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El Puente. León Molina

Animales de mesa camilla

Animales de mesa camilla

Dice el físico y divulgador científico Jorge Wagensberg hablando del pensamiento que “responder es un proceso de adaptación y preguntar un acto de rebelión”. Llevando esta idea a imágenes podríamos decir que responder es algo así como tratar de colocar las cosas del mundo en un sitio que preparamos para ellas del mismo modo que colocamos nuestras cosas en una habitación para poderlas encontrar con facilidad, en definitiva buscamos tranquilidad y confort. Preguntar vendría a ser como salir a la calle, al mundo, para ver qué hay ahí fuera, sin importarnos los trastornos que esa búsqueda pueda ocasionarnos, tan sólo obedeciendo el impulso de nuestra curiosidad y la sospecha de que hay mucho que ver fuera de nuestra habitación. Necesitamos por igual, creo yo, estos dos impulsos del pensamiento. Sólo dar respuestas, ordenar la habitación, nos iría llevando paulatinamente a un pensamiento pobre, redundante, improductivo y, sobre todo, muy aburrido. Sólo preguntar, buscar incesantemente, abrir continuamente caminos por los que ni siquiera tendríamos tiempo de transitar, nos llevaría a un pensamiento turbulento, superficial y angustiado. Puede que en el equilibrio esté la riqueza y el aprendizaje auténtico; tener la curiosidad o audacia para hacer un número razonable y suficiente de preguntas y la serenidad para llegar con esfuerzo hasta la elaboración de respuestas consistentes.  

Ser conscientes de este fenómeno puede darnos pistas para entender multitud de situaciones que nos envuelven cada día. Por ejemplo, para citar situaciones de máxima actualidad: De dónde viene la crisis mundial; demasiadas respuestas de los poderosos, pocas preguntas de los ciudadanos. O de dónde viene el fracaso y desaparición de IU; Demasiadas preguntas y pocas respuestas. O de dónde viene el fracaso de la Iglesia Católica en nuestro tiempo; Millones de respuestas o la respuesta absoluta, que viene a ser lo mismo, y cero preguntas. Puede incluso que el descrédito de los políticos en la actualidad provenga de que son una especie de autómatas que lanzan respuestas sin parar, pero a los que no se les ve ni en broma formular pregunta alguna.

Los seres humanos de esta época posindustrial, en general, tenemos gran facilidad para emitir respuestas, porque vivimos en el mundo de las comunicaciones y hay muchas donde elegir y repetir lo que dicen otros es fácil. Lanzar preguntas nos cuesta bastante más. Estamos instalados en el confort. Somos sofisticados animales de mesa camilla.

 

El discurso de Obama

El discurso de Obama

El discurso de Obama en Chicago tras conocerse su victoria en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos es una pieza oratoria magnífica. Es un discurso perfectamente trabado en sus temas y en su tono,  que consigue con maestría sostener un alto tono emotivo yendo desde la ilusión por lo que se puede hacer hasta las responsabilidades y dificultades  que precisamente justifican que se sienta la necesidad de hacer todo eso que hay que hacer. Quizás no hay nada que inflame más a los seres humanos que el reto, la dificultad, en momentos especiales en que las dificultades colman el vaso de las preocupaciones o desdichas. Dicho de otro modo, a mí me hubiera gustado que algún ganador de las elecciones en mi país me hubiera dedicado un discurso así.  No me lo habría creído mucho, como no me he creído mucho el de Obama, pero todos necesitamos de vez en cuando sentir y escuchar, aunque sea fugazmente, que podemos. Estos primeros días tras las elecciones deben ser sin duda momentos de ilusión y emoción para la mayoría de los ciudadanos estadounidenses. Les está sucediendo algo muy distinto a lo que, sin ir más lejos, hemos vivido en España en todas las últimas elecciones. Hemos sufrido un bombardeo de ofertas que llegan casi a la indignidad para comprar nuestro voto sin que se pueda ni de lejos saborear la ilusión de que sea posible participar en un logro colectivo y ni siquiera que haya logros a la vista que los candidatos nos inviten a conseguir.  Debe estar todo muy bien en nuestro país o se nos ha ido olvidando dónde tenemos el interruptor que conecta nuestra crítica, nuestra fuerza, nuestra determinación y ambición por ser mejores. A pesar de ser muy crítico con el sistema sociopolítico de EEUU y conocer el lamentable nivel cultural del norteamericano medio, siempre he reconocido que hay en esas gentes un valor, heredado de los pioneros seguramente, que echo de menos por nuestro solar; la convicción de que el individuo es dueño de su destino y labra con su determinación y fuerza su periplo en este mundo sin necesidad de tutelas.  Es el hombre visionario y solitario que se adentra en las tierras desconocidas para labrar su destino. De eso nos hace falta aquí. Bien es verdad que la cara oculta de ese carácter está en la omnipresente frase que fue también el cierre del discurso de Obama: “Dios os bendiga. Que Dios bendiga a Estados Unidos de América”.  Como me dijo un amigo, o es más de lo mismo o es un cínico que si hace falta venderá a su madre. Pero estos días, nos conformaremos con haber escuchado un emocionante discurso y con el inmenso alivio de que el Gran Idiota haya pasado a la historia.

