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El Puente. León Molina

Revolución

Revolución

Debido al cabreo e indignación de buena parte de la sociedad en estos tiempos, observo que se ha extendido el uso de la palabra “revolución”. En los medios de comunicación sociales, en las manifestaciones y por cualquier lugar aparece esta palabra casi olvidada por todos nosotros.  Y me da la sensación que se hace un uso frívolo de la palabra, y la frivolidad en cuestiones graves encierra sus peligros. Sin ir más lejos, el diccionario puede ayudarnos a aclarar las cosas. De las muchas acepciones de la palabra, hay tres relacionadas con el uso político y social al que estamos aludiendo. La primera dice: ”Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación”. La segunda:” Inquietud, alboroto, sedición”. Y la tercera, más generalista: “Cambio rápido y profundo en cualquier cosa”. Parece que todas ellas tienen en efecto que ver con el descontento y deseos de cambios “rápidos y profundos” de mucha gente. Pero si nos fijamos vemos que en esas definiciones hay un par de elementos que deberíamos tener en cuenta. Una incluye “cambio violento”, otra incluye “alboroto”. Para mí la clave está ahí y es donde hemos de tener mucho cuidado. La línea es la violencia. Sobre todo porque el uso de la palabra revolución tan querido por posiciones políticas ultramontanas y desvencijadas por sus propios fracasos históricos, cobra nuevo vigor incluso para mucha gente que no está en esas posiciones ni ha realizado un proceso de maduración y análisis de lo que son e implican las revoluciones. Dicho de otra manera; esa palabra puede estar parasitando el discurso de muchos de nosotros que estamos en los máximos niveles de indignación pero no somos revolucionarios, sobre todo porque es difícil o improbable una revolución sin violencia y porque la revolución no significa nada sin que esté claramente delineado el lugar al que la revolución nos lleva, que en no pocas situaciones de la historia ha sido al caos o un orden aun más injusto y doloroso que aquel que la revolución derribó. Más claro todavía; los totalitarismos tienen una puerta para entrar en nuestras cabezas que se llama “revolución”.  Hay que cambiar nuestra sociedad y urge hacerlo, pero cuidando la paz como el máximo bien que podemos construir los seres humanos. Y hay que hacer ese cambio hacia nuevos lugares que hemos de ir construyendo, no hacia los lugares mil veces fallidos y catastróficos de los que dicen “revolución” y la hacen un fin en sí mismo perdiendo toda ecuanimidad y perdiendo el respeto a la violencia y la sangre o incluso, deseándola.  De modo que cuidado con la palabreja

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