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El Puente. León Molina

Goyo

Goyo

Al atardecer llega hasta mi porche Goyo. Trae en una bolsa unas cuantas lechugas recién cortadas en su huerto. “ Te dije que te traería unas lechugas, aquí las tienes”. Invitamos a Goyo a sentarse con nosotros. La tarde es inusualmente fresca para esta época del año, así que le saco un jersey y comenzamos una charla tranquila, pausada, llena de silencios sobre esta primavera loca y el pedrisco del otro día que le estropeó parte de sus pepinos y sus tomates, sobre los itinerarios por senderos para llegar a la Presa de la Toma, sobre la abundancia enorme este año de ruiseñores y autillos cantando en las noches y otros temas deleitosos como estos mientras miramos a lo lejos las profusión de nubes redondeando  la imagen poderosa del monte Alcaboche. Goyo es un buen amigo, un hombre de mediana edad y de eso que antes llamaban “un hombre de respeto”, callado, prudente, sensato. Yo siento una cierta admiración por Goyo justo por aquello que quizás otros considerarían denostable, y es que Goyo, sin ser para nada un gandul,  trabaja poquito. Y es así porque necesita muy poco. Tiene una casa confortable pero sencilla, tiene carnet y un coche por si acaso viene bien para alguna faena o alguna emergencia, pero casi nunca lo usa, come sabrosos platos tradicionales hechos en el puchero y gasta en el bar el cafelito diario con su aguardiente, alguna vez al año una cena entre amigos y  pagar su ronda cuando toca, ropa sencilla, la justa, aprovechada y estirada razonablemente. Y por más que le doy vueltas, no sé si necesita algo más. ¡Ah!, sí. Necesita tranquilidad y silencio, pasear por lo montes que rodean su casa, coger setas aspirando el olor del campo, charlar con los amigos un rato cada día, echar un ratillo en el huerto, dar el paseo cada día desde su cortijo hasta el bar, y sobre todo que no le agobien y le metan prisa. Cosas todas ellas que son gratis. Goyo, para su tranquilidad y mi envidia, no pertenece a este mundo. Goyo es una persona que disfruta de la vida, que con muy poco tiene mucho. Cuando se marcha ya anocheciendo, yo me quedo en el porche agradecido por su visita y sintiéndome un poco inútil y preguntándome si no estaré haciendo un poco o un mucho el gilipollas con mi vida.

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