Mundo terrible

Mundo terrible

Los seres humanos han sido a través de la historia unos magníficos creadores de diferencias entre sus congéneres. Y  no sólo creando diferencias, sino sobre todo acrecentándolas y utilizándolas en beneficio propio o del grupo cercano. Así las cosas, no ha dejado de rondarme la cabeza una idea lanzada por Stephen Hawking dentro de una entrevista que le hizo hace poco El País. Mientras hablaba con su entrevistador sobre los temas que se le supone propios como el cosmos, el espacio, el tiempo, la física cuántica  y todas esas grandes complejidades, Hawking se desmarcó a su aire, como hace con frecuencia, y dijo que el próximo gran reto de la humanidad en un futuro no demasiado lejano es enfrentar y resolver las diferencias entre los humanos genéticamente modificados y los que no lo son. En efecto, cuando se vulgaricen las técnicas de manipulación o modificación genética, los pruritos de ciertas morales timoratas, sin duda se verán superadas por la natural ambición de las personas de padecer menos enfermedades, de tener una vida saludable y mucho más larga. Hasta ahí todo bien, pero todo apunta desde luego a que las diferencias de siempre llegarán en primer lugar de la mano del dinero. Los nuevos cuerpos, las nuevas vidas, estarán al alcance de quien pueda pagarlas, es decir de los habitantes de los países ricos del planeta.  No hay más que ver lo que sucede con el Sida para aventurar que esto será así sin lugar a dudas. Los tratamientos, protegidos por sus correspondientes patentes, se aplican desde el mismo instante en que se consigue cada avance clínico en los países ricos, mientras que en los países pobres estos fármacos no llegan y sencillamente mueren por millones. No parece difícil vislumbrar un mundo dividido entre seres humanos saludables que alcanzan sin dificultad los ciento cincuenta años y otros que a duras penas y con sufrimiento y enfermad no podrán aspirar a vivir más de la tercera parte que los primeros. ¿Qué pasará entonces?.  Se podría contestar a esta pregunta a través de la analogía con los tiempos actuales: ¿Qué pasa en un mundo dividido entre seres humanos muy ricos y derrochadores y otros seres pobres hasta la muerte por inanición?. Y la respuesta desde luego es aterradora: No pasa nada. El mundo sigue adelante con todos sus seres humanos atrincherados en sus diferencias que sólo han cambiado en lo superficial desde que existe la especie. Vivimos en mundo terrible y el futuro parece que no anuncia nada mejor. O quizás sí, cuando seamos un agujero negro perdido en el cosmos.

Yeste. Patrimonio en ruinas

Yeste. Patrimonio en ruinas

El Palacio de la Vicaría de Yeste se está desmoronando. En estos días en que, por otras causas, agradecemos las lluvias que caen sobre nosotros, un palacio de casi medio siglo de antigüedad se va deshaciendo como un azucarillo en el café. Y al parecer se está lejos de poner en marcha las acciones que lleven a su salvamento. Un diabólico enredo de propietarios, expedientes de ruina, peculiaridades de la declaración BIC (bien de interés cultural), ausencia de recursos económicos y posiblemente voluntades que llegan tarde, parecen condenar a este monumento a ser un recuerdo perdido en un solar ocupado por viviendas, oficinas, o vaya usted a saber. Hace unos días una comisión de responsables políticos y asociaciones de la Sierra del Segura se entrevistaron con el Director General de Patrimonio de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Después de dar repetidas vueltas entre los vericuetos de la situación actual del palacio, afirmaba éste que no encontraba una solución al problema y pedía tiempo para estudiar el asunto, porque la solución inmediata que lógicamente pasa por el dinero necesario para las actuaciones urgentes es, al decir del director general, inalcanzable para la Consejería en estos momentos. Esperemos que Luis Martínez y la consejera Soledad Herrero, Barreda o quien sea, apliquen al asunto su buena voluntad y el interés que el caso requiere aunque sea para esas actuaciones de urgencia. Y es que el edificio del que hablamos lo merece. En primer lugar porque dentro de la situación de periferia geográfica y económica que ocupa la comarca de la Sierra del Segura respecto al conjunto de la región, la conservación y puesta en valor del patrimonio cultural es esencial para el desarrollo turístico que constituye una de las pocas vías de desarrollo de esta zona, porque es un edificio que ha sido coto privado de los poderosos de la villa y se quiere poner a disposición de toda la población que durante generaciones lo ha visto sin poder entrar desde la pobreza con sus pompas y lujos de gente adinerada (ha sido durante bastante tiempo casino privado). Y porque no hay que argumentar mucho para entender que la pérdida de los bienes en que se ha desarrollado nuestra historia, es una pérdida que afecta incluso a nuestra propia identidad. Buena parte de la historia de esas tierras andaluzas y manchegas podría escribirse con el relato de todo lo acaecido entre sus paredes. Y por si fuera poco, es un edificio de mucho porte y belleza situado en una de las calles principales de la población. Si finalmente cae, al corazón de cada persona sensible y sensata llegará su ración de vergüenza.

Ecologista radical

Ecologista radical

Puede que después del entierro de Dios, la agonía de la naturaleza sea el acontecimiento más trascendental al que tenga que enfrentarse el ser humano. Con la diferencia de que la idea de Dios, con perdón de Santo Tomás, es una construcción intelectual y de la naturaleza somos extensión y parte constitutiva. Esa parte de nosotros está gravemente enferma y amenazada de colapso. Un colapso que provocamos nosotros precisamente como especie. Resulta extraño entonces comprobar la gran cantidad de personas a las que esta situación no conmueve o incluso niegan interesadamente. No hace mucho, por ejemplo,  un directivo de la fundación FAES dijo para apoyar las dudas manifestadas por Aznar acerca de la veracidad del calentamiento global, que no podemos vivir bajo los dictados de los integristas ecologistas. La moda de las palabras. Ahora “integrista” se arroja sobre cualquiera que mantiene una posición radical que no coincide con la propia. Se trata así intenta de anular su razón. “Radical” también es una palabra de moda. Pretenden que un radical es algo así como un bruto que no atiende a razones. Habría que recordar sin embargo que nuestro conocimiento es radical, que no tenemos otra forma de conocer que radicalmente. La lógica que rige el pensamiento es radical, la ciencia que nos ayuda a conocer el mundo es radical y la ética que conduce nuestra libertad es radical. De modo que yo afirmo radicalmente que algo no puede ser y no ser al mismo tiempo, afirmo radicalmente que  si suelto un objeto de mi mano caerá al suelo y afirmo radicalmente que pegarle un puñetazo a alguien sin motivo está mal y no debe hacerse. Si recordamos además que la palabra “radical” proviene de “raíz” debería llevar al respeto por la voluntad de  rigor en el enfrentamiento de las ideas. De modo que al estar preocupado por el estado de la naturaleza puedo considerarme un ecologista. Y por tratar de informarme con todo el rigor de que soy capaz y mantener mis posturas con firmeza puedo considerarme también un radical. Pero desde luego no soy un integrista, porque estoy abierto a la discusión y al aprendizaje. Creo por el contrario que ese adjetivo les cuadra más a aquellos que han hecho del desarrollo y el beneficio su nuevo Dios y en su nombre atentan contra la naturaleza y contra la sensibilidad de aquellos que están preocupados por el indudable cambio climático, por la deforestación planetaria, por la desaparición galopante de biodiversidad, por la contaminación masiva y la destrucción universal del  paisaje. Sus palabras son bombas abandonadas en un maletín de estupidez.

