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El Puente. León Molina

Madeleine MacCann

Madeleine MacCann

La historia de la niña desaparecida, Madeleine McCann, y de las actividades desarrolladas por sus padres han creado un auténtico boom mediático que me deja un poco perplejo. Porque quizás yo sea un tipo raro, pero sinceramente el asunto a mí me importa un bledo, más allá por supuesto del deseo de que la niña esté viva y de que aparezca. No sólo no me importa sino que incluso me molesta. Como soy un raro, cada vez que sale el tema en los medios, hago cuentas de los niños que mueren de hambre en el mundo sin que le importe mucho a nadie, o me acuerdo de los niños de la edad de Madeleine que son soldados, esclavos, mineros, peones por todo el mundo sin que ni siquiera lo sepamos. Cuando veo a esos padres pijos ingleses considero que pueden ser unos desdichados más por los azares malvados de la vida o que pueden ser unos asesinos como otros tantos que viven entre nosotros. Me da igual. En el primer supuesto les deseo lo mejor y el segundo lo peor. Pero deseo sobre todo no saber nada más de ellos, no incomodarme más soportando los titulares de todos los medios con este tema que hurta su espacio a otras noticias. El poder de atracción de este tema es fabuloso. Hace unos días estaba comiendo con un amplio grupo de personas junto a un televisor en el tiempo de las noticias del mediodía. Estaba allí al fondo metiendo ruido ignorado por todos. Hasta que comenzaron con la última peripecia del tema y se hizo un silencio absoluto. Todo el mundo siguió la información con comentarios variopintos y durante un rato las sospechas sobre los MacCann fueron el centro de la atención de todos. Y  como soy un raro, ya digo, me entretuve en contemplar la emoción que despierta el asunto y el consiguiente despliegue de los medios que al fin y al cabo son vendedores de audiencias. ¿Funciona aquí el mismo mecanismo por el cual tanta gente sigue los noviazgos del hijo gilipollas de la Pantoja o tantos otros asuntos magníficos de la prensa pestilente?. No lo sé, pero si no es el mismo, se le parece, porque cada vez más la información llamada de sucesos se parece más a la información llamada rosa. Es el espectáculo de lo  truculento. Son las novelas de estos tiempos para las gentes de estos tiempos. Duras, emocionantes, ligeras y fáciles de entender, sin el riesgo de usar la inteligencia, olvidables desde el mismo momento en que el locutor cambia de tema. Es perfecto; un best seller cada minuto. Si aparece Madeleine puede que le hayan jodido la vida. Si está muerta, sin duda le han jodido la muerte. Pero nos hemos entretenido mucho.

El Consejo Editorial

El Consejo Editorial

La puesta en marcha del Consejo Editorial en la Diputación Provincial hace casi ocho años fue una idea muy positiva. Duró unos años y desapareció del mapa sin que se sepan las causas. El comienzo de esta legislatura es a mi modo de ver un buen momento para preguntarse si la Diputación prevé ponerlo en marcha de nuevo o no. La génesis y funcionamiento del Consejo Asesor del Servicio provincial de publicaciones fue algo que me tocó vivir de cerca. Al comienzo de la legislatura del año dos mil, fue elegida diputada de cultura Isabel Molina, la cual me comunicó su intención de poner en marcha el Consejo y me pidió hacerme cargo de la coordinación del mismo. Acepté con la única condición de que se respetara el criterio de los miembros del Consejo y que éste debía supeditarse únicamente a criterios de calidad. Esta condición fue aceptada y he de decir que fue también escrupulosamente respetada. El trabajo fue muy intenso y leímos una ingente cantidad de originales que fueron remitidos a la diputación para su publicación. Como resultado se editaron unas decenas de libros, de algunos de los cuales creo que podemos sentirnos orgullosos los albaceteños. También se reordenaron las colecciones y se creó un diseño gráfico editorial que otorgaba a los libros un soporte digno. El punto negro volvió a ser la distribución. Esto no se ha hecho bien en la Diputación desde los primeros tiempos del servicio de publicaciones. Con todo, el resultado fue sin duda positivo en tanto muchos autores pudieron ver sus libros editados en buenas condiciones. En especial, los creadores más jóvenes merecieron una atención preferente y no sólo se estudiaron con rigor y detenimiento los libros que mandaban, sino que se animó a muchos a que enviaran los suyos. Con el cambio de legislatura yo pedí dejar ese trabajo por falta de tiempo y la nueva diputada ofreció a Arturo Tendero hacerse cargo de la coordinación y afirmó que el nuevo Consejo se pondría en marcha en el plazo de un mes. Y hasta hoy. Pasaron cuatro años y del Consejo nada se supo. Y nada se sabe de cuáles han sido los mecanismos de asesoramiento y toma de decisiones de los libros (pocos) que la Diputación ha editado en estos cuatro años, lo cuales por cierto han abandonado por completo su línea editorial. Desconozco si la nueva diputada, ahora que estamos al comienzo de otra legislatura tiene previsto poner en marcha de nuevo el Consejo, o si todo aquel esfuerzo y trabajo y sus beneficios consecuentes quedarán definitivamente olvidados y perdidos. Sería una lástima.

