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El Puente. León Molina

LA PATRIA DE DEMÓCRITO

 
 
 
 

El filósofo Demócrito de Abdera  tuvo la genial intuición de que la materia está compuesta por átomos, por partículas que ya no pueden dividirse más, lo que hoy es objeto de los más refinados saberes de la física moderna. Demócrito también dejó escrito casi quinientos años antes de nuestra era que: “La patria de un alma buena es el mundo entero”. Pero, ¿qué refinados saberes se ocupan hoy de esta otra intuición suya no menos genial que la de los átomos?. Si, como puede parecer, Demócrito nos hablaba a nosotros y nos hablaba de la más rabiosa actualidad de nuestro mundo a dos mil quinientos años de distancia, si somos capaces de entender esto, ¿porqué, bebiendo de su intuición de los átomos, dedicamos todos los medios que sean necesarios para la investigación física y sus desarrollos tecnológicos y no nos esforzamos prácticamente nada y casi parece que no nos interesa su intuición acerca de la humanidad entera como única patria moralmente aceptable?. Creo que existe una respuesta evidente. Hablamos del egoísmo, que en su dimensión grupal, social, se llama nacionalismo. Tengo para mí que el nacionalismo es la mayor peste que ha azotado a la humanidad desde la antigüedad. El individuo puede incluso sobreponerse a su egoísmo innato y ser generoso y solidario. Pero los pueblos y las naciones no. Es más, en las raras ocasiones en las que las naciones han actuado de un modo generoso con otras naciones lo han hecho movidas por intereses ocultos (con lo cual ya no existe esa solidaridad) o movidas por la coincidencia ocasional y extraña de muchas voluntades individuales que han coincidido coyunturalmente y han presionado a sus dirigentes hacia esos comportamientos.

La existencia del nacionalismo propio además es bastante ignorada para la mayoría. Siempre el nacionalista es otro, no yo. Y lo más perverso es que los nacionalismos de los países ricos de hoy en día están aliados en un gran nacionalismo del capital que resulta feroz, aunque compatible con todas las banderas y todas las lenguas que se integran en su club. La realidad es esta: los solidarios Objetivos del Milenio suscritos por ciento noventa países están empantanados y ningún país rico mueve ficha. La manifestación de hace unos días en Madrid para apoyar uno de esos objetivos, el de Pobreza Cero, registró una ridícula cantidad de participantes. Ni siquiera la gorra del concienciado manifestante  Rouco se movió del perchero. Después de dos siglos y medio va siendo hora de comprender que todos aquellos a los que mata la pobreza, mueren en nuestra propia patria.

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