Crisis y políticos

Crisis y políticos

La actual crisis económica nos ha pillado a todos por sorpresa, por más que como siempre, aparezcan los listos que ya lo sabían. Es cierto que ante los años del gasto y crecimiento lunático, todos hemos dicho o pensado alguna vez que “esto va petar a algún día”. Pero no nos engañemos, sin saber ni cómo ni cuándo. El caso es que nos ha pillado por sorpresa cuando de hecho ya estábamos perdiendo empleos de forma masiva, cuando las pequeñas empresas estaban sufriendo bajadas históricas en sus facturaciones y cuando ya los bancos había cerrado el grifo de la financiación. De pronto el que más y el que menos se ha sorprendido a sí mismo preguntándose si le iba a tocar a él. Y desgraciadamente a muchos sí les ha tocado y a otros muchos les va a tocar próximamente esa lotería maldita al estilo de las invenciones de Borges. Y para todos la zozobra y la angustia porque al dirigir la mirada interrogativa hacia los responsables políticos y económicos no hay respuestas claras y sí la evidencia de no tienen ni idea de qué pasa exactamente ni qué tienen que hacer. No sé en otros países, pero en España el espectáculo de nuestros dirigentes ha sido patético y descorazonador. En el inicio de la crisis el gobierno se escondió debajo de la cama y salía sólo de vez en cuando para decir que no pasaba nada grave y que de crisis nada.  La capacidad de liderazgo de Zapatero ha quedado seriamente tocada probablemente sin remedio, porque repartir en la abundancia es fácil, pero ante las dificultades hay que dar la cara con determinación, valentía y sinceridad antes de que todo esté ya muy tiznado. Llegados a este punto Solbes se ha puesto a repetir los esquemas utilizados por el resto de países de nuestro entorno. Por el camino el ministro –sin duda inteligente y capaz- ha soltado unas cuantas mentiras que lo han apeado de su pedestal de técnico inmaculado mostrando sus manos manchadas en el fango de la política rastrera de la lucha partidista.  En los comienzos del problema, la oposición trataba de erosionar al gobierno y arañar votos mientras éste trataba, con perdón, de salvar su culo cuidando que no se le escaparan los suyos. Ahora parece que con el susto en el cuerpo ambos se están centrando en las soluciones. Esperemos que no sea demasiado tarde y que encuentren el mejor camino. Y esperemos también que cuando salgamos de esta y el futuro nos traiga de nuevo dificultades tengamos algo mejor donde echar mano que estos políticos actuales. Parece un lugar común pero quizás no sea ocioso recordarlo: En nuestras manos está.

El Ché

El Ché

En una ocasión un individuo me repitió la conocida frase de que  “toda revolución tiene un coste de sangre”. Esta frase que me repugna profundamente, me movió a responder sin cortarme: “pues si la sangre ha de ser de alguien que sea la de los que queréis revoluciones, y si hay que pagar con sangre de inocentes, tu hijos o los míos por ejemplo, pues que sean los tuyos, ya que te veo tan mentalizado”. Bakunin lo dijo: “La revolución que exige que nos sacrifiquemos por ella, no merece la pena que se haga”, frase tan llena de sentido que es imposible refutar. Un paisano nuestro, el excelente escritor Cipriano Játiva, escribió: “A los revolucionarios no les interesa si el mundo que sale de la revolución es peor que aquel del que surge. Sólo les importa hacerla, esa es toda su gloria. Por eso gustan de las grandes estatuas.”.  Viene esto a cuento de la “reactivación”  que la figura del Ché está teniendo en nuestros días, en buena medida provocada por la reciente película protagonizada por Benicio del Toro en nuestro holliwoodiense mundo. Últimamente me encuentro el famoso icono de la cara del Ché por todas partes, hasta en los locales de peñas en los encierros veraniegos de la sierra albaceteña. El poder que emana de esa imagen hunde sus raíces en la desinformación y la falta de sentido crítico que mina nuestra cultura cada vez con más fuerza. Da igual que el Ché fuera un asesino sin escrúpulos que se puso las botas en el cuartel de La Cabaña fusilando a cuanto desgraciado caía en sus manos –se llevó por delante a gente de cualquier ideología política, con especial regusto por los liberales anarquistas- y por otras muchas endebles razones que sus ideas totalitarias convertían en ley, juicio sumarísimo y ejecución de enemigos vencidos o simples inocentes non gratos a la moral revolucionaria. El Ché impulsó y colaboró estrechamente en la limpia de todos los dirigentes revolucionarios que no eran estalinistas. Y para hacer la cosa más esperpéntica, casi todo lo que hizo, lo hizo mal. Fracasó en la guerrilla cubana donde fue un pésimo estratega y que al cabo ganó el Movimiento 26 de Julio y no él, fue un pésimo ministro que destrozó lo que había de salvable en la producción cubana, y fracasó en su delirio boliviano porque el pueblo pasaba de él. Eso sí, este loco sanguinario ha llenado el mundo con sus estatuas. Todo aquel que se sienta rebelde y quiera luchar por mejorar nuestro injusto mundo debería tener en el Ché y los ciegos revolucionarios como él, el ejemplo histórico de lo que no se debe hacer. Su estatua se ha pagado con el sufrimiento de millones de personas durante décadas, y lo que queda.