Un país normal

Un país normal

El gran trompetista de jazz Chet Baker sabía extraer de su instrumento sonidos aterciopelados y envolventes. Y lo hacía a través de composiciones que sin embargo se encuadraban por derecho propio en el revolucionario bebop que cambió para siempre el jazz y, seguramente, toda la música posterior. A veces también cantaba. Y lo hacía con una sorprendente voz aniñada y femenina que más que cantar susurraba viniendo a ser una extensión de los sonidos de su instrumento. Su mente torturada por problemas de personalidad y drogadicción encontraban en la música toda la armonía que faltaba en su vida. Escuchar en silencio y soledad un tema de Chet Baker es obtener la paz y cordura de la belleza bebiendo en las fuentes de la locura. Esta mágica transformación está en la base de una parte considerable de las obras de arte. El orden y la belleza nacen del caos y la confusión. Por eso encontramos con frecuencia artistas  que andan realmente como perdidos en la vida ordinaria y muy mal dotados para resolver los problemas de orden práctico que esta, como a todos los demás, nos plantea. Para que surja la belleza hacen falta unas gotas de locura, o si lo prefieren, hace falta la irracionalidad de la sorpresa. La repetición de lo mismo, de los descubrimientos ya sabidos sin aportar novedades es aburrido y vulgar. Esto le pasa por ejemplo a la música de consumo que escuchamos a todas horas por la radio, o al cine desesperantemente tonto con que nos quieren machacar, o a la legión de poetas que escriben  como alguien que ha triunfado mediáticamente, o al arte plástico chorra con ínfulas de trascendencia que ya casi nos hace pensar que hacer el idiota con un pincel es algo respetable si se le echa el morro y las poses necesarias. El arte como mercancía es el más íntimo enemigo del arte. Quizás por eso hay hoy en día un buen nivel en la poesía en nuestro país, porque ni los más grandes consiguen ganar  un duro con ella. Esta necesidad de locura, de rotura del discurso sabido, puede incluso hacerse extensible al pensamiento en general en cualquiera de las disciplinas que se aplique, por lo que considero que el pensamiento, la cultura y el arte viven una época gris en nuestro país. Quizás se me podrían dar ejemplos de lo contrario, pero con toda probabilidad serían los frutos de algunos locos que tocan solitarios bellas baladas a la trompeta, mientras la mayoría se pone en los oídos tapones marca Bisbal. Lo normal es estéril y produce obras vulgares. Y nuestro martirizado país, por suerte, ya ha conseguido ser un país normal, por desgracia.

Sol mestizo

Sol mestizo

Llega de nuevo a nuestra ciudad el Sol Mestizo. Para los pocos que no conozcan este evento, diremos que es un festival organizado por la agrupación local de Amnistía Internacional en Albacete. En el mismo se desarrollan conciertos, exposiciones, talleres variados y distintos eventos festivos que tienen como trasfondo la idea central que mueve a esta organización; la defensa y protección de los Derechos Humanos en todos los países y bajo cualquiera de sus manifestaciones. Pocas organizaciones no gubernamentales han conseguido un prestigio como el que ha alcanzado AI, a la que se le reconoce sobre todo una inquebrantable independencia que le lleva a denunciar las violaciones de estos derechos en países con regímenes de todos lo colores. Casi ninguno se escapa de sus denuncias. Sol Mestizo se organiza este año en torno a la campaña Un niño no es un soldado. La atrocidad que consiste en arrastrar por los más variados medios a los niños a los frentes de batalla no es un caso aislado o raro. En este momento, trescientos mil niños combaten rifle en mano por todo el mundo, solamente en la República Democrática del Congo hay más de once mil movilizados. Sus tareas suelen ser las más peligrosas: servir de señuelos, desactivar minas, espiar posiciones enemigas, guardaespaldas y esclavos sexuales de los combatientes adultos. Para doblegar su voluntad se les administran drogas y alcohol, se les aterroriza sometiéndolos a  abusos sexuales o se les obliga a cometerlos ellos. Aunque fueran unos cuantos, ya sería razón más que suficiente para luchar por contener esas prácticas, pero son trescientos mil. Piensen en esa cantidad, casi el doble de la población de Albacete, una muchedumbre de niños la mayoría de los cuales no conseguirán llevarán nunca una vida normal. Muchos no quieren volver a sus lugares de origen, algunos se suicidan. Es una salvajada de una enorme magnitud. Y se produce en este mismo mundo, en este mismo momento en que usted lee esto, en el mismo momento en que nuestros niños están afortunadamente ajenos a estos dramas.  Los activistas de AI, ante esta situación deciden no quedarse quietos o mirar para otro lado y mantienen una intensa actividad de toma de información, denuncias, formación y concienciación en los lugares de mayor riesgo. Su prestigio y su red internacional de apoyos de gente de todo el mundo les da fuerza para conseguir resultados. Es una lucha noble y necesaria, por lo que los días 24 y 25 de Agosto, todos deberíamos acercarnos a brindar con ellos por ese mundo más justo por el que luchan.

Semanas culturales

Semanas culturales

La pereza mental de programadores culigordos y de políticos más preocupados por cuestiones que tocan más chicha de poder que la cultura, nos regalan  cada año sus semana culturales. No hay población por pequeña que sea que no tenga su semana cultural, aunque la pobrecilla no vaya más allá de una exposición de ganchillo, un par de peliculotas, un cantautor como Sabina pero en malo, que ya es difícil, y una  racial tonadillera de cuatro pueblos más allá para los abuelos. Pero si la ciudad es de cierto empaque, de todo esto habrá dos cosas y además algún montaje de esa cosa  que llaman teatro de calle y casi seguro algo de jazz que no escucha casi nadie  pero que viste mucho en un cartel. No hay verano sin semana cultural, como no hay hortera sin transistor. ¿Porqué todo el mundo hace semanas culturales?, ¿porqué las semanas culturales hay que hacerlas cuando aprieta la calor?, ¿es que la cultura refresca?, ¿porqué es siempre “semana” y no quincena o mes o semestre?, ¿porqué se juntan las actividades en vez de esparcirlas a lo largo del calendario?, ¿porqué son tan feos los carteles de las semanas culturales?, ¿qué hacen los concejales de cultura el resto del año?, ¿cuántos chavales salen del pub para ir a ver los magnos acontecimientos culturales que les brindan?, ¿a qué concepción de la cultura responde este esquemita tan repetido?. Y no se me queden mirando que yo no tengo las respuestas para tanta pregunta borde. Pero digo yo, ¿es que no da tiempo entre el fichaje de horario flexible, encender el ordenador, el almuerzo, los necesarios comentarios de la actualidad con los compañeros, los asuntillos burocráticos, las reuniones sindicales, ordenar la mesa, apagar el ordenador y el nuevo fichaje con horario flexible para inventar nuevos modos de programar cultura?. Pero si sobra por lo menos una hora u hora y media cada día para trabajar, que al año, quitando vacaciones, puentes y festivos, días de asuntos propios, bajas por gripe y depresión, son casi doscientas horas. Claro que el peligro puede ser enorme, porque si les da por currárselo, puede que lo que tuviéramos fueran veinte semanas culturales  y doy fe de que a algunos nos meten veinte teatros de calle y morimos en medio de atroces convulsiones. Por fortuna, más allá de los programas institucionales mucha gente sabe que no hay que esperar a la semana  cultural para vivir la cultura, del mismo modo que no están dispuestos a esperar a la semana del libro para leer. Las semanas culturales son cosa de los que no tienen nada que hacer en las otras 53  del año.

