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El Puente. León Molina

DESGOBERNAR

 
 
 
 
 

En Estados Unidos mandan unos tipos que no quieren gobierno, siguiendo las directrices de consejeros como Grover Norquist (“No quiero abolir los gobiernos. Sólo quiero reducirlos a un tamaño que me permita arrastrarlos al cuarto de baño y ahogarlos en la bañera”). De hecho, desde el mismo día que ganaron las elecciones, se cortaron el pescuezo como gobernantes y se convirtieron en técnicos en política del gran capital. Cien kilómetros más allá, en Cuba, manda un tipo que tampoco quiere gobierno. Por eso ha creado un estado tan grande (todo es el estado) que es absolutamente ingobernable. Y para el buen desgobierno se basta sólo el máximo líder. Algo es reconocible como algo porque tiene cerca otro algo que no es eso, de modo que todo viene a ser muchas veces, y más en política, nada, si me perdonan ustedes el trabalenguas. Este parece ser un extraño mecanismo psicológico que afecta en general a la inmensa mayoría de los políticos, aunque desde luego no todos lleguen a los cuadros psicóticos y/o criminales de los locos no mencionados en el primer párrafo. Resulta que los políticos buscan con denuedo el acceso por medios lícitos en unos casos e ilícitos en otros al gobierno, a la capacidad de gobernar, y tarde o temprano, después de haberlo conseguido comienzan a desear no gobernar, comienzan a desear el no gobierno. Si se fijan ustedes bien, tanto a Felipe como a Aznar los pusieron en la calle, especialmente, por actividades relacionadas con el no gobernar. Felipe comenzó su triste erosión de la gobernación por el lado de la justicia (corrupción, GAL...), Aznar, más brioso él, apuntó más alto y quiso debilitar el gobierno desconectándolo del pueblo (decisión de la Guerra de Irak, tejemaneje informativo del 11 M, intento de nombrar él mismo al siguiente presidente...).  Pudiera pensarse en primera instancia que el fenómeno se podría explicar en base a un impulso del tipo “la maté porque era mía”, o sea, “antes de que gobierne otro (por muerte de tirano o por pérdida de elecciones), yo al gobierno lo mato”. Pero aunque resulte tentador, a muchos puede que el planteamiento que antecede les resulte un poco burdo por lo que conviene ensayar otra explicación para lectores más exigentes. Veamos: El poder político es una fuerza, como toda fuerza, idiota – los anarquistas lo sabían -, gobernar, por tanto, es manejar una fuerza idiota. Ante ella el político inteligente cae presa de melancolía y el político tonto se deslumbra, el bienintencionado se angustia y el malintencionado se empacha. Pero la mayoría, tarde o temprano, desean gobernar sin ella. Ellos quieren ser la fuerza misma. Y se ponen a desgobernar. 

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