Dos mil ocho

Dos mil ocho

Este dos mil ocho es un mal año. Casi que estoy deseando que llegue Nochevieja para darle un corte de mangas y decirle “buen viaje lleves, cabroncete”. Y puede que el año que venga sea peor, pero si algo se aprende con los años es que ese tipo de cálculos es una perdida de tiempo. La vida, para lo bueno y para lo malo, te sorprende cuando le da la gana con quiebros imprevistos, con jugadas impensables que estaban fuera del alcance de cualquier pronóstico. De modo que me aprieto los machos para capear estos meses feos. Me toca trabajar mucho más y divertirme mucho menos con ese trabajo. Por fortuna, una deformación de mi educación me hace no sólo ser responsable, sino sentir placer en cumplir mis responsabilidades aunque se me doble el lomo y me crujan las neuronas del esfuerzo.  Y me voy engañando, pero no lo suficiente;  Dos mil ocho es un año pedorro. Hoy es domingo. Estoy en mi casa en el campo. Cae una lluvia fina de manera sostenida. Contemplo desde el ventanal los movimientos caprichosos de la niebla sobre las montañas. Se acerca, se aleja. El cortijo de La Umbría a veces está allí enfrente como siempre y a veces desaparece. En ocasiones la bruma se desplaza tan cercana al suelo que los pinos son ilusiones que echan raíces sobre las nubes. Frente a mi ventana el profundo vientre gris ha parido un águila que planea sobre mi casa. El silencio es magnífico, roto tan sólo por alguna voz lejana que llega desde la aldea, por las gotas de agua que caen desde el alero y el trino tímido de algún pájaro trastornado por el sol que hoy muestra su cara más traicionera. Todo esto es la paz. No necesito grandes tinglados intelectuales ni realizar el más mínimo esfuerzo para conocerla. Está aquí, en los ojos del perro mojado que atraviesa el jardín y desaparece tras la fía cortina gris. Dos mil ocho ha salido defectuoso y no lo cubre la garantía. Hipotecas basura, desplome de los mercados, subida de los tipos, frenazo del consumo privado, nombres de bancos que no recuerdo… Hay que analizar con cuidado lo que ha pasado con las ventas por regiones, revisar los márgenes urgentemente, ponerle las pilas a producción con los inventarios, dile a este que no que no, que lo sentimos, dile a este que ahora así, pero con  nuestras condiciones. Hay que limpiar el desagüe para que no se acumule el agua del alero, hay que pasar la leña. Pon a cargar la batería de la cámara de fotos. Hay que ir a la mesa, el primer gran cocido del invierno esparce su aroma por la casa. Aun queda un tramo de este dos mil ocho. Sigo adelante. Me defiendo. Soy mayor. Conozco la paz.

Arturo

Arturo

En medio de las sombras de un domingo abro el correo y un mensaje me cuenta que mi amigo Arturo ha ganado el premio Jaén de poesía. Es uno de los grandes premios de poesía del país y lógicamente me alegro mucho. Lo llamo para felicitarlo y quedamos en que me envía el original rápidamente. Lo leo un par de veces y resulta ser un libro magnífico, más que digno merecedor de este u otros premios. El libro ha tenido su premio, pero es más difícil que el autor tenga su reconocimiento más allá de un puñado de aficionados y mucho menos –lo siento, Arturo, tú sabes cómo son estas cosas- un número de lectores siquiera parecido a cualquiera de los librillos de usar y tirar que pueblan nuestras librerías. En nuestro entorno, cualquier cabrita loca que berree las cancioncillas clónicas que nos maltratan los oídos en los hiper, se convierte en una celebridad y gana dinero suficiente para no tener que buscar su sustento en otra cosa. Y lo mismo se podría decir de cualquier medio actor que sale en la tele en cualquier bodrio y de tantos insustanciales medio artistas que han sabido tirarse al caudaloso río del consumo. Incluso los artistas plásticos, que no lo tienen tan fácil,  siendo medianamente buenos y medianamente arriesgados, puede llegar a vivir de su trabajo creador. Pero con los poetas no hay modo. Arturo es un gran poeta, de primer nivel nacional, lleva décadas leyendo, estudiando, hasta ser un experto conocedor de su arte. Lleva décadas recogiendo con avidez trozos de tiempo por todos lados y dedicándolo al ejercicio solitario de la escritura. Con todo ello y su talento ha conseguido ser muy bueno en lo suyo. Pero tendrá que seguir yendo a su trabajo alejado de la poesía cada día hasta que se jubile, porque no ganará ni un duro con sus obras. Tendrá que seguir robándole las horas al sueño. Seguirá siendo un desconocido para la gente porque la gente no lee poesía. Y porque los países se vanaglorian de sus artistas y llenan el callejero de todas las ciudades de nombres de poetas, pero los dejan morir en la pobreza (hace unos años, unos amigos tuvieron que acudir al rescate de Gabriel Celaya que junto con su mujer vivían en la indigencia sus últimos días), o simplemente los olvidan y menosprecian. El caso es que un vecino nuestro es un gran artista con grandes obras y grandes méritos y casi nadie lo sabe, a casi nadie le interesa. Lamentablemente para todos la verdad, sin embargo, vive en los versos de Arturo: “Pero nada podrás llevarte en los bolsillos,/nada. La intensidad se llama así /porque está yéndose al vivirla / y si la piensas rompe y se hace espuma.”.

Democracia devorada

Democracia devorada

El modo en que se ha llevado a cabo recientemente la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial es un claro ejemplo de lo que sucede en nuestro país con la política y con la democracia. Los grandes partidos en su ansia infinita de control, usurpan por los atajos y por los acuerdos que se pactan por debajo de la mesa un poder que no les es propio. O dicho de un modo más contundente, los partidos socavan la democracia devorándola. Creen que deben mandar en cualquier aspecto de la vida pública por sólo por haber  sido votados por los ciudadanos. Y así todo lo van amoldando al interés propio, al férreo afán de dominación de todas las reglas de la vida pública. Y llegamos a un país donde puede gobernar un alcalde que no ha sido votado por nadie, donde un partido que saca la mitad de votos que otro tiene cinco veces más representantes, donde las mancomunidades de municipios mangonean los grupos de acción local que son los encargados de decidir sobre la aplicación de fondos europeos para ser ellos quienes tomen las decisiones, donde se mantienen sin discusión instituciones territoriales carentes de sentido porque son centros de poder, cuyos presidentes y diputados provinciales  no han sido elegidos por nadie y  no tienen que dar cuentas más que a sus jefes de partido, donde se ha convertido ya en una rutina que haya representantes proporcionales de los partidos hasta en un campeonato de mus de barrio. En este país los políticos toman decisiones cada día que afectan a la sanidad, a la justicia, a la empresa y hasta la convivencia y la moral con una enorme soberbia, sin contar para nada con el criterio de aquellos que saben del asunto de que se trate o simplemente están involucrados en ellos, porque si contaran con ellos correrían el riesgo de que los interesados les demostraran que sus proyectos no tienen sentido. Y eso nuestros políticos no pueden soportarlo ni de lejos. Pero todo este poder inmenso lo están consiguiendo sobre todo porque los ciudadanos no participan en los asuntos de la vida en común.  Existe tal desprestigio de la política, que los ciudadanos han llegado a confundir la lucha partidista por el poder con la política de los ciudadanos, que consiste en participar, implicarse en los asuntos de la comunidad, apoyar o rebelarse, luchar porque nadie usurpe su capacidad de pensar.  Pero votamos y permanecemos cuatro años callados, mientras los políticos hacen lo que les da la gana, incluso pisotear una de las reglas de oro de la democracia como es la independencia de los poderes públicos. 