Gente abollada

Gente abollada

El grupo albaceteño Surfin´ Bichos hablaba en una canción de la “gente abollada”. Lo hacía particularmente el compositor de la música y la letra de la canción, Fernando Alfaro, uno de los músicos más originales y sugerentes que ha dado la música  de los últimos tiempos en España. Por otra parte, un libro del genial humorista gráfico Quino, se llamaba del mismo modo: Gente abollada. Desconozco si Fernando se inspiró en Quino para titular su canción o fue una coincidencia. Poco importa. El caso es que ese título y esa idea son  utilizadas por dos grandes creadores, cada uno en lo suyo, para dibujar de un preciso y poético trazo una visión distinta y penetrante de una parte importante de la gente que nos rodea, o quizás un poco de todos nosotros a la vez. La expresión “gente abollada” me pareció luminosa desde la primera ocasión en que la escuché. Porque algo abollado es algo que no está destrozado, roto o inservible, sino que guarda en sus formas los golpes del tiempo pero que puede, mal que bien, seguir cumpliendo su función. No encierra el tremendismo de lo destruido y acabado, sino una sórdida carga de historia que no tiene epopeyas ni grandes victorias que contar, sino más bien una geografía de pequeños o grandes fracasos. Esta idea, aplicada a la gente, nos describe casi la vida de mucha gente y quizás la vida de todos nosotros al menos en determinadas épocas. La expresión se quedó siempre conmigo y se incorporó a mi vocabulario mental. Y cuando camino por la calle miro a la gente con poca alegría en la cara, con agobios laborales que se adivinan en su prisa, con movimientos doloridos por un cuerpo al que le desafina alguna tecla y en mi cabeza resuenan las palabras “gente abollada”. Porque la vida, incluso para aquél que la vive de un modo gozoso, es un territorio duro que siempre acaba por llenar de magulladuras a aquellos que lo transitan. Esto es así, pero nos esforzamos en no verlo, o puede que simplemente veamos poco en general y con poca profundidad. Necesitamos a los artistas y poetas para ver de otra manera, para ver un poco más lejos. Porque más vale que sepamos que acabaremos todos bastante abollados, que posiblemente contemos ya con el número suficiente de abolladuras para ir comprendiendo que nada importa demasiado. Y así, con un poco de suerte, poder albergar cierta paz y esbozar de vez en cuando una sonrisa. Si no, podríamos caer bajo la mirada de Fernando Alfaro mientras susurra “ Y se ha echao a la calle con la boca apretada, con la mandíbula cuadrada y la mente vacía. Gente abollada, luces en la ciudad”.

Pozos no

Pozos no

La Confederación Hidrográfica del Segura, con el amparo de la Dirección General de Agua pretenden llevar a cabo la construcción de pozos de sequía en la cabecera de los ríos serranos. La idea es extraer agua subterránea a doscientos metros de profundidad y verterla a los ríos para que llegue a Murcia. Esto lo pueden llamar como quieran  pero es un trasvase, solo que en vez de que el agua discurra por un canal artificial, discurrirá por los cauces naturales de los ríos. A nadie se le escapa que los acuíferos no son bolsas mágicas que se rellenan de agua por arte de magia, sino que requiere de lentos proceso de filtración, si es que hay agua en la superficie que se filtre. Y a nadie que esté en contacto con nuestra sierra, tampoco se le escapa que año tras año se van perdiendo más fuentes y se van secando más ríos porque esos acuíferos no tienen el agua suficiente para alimentarlos. Sin embargo desde Murcia se sigue pidiendo agua y se siguen buscando todas las triquiñuelas para arañar algún hectómetro cúbico de aquí o de allá. Se enarbola siempre el lema de la solidaridad. En la Sierra del Segura saben de solidaridad, durante décadas sus aguas han sido tomadas casi desde su nacimiento para ser enviadas a Murcia. Con el agua de la sierra se ha sembrado buena parte de la riqueza murciana, aun a costa de obras hidráulicas muy molestas, aun a costa de que no haya suficiente para el riego en las pequeñas huertas serrana, aun a costa del empobrecimiento biológico y paisajístico de la sierra. La sierra ha practicado la solidaridad en silencio durante muchos años. Pero llegamos al momento presente en que el agua no alcanza y el desarrollo murciano necesita más y más agua. Una búsqueda de desarrollo legítima pero insostenible. La gestión de la cuenca es desastrosa, llena de excesos, usos inadecuados, ilegalidades, y una visión de corto de alcance en la que queda fuera por supuesto cualquier consideración medioambiental básica como la de que los ríos deben llevar agua. De modo que el agua ya  no alcanza. Y para rematar la faena se pretende sacar el agua subterránea y acabar de destrozar el medio ambiente serrano. De llevarse a cabo, se acabará con el agua de la sierra. En la costa desalinizarán o se buscarán la vida de algún modo, pero la fuente de vida que era y aun es la sierra será otro desierto. La Junta a través de su vicepresidente ha dicho que no está de acuerdo con hacer los pozos “sin contar con ellos”. Habrá que ver entonces que postura tendrán si cuentan con ellos. Por si acaso, muchos seguiremos diciendo rotundamente “pozos no” cuenten o no con nosotros.

