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El Puente. León Molina

FEYNMAN Y EL ATEISMO

 

Hace poco he leído una cita del físico Richard Feynman. Se trata de una pequeña broma que solía emplear: “Sabes, anoche me pasó una cosa asombrosa. Vi un coche que tenía la matrícula ARW357. ¿Te imaginas?. De todos los millones de matrículas que hay en el estado, ¿qué posibilidades había de que yo viese  anoche ésa en concreto?. ¡Es asombroso.”. La broma de Feynman muestra, para quien quiera verlo, que toda la cantidad infinita de hechos triviales que nos rodean, pueden parecer asombrosos si somos lo suficientemente tontos para considerar que existen bajo un estricto plan previo. Pero es lo que hacemos constantemente. Nos resistimos a pensar que el mundo vive gobernado por el desorden y la casualidad. Necesitamos pensar que todo lo que existe, existe por alguna razón y  que existe para llegar a algún sitio, que hay una finalidad. Y esto nos pasa especialmente con todo lo concerniente al ser humano. ¿Quién soporta más o menos bien la siguiente afirmación?:”Lo que llamamos vida es un accidente mínimo y sin importancia en el universo, el hombre no es más que una casualidad dentro de ese accidente que no está llamado a llegar a ningún sitio y lo más probable es que vuelva a desaparecer del mundo sin que se produzca el más mínimo estremecimiento en la vasta soledad de las estrellas”. El resultado más inmediato y permanente de nuestro rechazo a esta idea es el invento de Dios, la fe, o lo que es lo mismo, la abdicación de la inteligencia y de paso de la humildad. Decidimos dejar a un lado la razón para que nos cuadre la idea de Dios, porque si la usamos, ni de coña. Los creyentes con frecuencia plantean: eres ateo, pues demuéstrame que Dios no existe. Yo respondo que no suelo perder el tiempo en semejante cosa, y que dado que es usted quien afirma algo tan curioso y fuera de toda evidencia, es usted quien debe demostrar su idea, por lo cual además le quedaría muy agradecido porque ya tendría yo claro a quién tendría  que ir a pedir explicaciones por este disparate. Y no somos humildes, decía, porque ponemos todo el universo a moverse en función de llegar a este día mágico en el que existe esa criatura prodigiosa llamada ser humano. Como si fuéramos su fin, el fin de una creación muy bien urdida cuyo éxito final somos nosotros. Si fuera así, daría risa o pena tal empleo monstruoso de energía para un fracaso tan grande. De aquí también una razón estética para no creer en Dios; Dios debería ser algo mejor que esto, o que un ser omnipotente que se dedica a jugar con las matrículas de los coches.

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