Liberalismo y proteccionismo

Liberalismo y proteccionismo

La intervención estatal que ultima en estos momentos el presidente Bush sobre las empresas financieras Fannie Mae y Freddie Mac nos ofrece una clara visión de la auténtica cara del liberalismo económico radical. En un país como USA en el que las leyes del mercado son una especie de divinidad a la que se le pide que dirija con su supuesta sabiduría matemática los destinos de la nación, se acude sin dudar a una operación descomunal (por los costes y riegos) de intervención estatal en lo privado. Es decir mientras el descalabro económico afecte a los ciudadanos, el estado se inhibe, pero si afecta a las grandes corporaciones que tutela con especial cariño, interviene con el dinero de esos ciudadanos. Como gráfica y acertadamente ha dicho un comentarista “se privatizan lo beneficios y se socializan las pérdidas”. Es una hipocresía tan grande como la cometida en la guerra de Irak, en la que crecían de modo sideral las fortunas de las empresas cercanas al poder con un chalaneo multimillonario del petróleo, venta de armas, prestación de servicios militares (contratación de mercenarios), etc. Muy bien formuladas  e inyectadas han de estar las anestesias de la religión, el patriotismo y el individualismo para que los ciudadanos norteamericanos no sólo acepten estas actuaciones, sino que incluso las jaleen y ofrezcan miles de “sus muchachos” en sacrificio guerrero y a una cuarta parte de la población arrojados a la pobreza como mal necesario para que el sistema funcione.  En nuestro país, las cosas son bastante diferentes; el estado es proteccionista con los ciudadanos y con las grandes empresas, siendo los menos  arropados los auténticos creadores de empleo; las PYMES y los empresarios autónomos. Una cosa realmente extraña y paradójica. Ahora, que esto durará sólo hasta que los autónomos descubran que si paran sus actividades, paran el país. En ese momento, el estado tendrá un montón de nuevos hijos a los que proteger. En España, cada vez que a alguien tiene problemas económicos, o cualquier desdicha, se busca la culpa y el amparo del estado. Conozco a un amigo que le hecha la culpa de sus borracheras al estado porque permite que se venda alcohol libremente. En España tenemos un gran club de expertos chupadores de la teta del estado. Hasta los pobrecitos constructores quieren que les ayuden ahora que ya no ganan burrerías. Supongo que existe un punto intermedio entre el liberalismo salvaje y la cultura del proteccionismo. Y que habrá gente con algunas luces que estará interesado en alcanzarlo.

Eólica marina

Eólica marina

La producción de energía con un coste medioambiental “cero” no existe hoy por hoy.  De momento no tenemos varitas mágicas. Lo que sí tenemos es la posibilidad de evaluar los impactos de lo que hay. En este análisis las mejor paradas son las energías llamadas “alternativas” o sostenibles, especialmente la eólica y la fotovoltaica. Pero aun estas no exentas de inconvenientes. La energía eólica provoca daños en la fauna y un gran impacto paisajístico. Hoy  hemos comprendido que el paisaje es un bien que debemos cuidar porque incide de manera nada despreciable en la calidad de vida de los ciudadanos. De hecho existe un Convenio Europeo del paisaje firmado por todos los miembros de la UE que deberá desarrollarse en todos ellos. Hay muchos ciudadanos de la provincia de Albacete (una campeona en esta materia a nivel internacional) a los que no les hace mucha gracia esos campos sembrados de “molinos”. Y según en qué zonas existe una firme oposición a su instalación, como puede ser en la serranía, lo cual es comprensible además porque estas zonas, en parte, viven de la belleza de sus paisajes. Ahora comienza a estar a punto una variante de la energía eólica en razón del emplazamiento de los aerogeneradores; la llamada “eólica marina”. Hay en España proyectados más de una docena de parques cuya construcción se prevé comience hacia 2010.  Los ecologistas no se oponen, pero piden garantías y estudios serios. Se tiene el precedente de Dinamarca donde incluso se ha favorecido la vida animal en los fondos cercanos a las torres.  La oposición más radical ha venido de las cofradías de pescadores que hacen pesca de arrastre ilegal, pero no quieren torres por si acaso. Este línea considero que hay que apoyarla aunque sea para ayudar a frenar los furores pro energía nuclear que nos invade, aunque esa fuente sea muy peligrosa, produce unos residuos que no sabemos como tratar y tampoco será suficiente. Parece que el futuro auténticamente sostenible pasaría por convertir a cada casa, y cada centro industrial en un pequeño productor de energía y en reconvertir las redes de distribución en sistemas inteligentes gracias a la tecnología inspirada en Internet según propone Jeremy Rifkin. Pero aquí el negocia se le complica a alguno de esos que hacen anuncios preciosos con florecitas al tiempo que preparan proyectos que pueden destrozar de modo irremediable La Patagonia. Lo van a poner difícil estos mentirosillos. De momento, que se vean algunas torres frente a los torres de edificios que destrozan el litoral, me parece un mal menor.