Republicanos

Republicanos

Hay que ver qué revuelo arma todavía el declararse republicano. Probablemente sobrevive todavía en el inconsciente colectivo la demonización que durante décadas tuvo el republicanismo en este país. Por lo común cuando alguien se declara republicano se ve en las miradas alrededor como un temor, como una sensación de tensión que se adueña del ambiente. Y, por supuesto, aquél que hace tal declaración es tenido por rojo rojísimo más rojo que La Pasionaria, algo así como alguien a quien no le importaría poner en marcha una nueva guerra civil para instaurar regímenes inconcebibles. Curiosamente no sucede nada de esto cuando alguien se declara monárquico, lo cual significa que apoya un régimen aun más trasnochado e injusto que cualquier modelo sufragista. Y a nadie se le ocurre pensar que el declarante quiere sojuzgar a la población en un régimen feudal sin derechos civiles ni que le guste un pelo el derecho de pernada, por poner un caso. Bien es verdad que son pocos los que se declaran republicanos, quizás por miedo a esa carga emotiva que desencadena. También son muy pocos los que se declaran monárquicos, menos Ansón, pero es que ése es un listo. La mayoría acepta nuestro régimen de monarquía parlamentaria como un mal menor, con la sensación de que más vale no menear este tema. Además Juan Carlos tuvo aquella vez una noche muy inspirada y se ganó una bula gordísima para los restos. Y encima Felipe parece un tío aplicado y formal que se lo curra y no parece que vaya a andar metiendo la pata demasiado. Conque todos contentos y a ocuparnos de otras cosas de más fuste. Y si un día, pasadas las generaciones,  llega a la coronación un capullo impresentable, pues ya veremos qué hacemos. Vale. Pero de ahí a que guste ser súbdito de nadie va un trecho largo. El pijerío náutico mallorquín es el alimento sagrado de Hola con el que no se atreve ni El Tomate. A pesar de que El Jueves le ha dicho ya que trae cuenta y que no hay pasta en el país para pagar la publicidad que se consigue. Sucede que nadie de derechas se proclamaría republicano, lo cual se comprende sin necesidad de grandes meditaciones. Sucede también que sí que hay bastantes gentes de izquierda que se proclaman monárquicos; a esto sí que hay que echarle unas horejas de meditación porque así, de entrada no cuadra del todo. Porque, seamos serios, ser demócrata en nuestro tiempo conlleva necesariamente el ser republicano, aunque no se tenga ni agobio ni prisas por instaurar la tercera. Que Peñafiel también tiene que comer, jolines.

Campo o playa

Campo o playa

La ya clásica disyuntiva que se platea aquí y allá en la época veraniega “campo o playa”, no es a mi parecer exacta. Para ser correctamente enunciada con arreglo a la realidad, debería ser: Hay que elegir, pasar unos días en una población artificial y sin  personalidad, más fea que un dolor, ruidosa y congestionada, donde es más difícil aparcar que en tu ciudad, donde te sacan un ojo de la cara por un cuchitril, donde comerás lo más probable en restaurantes impresentables donde te servirán camareros que no tienen ni idea de la profesión si es que no vas a un fast food igualito que los de al lado de tu casa o a un chiringuito donde te pelearás por una mesa para comer sudando la gota gorda y beber una porquería a la que llaman tinto de verano, para irte tempranito a la playa para coger sitio, cargar con el camión de trastos que hacen falta para ser feliz frente a las olas quemándote alegremente los pies y pasar unas horas entre un gentío vociferante que incluso pone a tu lado un “huevo” con reguetón  a toda pastilla o bisbaleces varias, donde soportarás a la mayor concentración de niños con pelotitas por metro cuadrado que puede encontrarse en el mundo entero, marearte viendo la procesión de doble sentido de carnes pringosas que no se sabe a dónde van pero que no paran de andar por la rompiente de las olitas domesticadas, comprobar la desmesurada afición que existe en este país a jugar con las palas, deporte que de ser olímpico, estaría sin duda copado por nuestros joviales campeones playeros,  marearte con la conjunción en tus pituitarias de dulzones aromas de coco, fresa, miel, nata y pegamento de todos los potingues que se derraman  sobre los cuerpos que te rodean, o que están casi encima de ti, acabar el primer día de un bonito color fucsia exhalando fuego por todo tu cuerpo mientras paseas por una acera repleta de señores con pantalón corto, zapatos de rejilla y calcetines hasta la rodilla en medio del ruido de los bares, el baile de los pajaritos que sale a todo trapo de un hotel y el olor a la fritanga amenizado por el zumbido de los generadores que alumbran los sorprendentes mercadillos de artesanía con toallas del toro de osborne, originales camisetas de Bob Marley, pareos nunca vistos, marroquinería varia y doscientos cincuenta mil maravillosos productos artesanos a base de aloe vera y noches sin dormir por el calor y los mosquitos... o irte al campo, al vacío, al silencio. Confieso que adoro el mar, amo sus colores, su magia, su leyenda, su misterio. Por eso no lo dudo. Yo veraneo en el campo.

La enfermedad rural

La enfermedad rural

Buena parte del mundo rural está muriendo y desapareciendo. Y quizás lo más preocupante es que no hay conciencia de ello en la mayoría de la población, que es urbana, y socialmente no hay una conciencia muy clara de lo que hay que hacer. Un amigo me decía el otro día que la situación se agrava por la falta de planteamientos globales de los que ostentan el poder político. Según él, la derecha tiene el problema resuelto porque no le importa demasiado la desaparición del mundo rural, pues con su visión mercantilista de la vida, el mundo rural no es rentable, no produce ni siquiera los recursos de subsistencia y según una lógica liberal, pues desaparecerá y punto. Y, también según mi amigo, la izquierda no sabe qué hacer con el mundo rural, no tienen alternativas ni modelos de solución. Un panorama oscuro desde luego. Pero no parece que la realidad nos diga algo distinto; la mayoría de los pueblos y aldeas se despueblan y languidecen. Con este proceso desaparece también una de nuestras últimas conexiones con la naturaleza, el trabajo y los conocimientos ligados a ella y un estilo de vida que ciertamente no es idílico, pero que posee valores y características de una dimensión humana, que el progreso barre en su triunfo deslumbrante. De modo que la vida en un entorno natural, para la mayoría, está viniendo a ser una más de entre las ofertas de ocio (ese hijo bastardo de la tranquilidad y el descanso) de la sociedad de consumo. Y así el mundo rural, seguramente a su pesar, se museiza y se disneylandiza en un intento de supervivencia. Porque los que trabajan en turismo rural saben que el fenómeno del turismo (ese hijo bastardo del viajar) produce visitantes  fugaces que no tiene ni idea de qué hacer con tanto campo a la vista ni con tanto pueblecillo silencioso como no sea las consabidas fotos (esas hijas bastardas de la contemplación) o ponerse ciegos en un restaurante. Y como no los entretengas y les des aventurillas y anécdotas, no volverán.  Turismo rural activo se llama la cosa. Que Dios los perdone. Otro amigo (tengo muchos, sí) me decía: “ya, pero es que yo no quiero ser camarero ni hostelero ni guía, yo sólo quiero poder vivir en mi pueblo y que aunque la oferta de trabajo fuera mucho más reducida que en las ciudades,  hubiera alguno para poder quedarme aquí”. Y es que en gran parte de los pueblos pequeños o eres camarero de fin de semana, o eres el secretario del ayuntamiento o lo tienes crudo. La muerte del mundo rural es como el cáncer, que no acabamos de encontrar la medicina. Sólo que el cáncer nos preocupa.

