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El Puente. León Molina

   
SER UNO MISMO
 
 
 
Ser uno mismo no es más que un accidente ilusorio en la vasta cadena de la humanidad y, sin embargo, la poca fortuna de este pensamiento nos coloca a la mayoría de los seres humanos en una constelación de mundos pequeños que defendemos aguerrida y patéticamente. Recuerdo que hace unos años en Nueva York, cuando algún estadounidense me hacía la típica pregunta con tufillo racista de si yo era spanish from Spain, les solía contestar tomándoles el pelo que yo era de la zona de San Juan, donde había ciudades tan hermosas como San Juan de Puerto Rico y Alcázar de San Juan y si insistían, les decía que yo era español de la lengua castellana y que quería aprender inglés para ser de otro montón de países y que ya bien informados podían libremente despreciarme por ser un spanish de América o respetarme por ser un spanish de Spain, lo cual  siempre les haría acertar porque en mi caso ambas condiciones se cumplen. Y no vayan a creer, algunos hasta cogieron la indirecta.   Relato esta anécdota para ilustrar mi convicción de que qué más dá. Realmente qué importa ser de donde se sea y llamarse como uno se llame. En el fondo sólo hay pulsiones fisiológicas, sentimientos y afectos y una vaga propensión a la inteligencia. Y sin embargo seguimos haciendo con el atormentado concepto de la identidad nuestros castillos en el aire. Queremos seguir tapando el hueco de dios con nuestros propios cuerpos y nos convertimos en seres desesperados que intentan detener con las manos la vía de agua que hunde una nave condenada. La muerte inevitable y la falta de sentido de todo. Porque, verdaderamente, si yo puedo recorrer toda la humanidad por los puentes que tiende el afecto entre las personas, ¿cómo puedo explicarme el mundo atroz?. La palabra clave es sabiduría, o paz, otros dicen que amor, concordia es palabra de la que gustan los politicos, es igual, cualquiera vale.  En el fondo de cualquiera de ellas vibra el alejamiento de uno mismo, la apertura, la aceptación, la destrucción del yo y la placentera zambullida en las aguas del mundo. Pero el mundo, nuestro pequeño mundo, parece confabulado para guiarnos hacia todo lo contrario y empujarnos hacia los paisajes más ingratos del espíritu. Yo ansío aprender a dudar a fondo, a vivir sin casi ninguna certeza, a aceptar y a escuchar, a hacer más tupida la red que comunica a todos los hombres. Y es que no conozco nada más estéril que ser yo mismo. Y encima, cuando soy yo mismo, siempre acabo por enfadarme con alguien.
 
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