Derecho a morir

Derecho a morir

Creo que todos estamos de acuerdo en que se debe respetar la vida humana y que el principio de no matar, mucho más allá de un precepto religioso, es un deber moral y una convención autoprotectora de los seres humanos. Pero también la mayoría de nosotros e incluso las leyes que ordenan nuestra convivencia, admiten alguna excepción como la legítima defensa. Porque no es lo mismo matar a alguien para robarle que matarle como resultado de la lucha por salvar la propia vida. De modo que la norma general tiene sus excepciones, porque como sucede en la mayoría de lo órdenes y asuntos de nuestra vida, las normas que no son capaces de contemplar situaciones excepcionales acaban por derivar en monstruos que por evitar daños, crean otros mayores. Desde este punto de vista podríamos fijarnos en la eutanasia. Sin duda alguna las situaciones que se asocian a la idea de eutanasia son situaciones excepcionales. Hablamos de personas en situaciones de enfermedad irreversible la cual les produce grandes sufrimientos  y /o una situación de indignidad que no desean soportar. Nadie puede negar la excepcionalidad de la situación, por lo cual lo justo sería cumplir los deseos de morir de esa persona por su excepcional situación y que las leyes contemplaran esa posibilidad para permitir la ayuda necesaria para ello. Es un caso similar al de un enfermo terminal que no puede decidir, pero cuyos sufrimientos son del todo inútiles. Debemos decir por ellos, por la misma razón y con mucho más sentido que lo hacemos sin titubear con un animal que sufre agonía. Todo esto, razonable a los ojos de todo el mundo. De modo que sólo se encuentra oposición a ello desde la no razón de lo sagrado. Sólo que, evidentemente, lo sagrado lo es única y exclusivamente para aquellos que desde una visión religiosa así lo entienden. Para otros muchos de nosotros, esto no es así. La solución es tremendamente sencilla; el que considere la vida sagrada y niegue cualquier excepción a la regla, que se deje matar por cualquiera que quiera matarlo a él o a un hijo suyo, o que se doble de dolor en una agonía de meses, o que permita que su padre sea un vegetal inhumano en un cama. Y el resto de nosotros, por el contrario, seremos compasivos y pondremos fin al sufrimiento innecesario. Pero los iluminados no son racionales ni justos y quieren que todos sigamos sus extraños preceptos sin fundamento.  Pero conseguimos una ley del divorcio, conseguimos una ley del aborto y conseguiremos una ley de la eutanasia, a pesar de los gobiernos hipócritas y cobardes.

Liberales

Liberales

Existe un conocido principio político liberal que yo, como casi todo el mundo, no discuto; el conocido “mi libertad termina donde empieza la tuya”. Este enunciado es muy gráfico y por eso ha hecho fortuna, pero yo prefiero expresarlo de otro modo que deja abierta la puerta a que la libertad de cada uno se pueda solapar, superponer o incluso compartir. De este modo prefiero decir: “toda persona debe poder hacer todo aquello que libremente decida siempre que no cause perjuicio a otro”. Porque hay muchas cosas que no tienen porqué chocar con la libertad de nadie y porque aun en ese caso y según de qué se trate, se podría incluso negociar con el otro para asumir ciertos perjuicios en aras de un bien superior. Sin esto no serían posibles, por ejemplo, los pequeños sacrificios que el sentido común pide sean hechos en aras del compañerismo, el amor, o la simple convivencia. Es, por así decirlo, ver la misma idea desde el lado positivo. La visión expresada al inicio corresponde más a los liberales políticamente ortodoxos. Y creo que en buena medida ahí radica su “pecado original”, porque esa visión de la libertad individual exige que nuestra libertad se fundamente y concrete en la visión de la libertad del otro, o sea en su límite en el otro. La libertad de los individuos entonces se convierte en algo así como en un farragoso y permanente conflicto de fronteras. Tú llegas hasta aquí, y yo hasta aquí. Es un concepto de libertad que conduce directamente al individualismo más estricto y todas sus secuelas de egoísmos. Por eso en congruencia con este pensamiento, el liberalismo es implacable con cualquier tipo de organización de lo social que implique la más mínima cesión en esa libertad individual y la palabra “solidaridad” es empleada por ellos con desprecio.  Es ahí donde muchos chocamos con esa ideología, por más que nos agrade la preocupación y defensa que hacen los liberales del ejercicio de la autonomía de las personas que hoy, al contrario de lo que pudiera parecer se encuentra seriamente amenazada. Creo que no es necesario decir que hablamos de los auténticos liberales, de ese pensamiento a donde Rajoy mandó a Aguirre en sus rifirafes poselectorales como si la mandara a la mierda. No de un pensamiento de derechas cerril que se llama a sí mismo liberal porque le viene muy bien para proteger los derechos de los más poderosos y afortunados. De modo que estaremos cerca de los liberales cuando hagan sus cortes de manga al estado en sus intromisiones en las libertades del individuo, pero lejos cuando olvide que esa autonomía es deudora de la convivencia con los otros y de que sólo es posible en ella.

Campos vacíos

Campos vacíos

Las serranías de Albacete se siguen despoblando. Este es uno de los datos que figuran en el prestigioso Anuario Económico que elabora La Caixa. En el récord negativo de despoblación en el período 2002 a 2007 se lo llevan cuatro poblaciones de la Sierra del Segura; Bogarra (-15%), Yeste (-13%), Liétor (-8%) y Letur (-7%). El estudio recoge datos sólo de los municipios mayores de 1.000 habitantes por lo que puede haber porcentajes parecidos en otras poblaciones más pequeñas. De la “quema” sólo se salva Elche de la Sierra que es el único pueblo de la Sierra del Segura que tiene algún desarrollo industrial y que además es sede de distintos servicios que presta a sus vecinos más pequeños.  De la sierra de Alcaraz hay menos datos porque hay pocos pueblos de esas dimensiones, pero por simple observación se adivina que la dinámica debe ser parecida.  De hecho Alcaraz pierde 4 puntos y Riópar 2.  En la provincia crecen de manera significativa las poblaciones mayores con Albacete como principal centro de crecimiento y con ella las poblaciones que comienzan a desarrollar un modelo satélite de la capital, no en vano Chinchilla es la población con mayor crecimiento porcentual de la provincia. El decrecimiento en general se ubica en los municipios del sur y el oeste y el crecimiento en el norte y el este, en los corredores hacia las zonas ricas del centro y levante. Es en suma el reflejo a nivel provincial de un modelo de sociedad industrial, de servicios y urbana, frente a la cual el medio rural, y especialmente el serrano, languidece. Todo este proceso se produce por la lógica económica de una cultura carente de una economía de la lógica. De este modo somos capaces de desarrollar y consumir ferozmente bienes que acaban con los recursos naturales que los proporcionan, nos buscamos múltiples incomodidades y esclavitudes para vivir en ciudades que nos deslumbran con mucho más de lo que necesitamos, borramos del mapa la diversidad cultural (costumbres, agricultura, especies, habitat, materiales, etc)  para construir una sociedad gris, monocorde, inculta y agresiva. Muy rica, eso sí, y donde voto cada cuatro años. Las sierras de Albacete se vacían, todas las sierras de los países desarrollados se vacían. Hemos dado la espalda a la vida relacionada con la naturaleza y con las prácticas y saberes antiguos que nos relacionaban con ella. Somos todos carne de ensanche de esta o aquella ciudad. Por el pueblo de nuestros abuelos no pasa la línea de bus en la que nos desplazamos incesantemente buscando la felicidad.