Un miedo nuevo

Un miedo nuevo

René Descartes dijo que “la filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres”.  Si esto es así puede que debamos preocuparnos por nuestro grado de civilización, pues no parece que el filosofar viva su momento de mayor gloria entre nosotros. El filosofar puede ser entendido como aquella actividad del conocimiento que llevan a cabo los filósofos cuando intentan responder a las preguntas fundamentales que platea nuestro mundo. Pero también puede ser entendido como el sencillo y común razonar de cualquier persona cuando hace ese mismo ejercicio con la información y conocimientos que tiene a la mano. Esta actividad se lleva a cabo sobre todo en base a la lectura y el razonamiento y en el intercambio de ideas con los demás. Y ahí es donde nos duele. Hace poco, hablando con un amigo, le comentaba mi preocupación acerca de si me podría estar convirtiendo en un pedante o un engreído, pues tengo la sensación de que cada día es más difícil y resulta más infrecuente poder tener una conversación de cierta profundidad, de cierto rigor y complejidad de ideas. Que mi amigo me confirmara que a él le pasaba igual, me consoló un poco en lo personal, pero me confirmó mi preocupación en lo relativo a nuestra sociedad. Sucede por lo común que cualquier conversación que vaya más allá de las liviandades del anecdotario de la actualidad es tachada de coñazo, rollo o “rayadura de cabeza”. Por lo que sucede incluso que aquellos que tienen alguna consideración de cierta profundidad que hacer se autocensuran para no pasar por pesados o muermos.  Solemos coincidir en el reconocimiento autocomplaciente de que este país va muy bien, mejor que nunca antes en su historia, lo cual presupone que lo bien o mal que vaya el país es una consideración económica y de bienestar en general, olvidándonos de la consideración de Descartes que se cita al comienzo de este artículo. España no es ciertamente una potencia histórica en eso del filosofar, ni en el aspecto académico ni en el popular y puede que el mayor motor de discusión, más que el razonamiento, haya sido siempre el desacuerdo, encontrar el modo de demostrar que el otro no lleva razón. Quizás el único escape a esa pobreza intelectual haya sido el estilo de vida callejero, alegre y pausado que construyó en los españoles su historia y quizás también su clima. Pero ese estilo de vida está desapareciendo con el rodillo cultural anglosajón que nos conquista. De este modo, ¿qué nos va a quedar?. Da un poco de miedo

El mono

El mono

La Iglesia Católica ha desenterrado el hacha de la guerra. Y es que son muchos años ya sin prohibir libros, sin excomulgar, sin encender una triste hoguera donde quemar  a algún pecador. Es fácil observar que las emociones fuertes son adictivas, así que deben de andar con mono. Y entre las emociones fuertes el poder  resulta paradigmático. Sangran por esa herida más que por aquellas que figuran como estandarte icónico y truculento en la imaginería que representa la pasión de Jesús. Porque la Iglesia ha tenido durante siglos, no algo de poder, sino todo el poder. Cuando perdieron el poder político siguieron conservando un poder inmenso que se ha mantenido hasta nuestros días. En España, su amancebamiento con la dictadura franquista les dio el último soplo de aliento. Y si hoy ese entarimado de influencias basadas en  supersticiones mentecatas por un lado y en una torcida interpretación carca de la vida por otro, no ha desparecido del todo, es gracias a la memez y las cobardías lectorales de los gobernantes y a las debilidades cada vez más clamorosas del pensamiento común. Creo que no es necesario aclarar que hablo de la institución, no de los sentimientos religiosos individuales. Estos me traen sin cuidado. En el orden privado cada uno es muy libre de pensar que Dios existe, o que cuando se mueran seguirán viviendo, o de centrar todos sus afanes en coleccionar llaveros; cada uno se lo monta como puede. Hablo de la Iglesia como institución, que tan huérfana está de poder y de influencia que, rebuscan y rebuscando, se entretiene en elaborar un código ético para conductores de coches. Esta Iglesia de hoy más o menos retirada a sus cuarteles de invierno en espera de mejores tiempos, ha encontrado en la asignatura de Educación para la Ciudadanía una ocasión para sacar de nuevo los colmillos y reñir con aquellos que disienten de sus esotéricos principios. Puede que no hayan calculado bien la situación y la estrategia y es posible que sea para ellos una amarga experiencia. Porque me da la sensación de que no les van a hacer mucho caso, más allá del estricto grupo de sus legionarios irreductibles. Dicen que la sociedad civil no tiene derecho a la educación moral y cívica de sus jóvenes. La sola enunciación de esa idea produce estupefacción viniendo como viene de aquellos que durante siglos han tenido secuestrado este derecho y lo han ejercido de manera represiva, violenta, dogmática e interesada. Ni siquiera merece discusión o comentario. Eso sí, se les puede ofrecer la dirección de algunas instituciones que ayudan a pasar el mono

