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El Puente. León Molina

Productividad

Productividad

Es cierto que una economía que funcione bien debe ser productiva.  Si esto así ese sistema económico y productivo proveerá a los ciudadanos de los bienes que precisa. Por otra parte, los individuos lo que necesitamos, aquello a los que aspiramos es a ser felices. “Ser feliz” es una frase que habita el limbo de lo etéreo, de modo que si la bajamos de ahí, podríamos decir que lo que necesitamos es cubrir nuestras necesidades básicas, podernos permitir entretenimiento y crecimiento personal y, en suma, llevar una vida que nos produzca alegría. Esto es sencillo y evidente, pero se complica cuando se intenta poner en práctica. El modelo económico imperante se basa en la codicia, en el afán desmido de beneficio. Este afán impregna a los ciudadanos de un ansia de tener, de acumular, de gastar. Todo ello configura el concepto de productividad coherente en  economías como la nuestra. La productividad es la relación matemática que se establece entre el valor de lo producido y el coste de recursos empleados en producirlo. Como el objetivo es producir mucho con mucho beneficio y a precios de venta bajos para competir en el tiránico mercado, se persigue de forma obsesiva que ese ratio crezca. Como los precios no pueden subir, sino que al contrario tienen que bajar, a la productividad no se le deja más camino para su crecimiento que rebajar los costes de producción.  Los costes de producción provienen sobre todo de la compra de materias primas, la mano de obra y la tecnología de producción.  ¿Qué hacemos entonces?; conseguimos materias primas baratas regulando mafiosamente los mercados internacionales y llevando al tercer mundo a un callejón sin salida de endeudamiento, pobreza y hambre crónicas. En tecnología de producción (investigación, innovación, nuevas patentes, mejores máquinas), invierten los países listos, los tontos como España, no, y cuando llegan las crisis, los listos mandan y los tontos obedecemos. Y en mano de obra, estamos inmersos en un camino perverso por el que se llena la cabeza de los trabajadores de pájaros de felicidad por el consumo y se le van arañando al mismo tiempo sus derechos y beneficios.  Así el ciudadano occidental, y en especial español, o griego, o portugués,  es un ciudadano insatisfecho, cansado, acojonado y triste en medio de un obsceno mar de riqueza. Cuando nos hablen de productividad, pensemos. Lo bueno, según que qué manos esté, y según cómo lo usemos,  puede convertirse en un arma mortal. 

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