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El Puente. León Molina

 
 

METROSEX

 
 
 

Aquí, pública y humildemente lo confieso: yo no soy metrosexual. Así de entrada es que no tengo pinta ni edad, ¿qué le voy a hacer?. Pero no se engañen, además es que no quiero. Es mi batalla particular contra la moda. Detesto la moda. Para mí la moda no es más que la vaselina que ayuda a funcionar un gran negocio absurdo que se basa en hacer consumir a lo bestia a una legión de descerebrados que corren a comprarse la última gilipollez ideada por cualquier esjarramantas. A veces, discutiendo con amigos acerca del término metrosexual, me dicen que soy un poco salvaje, que en la metrosexualidad hay valores positivos. Me dicen que los metrosexuales son un tipo de hombre que huye de los estereotipos machistas y trata de ser delicado y hasta incluso explotar los valores femeninos que los hombres por educación han olvidado. Pero, les digo, no hacían falta esas alforjas para ese viaje, yo también trato de hacer eso y tengo barba y no me echo una puta crema. Los metrosexuales, me  dicen,  se cuidan físicamente y eso es algo bueno. Sin duda, respondo, yo estoy gordo y fumo, pero eso no quiere decir que no me cuide, yo no me meto pastillas ni coca en las fiestas de moda, ni hago el loco al volante, ni hago puenting; todo el mundo se cuida de algunas maneras y se descuida de otras. ¿O es que nos referimos al cuerpo 10, a la figura escultural, a la guerra siempre perdida contra las arrugas y la alopecia?. Si es esto, no me interesa. En las horas que debería haber gastado en el gimnasio he disfrutado de la vida y he aprendido cosas que me gustan a mí (y a algunas chicas también). Y el dinero de las cremujas me lo he gastado yo en libros, que espero me hayan hecho más guapo por dentro.  Pero como siempre, yo critico ideas, no personas. Así, me enfrento a la prueba del algodón en esto de la metrosexualidad cuando pienso en un buen amigo mío al que quiero y respeto, persona muy inteligente y culta, que entra por completo dentro de la denominación de metrosexual. A pesar de sus valores y de mi cariño, sigo pensando que la metrosexualidad asumida es una tontería bien grande. Mi culto y simpático amigo se gasta en un par de zapatillas de marca lo que yo en equiparme de ropa para un año y se gasta en cremas al mes lo que yo en pasta dentrífica en toda mi vida. Él por su parte alucina con el dinero que me he gastado yo en arreglarme una casa en una aldea decrépita y en comprarme un 4x4, con lo bien que van los Golf. Y así seguimos, cada uno con su tontería, el metrosexual y el jipi obsoleto, compartiendo cervezas en un fraternal desacuerdo. 

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