El articulista

El articulista

Es aquí donde hemos llegado. Sea donde sea que hayamos llegado, es aquí y ahora.  Cada lugar y cada momento es un momento cero donde todo ha concluido y todo comienza de nuevo. La cadena de acontecimientos que ha dibujado nuestro paso por el mundo y que funda en nosotros la ilusión de un proyecto, de un futuro, son una ilusión que a cada momento borra la única y cruel realidad del presente. Sólo existe el presente  y ante tal vacío, nuestros afanes son como paletadas que tratan de llenar el silencio. Esto es metafísica, pero es de lo que estamos hechos. Es metafísica y con toda probabilidad un artículo periodístico no es el lugar más apropiado para hablar de estas cosas. El autor de artículos periodísticos debe saber que este género posee sus características propias que deben observarse. Una de ellas es que los artículos no son lugar para metafísicas. Pero el que escribe artículos es también carne del tiempo, de su tiempo privado, y el presente puede ser para él a veces una gran pregunta metafísica que lo imposibilita para instalarse en el terreno de las cosas que pasan, que son la materia propia de los artículos en los periódicos.  A veces luchar es imposible. Los acontecimientos de la vida privada, una muerte cercana en este caso –la más cercana-, borran el mundo de un plumazo. Los dedos se posan sobre el teclado sin voluntad y sin ideas. Golpean las teclas mientras el cerebro en duelo se ocupa de otras cosas. Aparecerá esta columna como siempre el martes por un extraño sortilegio, quizás entonces la lea y vea entonces lo que dice. No es muy profesional, pero es humano y vosotros lectores, ya vais siendo como de la familia. Tenía apuntadas por ahí cosas; la inadmisible actitud de la Conferencia Episcopal ante la asignatura de Educación para la Ciudadanía, la gente que se echa a las terrazas de verano de un modo parecido a como se produce el reventón del Mundo en Los Chorros, empujadas por lejanas fuerzas, el regreso a sus países de los simpáticos e inteligentes chicos de las becas Erasmus... En fin, ideas para hablar de las cosas que pasan. Pero el tiempo se ha detenido, el presente se ha empozado en mi alma como diría César Vallejo y la metafísica borra de mi mente los acontecimientos como asuntos menores carentes de interés. Y así, estoy incumpliendo a todas luces mi modesto deber de articulista. Volveré, porque la vida ilusoria siempre vuelve. Mientras tanto, este texto que aquí termina no ha conseguido ser un artículo. Quizás no debiera publicarse. Pero había un hueco para él en el periódico. Y estabas tú lector. Estabas tú.

Del logro y las elecciones

Del logro  y las elecciones

El otro día charlaba con unos amigos acerca de las causas por las cuales el resultado de las elecciones en Albacete había sido tan distinto de lo que anunciaban las encuestas y habían resultado una auténtica sorpresa para casi todo el mundo. Una amiga mía, que es muy lista, sostenía que en el PSOE había habido triunfalismo y que esto había provocado una campaña más bien flojita que no movilizó a la gente de barrios que tradicionalmente han votado PSOE, que esos barrios además, sentían que los programas sociales habían decaído quizás por causa de los gastos en grandes obras. Y por último, y esto es lo que me parece más interesante, mantenía que desde el punto de vista del marketing político se había cometido el error de basar la gran baza electoral en las grandes obras precisamente, cuando éstas tienen un gran valor mientras se están haciendo, pero lo pierden una vez terminadas. Esto último me parece un pensamiento sutil y profundo. ¿O no es cierto que en toda actividad humana nos afanamos en la búsqueda, en el camino, y una vez que conseguimos lo buscado nos aburrimos y desencantamos, que lo obtenido nos parece que era en justicia nuestro y ya no nos emociona?,  ¿ puede incluso que el desencanto sea tanto mayor cuanto mayor sea el logro?. Si esto es así, ¿se podría decir entonces que el PSOE y Manuel Pérez Castell han obtenido un resultado bastante peor del esperado a causa de sus innegables logros en las grandes obras?. Amarga paradoja sería ésta a la que tendrían que enfrentarse. Si esto fuera así, los políticos no deberían afanarse en inaugurar obras como sea antes de las elecciones  aunque no estén terminadas, sino que deberían alargarlas hasta las elecciones aunque pudieran terminarse antes. El mensaje que “vendería” entonces no es lo que hemos hecho, sino lo que estamos haciendo y que vamos a terminar enseguida, después de las elecciones. Es decir que desear daría mas votos que conseguir por cruel que parezca a aquél a quien precisamente se le encomienda conseguir cosas.  De modo que el eslogan “estamos haciendo mucho” hubiera funcionado mucho mejor que el “haremos más”.Aunque bien pudiera ser todo esto una elucubración sin base en la realidad, como vendría a demostrar Gallardón, su M30 y su arrolladora victoria. De modo que, mi estimado don Manuel, me temo que a mi pesar no voy a poder sacarle de la duda en la que acaso habrá usted caído como buen filósofo y pensador al leer estas reflexiones de mi amiga y mías fruto del ocio y el vicio de buscarle los tres pies al gato.

Consumidores de ruido

Consumidores de ruido

El gran poeta romántico alemán Heinrich Heine dijo que “los sabios emiten ideas nuevas; los necios las expanden”. O dicho de otro modo, la mayor parte de lo que oímos es ruido. En teoría, una sociedad con abundancia de comunicación e información es una sociedad más formada, más libre, más sabia. Puede que así sea, pero como dijo el clásico latino “todo tiene sus límites”. Y yo creo que hemos excedido el límite de lo adecuado o necesario en cuanto a la comunicación. En lo que respecta a los medios de comunicación, por ejemplo, estoy convencido de que existen muchísimos más de los necesarios. La causa puede encontrarse en que los medios distan mucho de tener precisamente entre sus objetivos primordiales informar, dado que son antes que nada empresas, grandes corporaciones, supeditadas al primer deber sacrosanto de obtener beneficio. Unido esto a la instrumentalización política de la información, nos enfrentamos a tal cantidad de información “de consumo”, vacua, machacona y tendenciosa que resulta realmente abrumador. De vez en cuando me receto a mí mismo una cura de desintoxicación y me paso una buena temporada sin leer, escuchar o ver información en los medios, hasta que mi cerebro va recobrando tono con el silencio.  Pero no son los medios los únicos emisores abusivos de supuesta información. Cualquier grupo humano de la clase que sea, después de nombrar a un jefe (algo que nos encanta), nombra a su responsable de prensa, o si no lo permite el presupuesto, al pringaíllo que irá de aquí para allá predicando sus magníficas buenas nuevas. Y para rematar la situación, estamos todos los demás. Los ciudadanos verborrágicos que no nos callamos ni debajo del agua. Y,  todavía, no sería tan negativo el tema si “expandiéramos las ideas emitidas por los sabios”, porque  al contrario, nos regodeamos con especial fruición en la repetición de memeces de memos que la vulgaridad hace pasar por sabios. Porque en realidad lo que dicen los sabios, suele parecernos “rollos”. En definitiva, vale decir lo que sea, el caso es no callar, cualquier cosa menos la reflexión, el rigor, el análisis y el reconocimiento del desconocimiento. Nuestro modelo económico social nos va moldeando y somos cada vez más perfectos consumidores de todo lo que suene, sobre todo si nos llega como mercancía bien empaquetada en tópicos y lugares comunes. De modo que vengo a ser más el ruido que compro, que el silencio que fabrico en el taller artesano de mi recogimiento. elpuente.blogia.com

