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El Puente. León Molina

Tener y no tener

Tener y no tener

Jugando con ideas de San Juan de la Cruz en su Subida al Monte Carmelo podría yo decir que todo aquello de lo que tengo escritura de propiedad es aquello precisamente que menos tengo, que menos poseo. Y aun también que lo que de verdad sé es lo que no sé, idea formulada muchos siglos antes por Sócrates en su famoso aforismo “sólo sé que no sé nada”. La propiedad tiene un cierto grado ilusorio, es accidental y pasajera. Lo que poseo de verdad es aquello de lo que no soy dueño; la amistad de mis amigos, la belleza de la naturaleza, la caricia que recibo. La propiedad es algo pequeño y hasta mezquino, también esclavizante y fuente de preocupación que lleva con frecuencia a la avaricia y a las muy diversas formas de agresividad y violencia. Y es sin embargo la propiedad el motor de nuestro tiempo, el dios al que rendimos culto. Este mundo es muy injusto y reparte la miseria y el dolor de forma exageradamente desigual –mientras escribo esto caen muertos como moscas los niños en el cuerno de África- porque el tener es un cáncer que devora al ser humano, pero también porque aun cuando existe en algunos o en muchos buena voluntad, es voluntad  que se manifiesta en la intención (casi imposible) de transferir las migajas de esa propiedad. Quizás algún día el ser humano aprenda a compartir lo que no tiene, lo que no es de nadie, lo que es gratis y proporciona con bastante mayor éxito satisfacción física y espiritual. Será, en su caso, un mundo muy distinto de éste. Somos hoy tan poco aptos para ello que los intentos que han habido de eliminar la propiedad han producido monstruos delirantes de dolor e injusticia no menores que los que pretendían evitar. Estamos muy lejos de saber compartir lo que no tenemos. Y todo posiblemente comienza en que no sabemos todo lo que no sabemos y por lo tanto no sabemos nada. Somos brutos y primarios. Seres engreídos que ocultamos nuestra dulce ignorancia tras un pesado andamiaje de certezas perentorias. Y no digo que tengamos que convertirnos todos en místicos como Juan de la Cruz (Dios nos libre de creer en él), sino acaso simplemente en levantar el pié del acelerador, pensar y amar, sencillamente. La vida de un ser humano es corta. Y no hay otra. Ninguna casa, pasados los años suficientes, se mantiene en pie. 

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