Aristóteles y las hambrunas

Aristóteles y las hambrunas

Hace más de dos mil trescientos años, el filósofo Aristóteles, se refirió a las virtudes que, según él, llevan a la excelencia al ser humano. Entre las virtudes destaca la templanza que es la moderación entre los placeres y penalidades y la prudencia que es la capacidad de reconocer ese punto medio en las distintas situaciones. Es sencillo, pero según parece, inalcanzable o al menos poco ejercitado por los hombres, en especial en nuestros tiempos de excesos sin freno y de irracionalidad desarrollista y consumista. Viene esto a cuento de la situación en que se haya sumido hoy el mundo respecto al bien primero y fundamental que es la comida. Una parte del planeta come opíparamente mientras el resto pasa hambre. Hambre que se ha visto agudizada en los tiempos más recientes. Y al observar el problema descubrimos un asombrosa y cruel paradoja; Cuanta mayor eficacia consigue el hombre en producir alimentos, tanto más se extiende el hambre por el planeta. La agricultura industrial – si se nos permite la expresión – consigue tal productividad que llena el mundo civilizado de excedentes peligrosos para mantener pos precios que necesita el capital.  La respuesta entonces no es la de producir menos en el primer mundo ni la de encontrar una manera de compartir o intercambiar los excedentes con aquellos que los necesitan, sino hundir el precio de sus producciones en los mercados internacionales, o bien proteger con dinero público las producciones nacionales del primer mundo o hasta incluso cerrar directamente las fronteras a las producciones más baratas de los países pobres o en vías de desarrollo. En definitiva más hambre para los de siempre hagan lo que hagan.  Y todo eso produciendo cada día más en el norte del planeta. Producir más comida de la que necesitamos y que hunde aun más en la miseria a los miserables. Producir más de todo aunque nos carguemos el planeta en que vivimos, reventar el mundo de cosas aunque esas cosas nos conviertan en esclavos. Aristóteles mencionaba otra virtud fundamental, la generosidad, que es el término medio en cuanto al uso y posesión de bienes, siendo la prodigalidad el uso excesivo y la avaricia el uso demasiado escaso. Pero como va a resultar un poco difícil nombrar a Aristóteles comisario europeo de agricultura o industria, más nos valdría a todos un poco de fortaleza (otra virtud aristotélica) para adecuar nuestro consumo a nuestras necesidades y rebelarnos contra un sistema idiota que está arrasando el planeta y condenando a muchos de nuestros congéneres a la indignidad de la hambruna.

Vidas Minadas

Vidas Minadas

Hace un par de meses el fotoperiodista Gervasio Sánchez ganó el premio Ortega y Gasset con una foto que mostraba el horror de las minas y la guerra en general y sus efectos sobre la población civil. En su foto se podía ver una tierna imagen de una joven madre dormitando junta a su pequeño hijo. Sólo que la joven madre no tiene piernas porque una mina se las arrancó. Gervasio Sánchez ha pateado muchos frentes de batalla y lo que ha visto le ha movido a impulsar el proyecto Vidas Minadas que lucha contra la producción de armamento, especialmente de aquel que se suele utilizar contra los civiles. En España se fabrica mucho de ese material sin que el asunto llegue a suponer la más mínima preocupación o siquiera polémica entre los españoles. Pero hay que decirlo y condenarlo, como hizo Gervasio Sánchez al recibir su premio. Su discurso no fue reproducido ni en los periódicos que publicaron su foto ni en el diario El País, patrocinador del premio. Ahora circula por Internet, medio todavía libre. Reproduzco los últimos párrafos en esta columna que, mientras yo la firme, será también territorio libre: “Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado… Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas. Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas. Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos. Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte”.

Deseo de ser piel roja

Deseo de ser piel roja

Hace diez años, el filósofo Miguel Morey publicó un libro llamado Deseo de ser piel roja. El título lo tomó de un hermoso poema de Franz Kafka en el que hablaba del deseo de cabalgar hasta la desaparición. En esa línea, Morey construyó su ensayo novelado. Del mismo modo que el indio de la reserva vive un Aushwitz y no hay más salida para él que la muerte o montarse en su caballo y comenzar a cabalgar hasta desaparecer,  el filósofo hablaba de nuestro mundo como un Aushwitz total dentro del cual estamos todos presos esperando la muerte. Y contra el cual no queda más alternativa que montar a lomos de la poesía o la moral hasta llegar a desaparecer de esta sociedad injusta, corrupta y tiránica.  Estos adjetivos que a la mayoría pueden parecer exagerados, los usaba Morey como descripciones de lo que a su juicio es el Nuevo Orden mundial. Y para entenderlo, se comparta o no, hay que pensar como él a nivel global, a nivel del ser humano como especie que puebla el mundo entero, no como el grupo escueto de la gente de mi pueblo o mi país. Este Nuevo Orden desde este punto de vista promueve y legitima un mundo de esclavos por la pobreza y el hambre, por las guerras fomentadas en despachos lujosos, por la destrucción del medio ambiente (de las praderas del indio) para la insaciable acumulación de riqueza de los poderosos. Pero también promueve otra esclavitud más sutil, que alcanza de igual modo a los habitantes de las zonas ricas del planeta: la esclavitud de la incultura y la destrucción de la inteligencia en base a un pensamiento único frente al cual hasta la más mínima disidencia te sitúa en los límites de lo criminal. Los ejemplos suceden a diario y casi no nos damos cuenta. Hace unos días, en un foro creado para la participación, en el cual yo pedía más agilidad participativa permitiendo la autogestión o autoorganización del grupo, fui tachado de “anarquista” y algunos días antes un compañero por lo mismo de “antisistema”. Es decir, no piensas como yo, luego estás fuera de los límites y debes perder la razón, el derecho y hasta la más mínima consideración. Esta descalificación fue uno de los momentos más placenteros que he disfrutado en los últimos días y sentí el aire fresco dándome en la cara mientras se oían los cascos de un caballo. Sentí el vigor de la huída. Ya saben ustedes que los indios semínolas de la Florida que no huyeron, hoy son los dueños de los casinos más prósperos y horteras del mundo, invierten en todo tipo de negocios y se pasean en enormes automóviles que tienen infinitamente menos encanto y poesía que los ponys sobre los cuales sus antepasados recorrían las praderas.