El escozor

El escozor

Hace algún tiempo me construí una casa en una aldea de Albacete. Como necesitaba suministro de electricidad, estuve analizando las ofertas con las que contaba. La de Iberdrola me era muy simpática, con esos anuncios que hace en la tele llenos de verdes praderas y aire limpio en que relata su interés por nuestro bienestar. También contemplé la posibilidad de contratar con Iberdrola. Y por último, estudié también las tarifas de Iberdrola. Después de un detenido análisis me decanté por Iberdrola. Me acerqué a sus oficinas y les dije que quería ser cliente y comprarles electricidad por siempre jamás. Se les notaba la emoción. Aunque me dijeron que la instalación necesaria me la hiciera yo porque ellos no me la hacían ni pagando, de modo que me dieron faena por si andaba aburrido. Al analizarla comprendí que Iberdrola es una empresa que se preocupa por los profesionales de su sector a los que tuve que contratar sin remedio. Me dieron un croquis con la instalación para que se lo diera a mi instalador. Este amablemente lo fotocopió y se los mandó de nuevo para que ellos dijeran que estaban de acuerdo. Y yo solté unos eurillos de nada por el recado. La instalación se hizo muy bien hecha gracias a estas dotes adivinatorias de mi instalador, lo cual vino muy bien porque si no ya me avisaron que de luz nada. El poste del que iba a tomar el enganche, propiedad de Iberdrola se ve que no les gustaba, por lo que me indicaron que debía volver con mi instalador y cambiárselo por uno nuevo con cargo a mi bolsillo. O eso o no hay luz. Otro pastón. Por fin llegó la carta que yo creía el permiso definitivo. Pero no, era un modelo para que yo rellenara y firmara “cediéndoles” – o sea regalándoles-, mi instalación. O eso o no hay luz. Ni seis meses después vino un tío a hacer un clic (el enganche) que valía un pastón. Esto no me dolió tanto porque ya me lo habían cobrado hacía mucho tiempo, creo que fue en la primera visita, cuando me dijeron que mi cuenta bancaria era como una especie de clave que activaba los oídos electrónicos de los empleados de la compañía. Pasó un añito y mucha pasta pero al fin tuve mi luz. Eso sí a un precio  en la media del mercado (un huevo dividido por uno da un precio medio de mercado de un huevo). De modo que ahora, cuando paso por los postes y cables que les regalé después de tantas vicisitudes, me entra una tontuna, no sé, una sensación rara, como un escozor agudo en alguna parte de mi cuerpo, que se me pasa, eso sí, cuando empiezo a enchufar  aparatos hasta que aguante el automático.

La sonrisísima

La sonrisísima

Me tiene a mí intrigado la sonrisa de Carmen Bayod. No conozco personalmente a la señora Bayod, sino tan sólo a través de las fotografías de la prensa y la publicidad electoral. Pero siempre se ríe. Cualquiera que sea la situación, ella sale siempre mirando a cámara y exhibiendo una enorme sonrisa. Parece que ha nacido con la sonrisa puesta. Y es que yo me pregunto si cabe tanta y tan constante felicidad en un ser humano. O es que es cosa de la profesión llevada con disciplina. Porque sin ir más lejos, a su compañera y candidata a la presidencia de la Junta, que es bonica de cara y de rasgos dulces, sí que le he visto alguna foto con rictus de seriedad y hasta de mosqueo malamente sobrellevado. Pero es que claro, le han dicho unas cosas, que es que tiene que doler; que si no ha pisado Albacete en no sé cuanto tiempo, que si trató de impedir que Eurocopter se instalara en Albacete, que si su candidatura es otro invento extraño del PP regional  como el del duquesito y que se irá de aquí como el otro a arrastrapanza por la puerta de atrás. Vamos, que me dicen a mí eso y me pillo un rebote regular. Son unos bordes. No sé cuánta leña le habrán dado a doña Carmen. Pero haya sido la que haya sido, no ha conseguido ni el más ligero desliz en la tensión permanente de sus orbiculares y el otro montón de musculillos que manejan esa magia del rostro que se llama sonrisa. Supongo que ella es consciente de que no va a ganar las elecciones. En el sentir mayoritario de la gente, que siempre resume, Pérez Castell es un alcalde constructor que está dejando la ciudad como un pincel. Y con eso unas elecciones se ganan de calle. Casi me atrevería a decir que la conversión de la circunvalación en el actual bulevar es la mitad de la victoria que sin duda obtendrá don Manuel. De modo que doña Carmen va camino de perder las elecciones con su espléndida sonrisa en ristre. Y yo me desazono porque algo debe de haber que explique este misterio. Yo, desde luego, si fuera a perder unas elecciones, no estaría más contento que unas pitas, sino que andaría más bien mosqueado y taciturno. Sólo puedo imaginar que doña Carmen considere su candidatura el primer paso en una carrera más larga para conquistar el poder cuando el desgaste del oponente le traiga tiempos mejores. Si es así, quizás no haya considerado lo pronto que se le pasa el arroz a un político que pierde elecciones. En cualquier caso, desde esta columna le pido a doña Carmen una foto al menos con cara un poco enfadaeta. Que es que estoy muy preocupado, de verdad.

Descubrimientos

Descubrimientos

Los listados de disparates que contestan los alumnos en los exámenes son todo un clásico. No suelo prestar mucha atención, pero recientemente ha caído en mis manos uno de estos documentos que cuenta con un buen puñado de respuestas a preguntas que me da la sensación que son mucho mejores de aquellas con las que los alumnos hubieran obtenido el beneplácito del profesor y una buena nota. “Habla del cerebro: las ideas, después de hablar, se van al cerebro”. Este alumno sin duda es una persona de nuestro tiempo. Y es probable que alguno de sus familiares sea aficionado a seguir los debates políticos. Se podría haber adornado un poco más contando qué pasa en ese cerebro cuando le llegan de pronto las palabras. Podría entonces decir que “el cerebro las guarda para siempre en una célula profundísima de la que solo sale si la boca de su dueño se abre. “¿Cómo se llaman los habitantes de Ceuta: Centauros”. Piénsenlo bien, no es ninguna tontería. “Moisés y los israelitas: Los israelitas en el desierto se alimentaban de patriarcas”. ¿Es o no es verdad?. Es profundo y poético. Lástima no haberlo corregido yo para ponerle un diez y pedirle después algo más de su profunda sabiduría. “¿Qué es un odontólogo?: Carnívoro que se alimenta de presas vivas”. Y se alimenta muy bien además. Ya conocen su depurada técnica; anestesia a la víctima, le abre la boca y rebusca entre sus dientes billetes de cien euros olvidados, los cuales unas vez extraídos ya no producen más dolores, por lo cual nos sentimos muy agradecidos.

