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El Puente. León Molina

El discurso de Obama

El discurso de Obama

El discurso de Obama en Chicago tras conocerse su victoria en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos es una pieza oratoria magnífica. Es un discurso perfectamente trabado en sus temas y en su tono,  que consigue con maestría sostener un alto tono emotivo yendo desde la ilusión por lo que se puede hacer hasta las responsabilidades y dificultades  que precisamente justifican que se sienta la necesidad de hacer todo eso que hay que hacer. Quizás no hay nada que inflame más a los seres humanos que el reto, la dificultad, en momentos especiales en que las dificultades colman el vaso de las preocupaciones o desdichas. Dicho de otro modo, a mí me hubiera gustado que algún ganador de las elecciones en mi país me hubiera dedicado un discurso así.  No me lo habría creído mucho, como no me he creído mucho el de Obama, pero todos necesitamos de vez en cuando sentir y escuchar, aunque sea fugazmente, que podemos. Estos primeros días tras las elecciones deben ser sin duda momentos de ilusión y emoción para la mayoría de los ciudadanos estadounidenses. Les está sucediendo algo muy distinto a lo que, sin ir más lejos, hemos vivido en España en todas las últimas elecciones. Hemos sufrido un bombardeo de ofertas que llegan casi a la indignidad para comprar nuestro voto sin que se pueda ni de lejos saborear la ilusión de que sea posible participar en un logro colectivo y ni siquiera que haya logros a la vista que los candidatos nos inviten a conseguir.  Debe estar todo muy bien en nuestro país o se nos ha ido olvidando dónde tenemos el interruptor que conecta nuestra crítica, nuestra fuerza, nuestra determinación y ambición por ser mejores. A pesar de ser muy crítico con el sistema sociopolítico de EEUU y conocer el lamentable nivel cultural del norteamericano medio, siempre he reconocido que hay en esas gentes un valor, heredado de los pioneros seguramente, que echo de menos por nuestro solar; la convicción de que el individuo es dueño de su destino y labra con su determinación y fuerza su periplo en este mundo sin necesidad de tutelas.  Es el hombre visionario y solitario que se adentra en las tierras desconocidas para labrar su destino. De eso nos hace falta aquí. Bien es verdad que la cara oculta de ese carácter está en la omnipresente frase que fue también el cierre del discurso de Obama: “Dios os bendiga. Que Dios bendiga a Estados Unidos de América”.  Como me dijo un amigo, o es más de lo mismo o es un cínico que si hace falta venderá a su madre. Pero estos días, nos conformaremos con haber escuchado un emocionante discurso y con el inmenso alivio de que el Gran Idiota haya pasado a la historia.

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