Deporte y mercancía

Deporte y mercancía

A Manolo Beltrán le han pillado haciendo trampa por dopaje en el Tour de Francia y le han echado. Él pide presunción de inocencia. Pero se va a encontrar con dos pegas; Primero que no es que haya sido acusado, es que hay un análisis que da positivo, es decir,  hay una prueba y ha sido condenado. Si le salva la prueba B a nadie escapa que será un tecnicismo. Segundo, que él es un gregario –de lujo, pero gregario- y no va a tener a nadie que le eche una mano en los vericuetos legales y políticos de las distintas organizaciones que mueven el ciclismo y que están a la greña. Si se llamara Perico y fuera un número uno y además fuera un tío simpático –que no lo es para nada- como el segoviano, otro gallo le cantaría. Perico también fue pillado el año que ganó el Tour, pero el país entero se lanzó a una guerra sin cuartel contra los pérfidos gabachos que nos querían levantar el Tour. Detestamos la trampa y el dopaje, pero nos ponemos como fieras si acusan a algún deportista de la tierra que nos gusta. El deporte en realidad nos importa poco, es más bien cosa de demostrar por persona interpuesta lo grandes que somos. Las organizaciones pelean como verduleras por ver quien manda y se hacen también marrullerías y trampas para tener el control y el poder, llegando incluso a utilizar el dopaje de los corredores como arma arrojadiza contra el adversario. Porque el deporte está repleto de mangantes que buscan en él su poder mediático y de influencias y el deporte en sí les importa muy poco. Y en el deporte profesional hay incluso muchos deportistas a los que el deporte importa poco. Les importa la gloria, el dinero y todas esas cosas que poco tienen que ver con la diversión del juego y el placer y relajación que produce utilizar las posibilidades atléticas que proporciona nuestro cuerpo. El pobre deporte está solo en medio del deporte. Es una más de las perversiones del capitalismo avanzado; El deporte, como todo, se convierte en mercancía que se compra y se vende y las gestas deportivas vienen a ser algo así como los movimientos de la bolsa del mercado deportivo.  Han conseguido que haya mucho dinero en juego y los deportistas con poco seso se machacan con tal de figurar en las cotizaciones. Todo esto unido al tribalismo de baja estofa que suele dominar a los espectadores-consumidores, están haciendo del deporte profesional una actividad presa de la mezquindad y la horterez, que sólo se salva por el silencio sacrificado de los pocos que aun consideran que practicar deporte sólo tiene sentido si nos lleva a la alegría, la generosidad y la nobleza.

La muerte

La muerte

Nuestros hijos crecen, se hacen mayores y van desgranado a nuestro lado todos los cambios por los que se llega a ser un adulto. Hace unos días mi hijo adolescente comenzó una conversación conmigo que tenía como eje su preocupación la muerte. Pensé que mi hijo ya no es un niño. Hay una edad en que todo el mundo tiene un contacto más o menos traumático, más o menos  profundo o elaborado con la idea de la muerte. Es ese minuto de metafísica que nos hace a todos, si no iguales, por lo menos parecidos. En el final de nuestra conversación durante la cual yo traté sobre todo de hacer preguntas más que de ensayar respuestas, mi hijo llegó a una conclusión terrible: “Entonces no hay esperanza”, dijo buscando mi mirada. Como respuesta a la pregunta de sus ojos, le dejé una nueva pregunta: ¿No es suficiente la enorme cantidad de esperanzas que llenan la vida para tener que buscar alguna en la muerte, que no conocemos?. En la conversación estaba presente mi padre, una persona de edad avanzada y delicada salud que sonriendo a mi hijo le dijo: “seguramente me queda poco tiempo de vida, pero tengo la conciencia tranquila sobre como me he conducido en la vida. He cumplido mis responsabilidades y he procurado no hacer mal a nadie. La muerte no podrá estropearme este rato tan agradable en que estoy charlando con vosotros”. Le recordé a mi hijo la frase de Epicuro: “La muerte es una quimera, pues cuando yo estoy, ella no está; y cuando ella está, yo no”, y se quedó pensando con cara de “esto tiene truco”. Recordando aquella conversación, viene a mi mente la costumbre japonesa de escribir “jisei” (poemas de despedida de la vida). Es una costumbre iniciada por monjes y samurais chinos desde el siglo VIII y que desde el siglo XVI se popularizó entre los japoneses. El modo en el que tratan la muerte es muy distinto, pero lo común en todos ellos es ese momento de serenidad y encuentro con la muerte en que se producen. “Creía que viviría / dos siglos, o tres. / Pero ya me llega la muerte, / cuando soy un muchacho / de apenas ochenta y cinco años.” (Hanabusa Ikkei), “ Vine al mundo con las manos vacías, / descalzo lo dejo. / Venir, partir: / Dos sencillos sucesos / que se entrelazan.” (Kozan Ichikyo), “La primavera ha llegado / a mi mundo: / ¡Adiós!.” (Bainen), “Y si me convierto / en espíritu, / la fiesta se ha acabado” (Koju), “El año se acaba: / no he dejado mi corazón / atrás.” (Hankai). Espero poder compartir estos poemas con mi hijo algún día. Sabré entonces que está cruzando una nueva frontera.