“¿Qué es la fe?: Es lo que nos da Dios para poder entender a los curas”. ¿Algo de lo que dicen los curas puede ser entendido sin la fe?. Los curas dicen de continuo cosas contrarias a la experiencia de los sentidos, de la razón, de la ciencia. Dios, que siempre ha guardado silencio, envió al mundo la fe porque sin duda también considera a estos seres humanos sus hijos. Raritos, pero hijos. A este alumno deberían haberle aprobado todos los cursos de un tirón y se le debería haber mandado a estudiar teología a Lovaina. “¿Qué es un círculo?: Es una línea pegada por los extremos formando un redondel”. Y ahora vas y le dices que no. Sólo mi abuela que en paz descanse, hubiera podida formular una definición tan luminosa. “Habla del anarquismo: Es una ideología racional y astringente”. Que es racional es evidente. Que es astringente es un interesante punto de vista nuevo. Esta ideología es la única que no ha sido puesta en práctica formalmente en la historia y, por tanto, la única que no la ha cagado. Queridos amigos, la educación va bien.

Reequlibrio

Reequlibrio

El gobierno de Lula en brasil ha decidido recientemente saltarse la patente sobre el tratamiento antisida de la multinacional farmacéutica Merck. De este modo, se pretende que se dé comienzo a la producción masiva de estos medicamentos como genéricos y, consecuentemente, a un precio mucho más bajo. La multinacional ha hecho el relato de todas las desgracias que se sobrevendrán a Brasil por la decisión de su gobierno; que perderá credibilidad y confianza, que perderá las inversiones exteriores, etc. O sea, veladas amenazas de presiones y boicoteos. Hemos de recordar que estos tratamientos en nuestro país son sufragados en su integridad por la Seguridad Social, porque hay dinero para pagarlo. Posiblemente Brasil también pudiera sufragar el tratamiento a los ciudadanos de su país, lo desconozco. Pero el drama de esta enfermedad se produce en niveles de pandemia que afecta a proporciones gigantescas de la población es en África, en países que desde luego no pueden sufragar estos gastos y mucho menos pueden hacerlo sus habitantes.

Se afirma con frecuencia que si las farmacéuticas no obtienen sus fabulosos beneficios, la investigación que genera medicamentos concretos, se detendría.  Este razonamiento presupone la supremacía intocable de la capacidad capitalista para generar lo necesario. Y puede que sea cierto. Pero es injusto. Profundamente injusto. Si además la injusticia conlleva la muerte de millones de seres humanos, acaba por convertirse casi en asesinato. Esta es una cuestión en la que se pone de manifiesto la necesidad de reenfocar el concepto de ayuda al tercer mundo. El difuso 0.7 para cooperación, las atomizadas oenegés o los actos caritativos de los estados ricos hacia los pobres, deberían ser sustituidos por programas de colaboración para la realización de proyectos concretos, como bien podría ser, entre otros,  la producción masiva de medicamentos antisida para su distribución en los países que lo necesitan y no lo pueden pagar. Las farmacéuticas seguirían ganando lo mismo y los afectados tendrían acceso a los medicamentos. De este modo, la sacrosanta propiedad privada y el beneficio no se verían afectados. Los estados ricos contribuirían porque son ricos y pueden y la razón para hacerlo es muy sencilla; el ser humano es uno y el mismo. Aquí y en Mali. O dicho de otro modo, menos demagogia, ideologismos y caridades y más proyectos internacionales regidos por la justicia del reequilibrio.  

La gala del verano

La gala del verano

Se acercan las elecciones municipales. Este acto de participación ciudadana debería ser uno de los momentos más trascendentales en la vida comunitaria de los ciudadanos. Debería ser un momento de revisión del acontecer del municipio, de revisión de proyectos y renovación de las energías para conseguir el entorno que la mayoría desea. Porque si algo distingue a las municipales de otras elecciones es que son, o deberían ser, las que determinan como es y como queremos que sea nuestro entorno inmediato. En el ámbito municipal los asuntos tienen que ver con el tono de nuestra vida diaria; el estado de las calles por las que caminamos o conducimos, los servicios inmediatos, las actividades sociales y culturales, el cuidado del entorno, y en definitiva un pueblo o una ciudad donde se viva más o menos a gusto. Para los pueblos pequeños, este nivel debería ser de primera importancia por las carencias que se derivan en muchos casos de sus escasos recursos. Y sin embargo el panorama no es muy halagüeño. Las mancomunidades de municipios han experimentado hasta el día de hoy un desarrollo infinitamente menor de lo podrían. En parte porque las diputaciones que deberían ser sus grandes animadoras, paradójicamente recelan de ellas porque entienden que las vacían de contenido. Y bien mirado, si existieran mancomunidades fuertes y dinámicas que se entendieran eficazmente con los gobiernos regionales, pues la verdad es que las diputaciones acabarían sobrando – y sobraría también el poder político que hoy amasan-. Hacen bien en temer. Otra sombra proviene de la propia estructura de nuestro ordenamiento democrático. Las proporcionalidades que se aplican para obtener concejales y las listas cerradas hacen en la práctica dificilísima la renovación, de modo que en los pueblos pequeños pasan décadas en la que mandan los mismos aunque cambien los nombres de las listas, con las malas consecuencias que ello conlleva de apoltronamiento y adormecimiento en los sillones del poder. Si a todo ello añadimos que los ayuntamientos tienen presupuestos que se conforman sobre todo a base de subvenciones (o sea de ir llorando por las administraciones mayores) y el consecuente servilismo político que ello implica, nos encontramos que la gran fiesta de la democracia en nuestro pueblo, queda reducida a una especie de concurso, una gala de verano sobre la que echar unas apuestas, pero algo muy distinto al momento de ilusión en que decidiremos cómo queremos que sea el futuro de nuestro pueblo.