, un día les va a dar por proteger los espacios donde queda algo de aquello que fue la vida rural. Estas aldeas se están convirtiendo en reliquias de otro tiempo. Nuestro modelo económico y social las ido devorando hasta dejarlas con el espinazo de sus ruinas a la vista. Dejando de lado romanticismos con ojos en blanco, que a veces además son injustos porque desean para los aldeanos cosas que para nosotros mismos no querríamos ni en pintura, sí es cierto que en todos estos cambios habitan pérdidas irreparables que son muy de lamentar. Algunas tan ligadas a una vida buena como puede ser el vivir sin la ansiedad de la prisa, o la vida en común compartiendo muchas cosas en amplias redes de vecinos y familiares, o el contacto  y vida en equilibrio con la naturaleza. Bien es verdad que cuando todo eso era así en esta zona, todo era propiedad de caciquillos feudales que sometían a las gentes a su voluntad y a través de ella a la miseria.  Por tanto si uno se para a pensar, lo más probable es que nos conquiste la melancolía o la tristeza al comprobar que si hemos sido tan determinados y audaces para mejorar tantas cosas, al mismo tiempo hayamos sido tan torpes para perder por ese camino tanto de lo bueno que ya teníamos antes de irnos todos en masa a ese invento que es la ciudad abarrotada, a una economía que nos esclaviza con mejores modales pero no con menor intensidad que a nuestros abuelos. Esta navidad, cuando esté frente a la lumbre echando unos carrasqueños con algunos amigos, procuraré darme un descanso y no pensar mucho en todo ello. Porque la melancolía sostenida en el tiempo acaba por convertirse en cobardía, y hay hucha caña que dar todavía.

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2 comentarios

PEPE -

Esa melancolía como hoy la llamamos, ha sido el diapasón que han marcado los tiempos de las edades que desarrollaron la forma de vida que aún se conservan en esos territorios, vida que es patrimonio de unos pocos afortunados como tú.
Bsos.


es más sargo parriba, pa ver si pillo argo.

Arturo -

"la melancolía sostenida en el tiempo acaba por convertirse en cobardía", oye eso parece la cita de un clásico. Es un clásico.
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