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El Puente. León Molina

Diputaciones

Diputaciones

En un hecho casi sin precedentes José Blanco ha dicho que  “sobre lo que sí se puede reflexionar es sobre nuestro modelo de la administración, dónde pueden darse duplicidades y si hay entidades que se pueden suprimir. La pregunta que uno puede hacer es: ¿Tiene sentido en una administración tan descentralizada que sigan existiendo las diputaciones provinciales?”.  Veamos. Básica, rápidamente y redondeando: La diputación de Albacete tiene un presupuesto real de 97 millones de euros, de los que quedan para invertir realmente unos 16. La cosa no puede ser más ruinosa. Es en realidad una máquina de crear puestos trabajo y centros de poder político. Para mover esa maquinaria se emplean casi mil personas. La media de presupuesto real que mueven para dar servicios sale a 16.000 € por funcionario (que cuesta 46.000€ a la institución gracias a un convenio generosísimo). Para que se hagan una idea, en cualquier empresa industrial de Albacete, ese ratio puede ser doce veces mejor. Además hay que tener en cuenta la estructura de población de Albacete. El 66% de la población vive en las cinco poblaciones más pobladas (las que menos necesitarían a la diputación). Si repartimos el presupuesto real en esa proporción resulta que a los 82 pequeños municipios restantes les tocarían 5.5 mill.€ , salen por municipio a 67.000 €, pero si siguiéramos aplicando intervalos poblacionales los últimos (que serían un amplio grupo de pueblos muy pequeños y muy necesitados) les tocaría dinero así como echarse unas cerves. Si  tenemos en cuenta que además de las administraciones regionales existen las mancomunidades de municipios la cosa tiene menos sentido todavía (y eso explica que la diputación haya convertido por la fuerza política a las mancomunidades en diputacioncillas). Y mientras los ayuntamientos pequeños ”alampaos”; algunos tienen el dinero justo para pagar la luz y poco más. Con el dinero que se despilfarra en la diputación y una parte de esos puestos de trabajo para trabajar en mancomunidades y pueblos, otro gallo les cantaría.  Sólo sería cuestión, eso sí, de hacerlo bien, dando cauces no lesivos a los trabajadores actuales que no tienen la culpa de este dislate. Yo no sé si Pepiño y el resto tienen que pensárselo mucho, pero parece bastante claro.

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