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El Puente. León Molina

Donde habita el olvido

Donde habita el olvido

Empleo gran parte de mi tiempo libre en pasear y conocer las sierras del límite sur de la provincia. En esta tierra de nadie encajonada entre las provincias de Jaén, Granada y Murcia viene con frecuencia a mi memoria el verso de Cernuda “donde habite el olvido”. Cernuda anhelaba no ser más que “memoria de una piedra sepultada entre ortigas donde el deseo no exista”. Desde luego el poeta hablaba de un lugar interior, pero estas sierras muy bien podrían ser la escenografía de ese anhelo. Vastas extensiones que pueden ser recorridas sin encontrar un alma, tenadas que utilizan ocasionalmente los pastores. Cortijos abandonados en muchos de los cuales aun quedan restos de la vida que hubo en ellos. Naturaleza virgen y grandiosa, con una abundancia de flora y fauna salvaje muy difícil de contemplar ya en otros lugares. Según me cuentan, la nueva forma de protección de la UE que está a punto de entrar en vigor , los LIC –lugares de importancia comunitaria-, se ha aplicado de un modo muy elástico en el término municipal de Nerpio, porque de no ser así, todo el término obtendría esta calificación. Y ya se sabe que las administraciones y la propiedad privada son temerosas frente a las protecciones medioambientales y presionan para poner el límite un poco más allá por si acaso. Salvo los que perdieron el tren por la edad y los pocos que decidieron no cogerlo, todos se han marchado. Están en Castellón en el azulejo, en Mallorca en el turismo, en Cartagena, en Caravaca. Allí tienen el trabajo que aquí con encontraron. Porque la supervivencia, el simple vivir ya no es suficiente para nadie y hay que pagar con el destierro por los juguetes del consumo. De modo que comparto mi vida aquí con abuelos y con los resistentes que se dedican a modestas actividades de servicio, al turismo rural y a la ganadería. Estos pastores de hoy que recorren la sierra en impresionantes 4x4 y se mueven guiados por GPS, son el resultado del amor a la tierra y el afán por conservar la vida que se pierde utilizando con inteligencia y esfuerzo los recursos de nuestros tiempos. Entro en los molinos abandonados en los arroyos y puedo escuchar el ruido de la piedra sobre el grano. En los cortijos veo a los niños jugando y aprendiendo desde chicos los antiguos saberes de las faenas de sus padres. En las tenadas huelo el aroma agrio del tocino en las brasas, las conversaciones de los pastores y el lejano aullido del lobo. Y en cualquier piedra  encuentro el olvido que me enseñó Cernuda y la plenitud que ya no cabe en nuestros lastimados sueños.

Ridículos

Ridículos

La geopolítica internacional no entiende de cadáveres despanzurrados a la puerta de su casa. El eje occidental y el eje árabe juegan su partida en palacio y cada ficha que cae sobre el tablero aplasta un buen montón de personas que pasaban por allí como moscas distraídas. Yo, que según me ha definido recientemente el Sr. Rajoy, soy un ridículo, un grotesco, un paleto, un progre antiguo y un estrafalario, no puedo entender la bendición de la brutalidad por aquellos que aspiran a conducir nuestro país. Si se acepta que el secuestro de los soldados israelíes por parte de Hezbolá legitima las acciones que están llevando a cabo el ejército judío, tendríamos que –siendo consecuentes- llegar a conclusiones respecto a nuestro país que ponen los pelos de punta. Si fuera así, cada atentado terrorista hubiera legitimado al gobierno español para bombardear al País Vasco y para meter los cazas y los tanques en el sur de Francia en busca de los etarras. No ha sido así por suerte. Este país ha preferido ser ridículo, estrafalario y grotesco y está ganando la batalla al terror sin peligro de guerras internaciones ni más víctimas inocentes que las de los terroristas, de las cuales no somos responsables. Se pretende seguir la doctrina de Bush de “conmigo o contra mí”, aunque para muchos ciudadanos esa opción sea idiota e injusta. Yo no estoy en contra de los Estados Unidos, pero no tengo porqué estar siempre a favor y callar cuando creo que cometen errores o injusticias. Pero si lo hago me llamarán antiyanqui y progre antiguo. Pero esa actitud no es nueva, ya la venían practicando desde hace mucho tiempo los sionistas; cualquier crítica hacia sus actividades es inmediatamente calificada de antisemitismo. De modo que por considerar yo que el secuestro de los soldados judíos es un acto terrorista deplorable y condenable y que la reacción del gobierno judío es desmedida y criminal y que los apoyos de Irán y de los Estados Unidos a cada parte son irresponsables y malvados, resulta que quedo convertido en antisemita, antiyanqui, antiarabe, progre antiguo y paleto. Pero todo ese torrente de descalificaciones preventivas no van a quitarme el sueño. La vergüenza no es para mí, es para ellos proclamada en los rostros desfigurados de los muertos de Líbano, de Israel, de Irak, de Estados Unidos, de España y de todo el mundo donde la violencia fundamentalista, imperialista y geopolítica despliega su negro manto. No encuentro, sinceramente, la motivación para abandonar mi actual condición y ser con ellos moderno, simpático, hermoso y cosmopolita.

Melancolía de la discusión

Melancolía de la discusión

Estoy preocupado. Cada vez me resulta más difícil sostener una conversación que no sea de algún modo frustrante. Y me preocupa porque considero que la conversación es una de las actividades más fecundas del ser humano. Por un lado, resulta que la mayor parte de las conversaciones vienen a ser una especie de agregación desordenada de monólogos. En estos monólogos compartidos se suelen enlazar una retahíla de lugares comunes, de opiniones sospechosamente parecidas y las discusiones no suelen pasar de un una guerrilla ruidosa y desordenada por imponer la propia, que no suele ser propia. Viene de lejos, por lo que se ve; en uno de sus deliciosos ensayos, Montaigne dice “Habrían de estar prohibidas y penadas nuestras discusiones como crímenes verbales. ¡Cuánto vicio despiertan y amontonan, regidas y mandadas como están siempre por la cólera!. Nos enemistamos primero con las ideas y luego con los hombres. No aprendemos a discutir sino para contradecir; y al contradecir cada cual y ser contradicho, ocurre que el fruto de la discusión es perder y anular la verdad”. No quiere decir Montaigne que la discusión no deba ser ardorosa, sino que el objetivo de vencer ocupa el lugar del que sería deseable; convencer – y de paso aprender-. “ Si converso con alma fuerte y duro adversario, atácame por los flancos, espoléame por un lado y por otro; sus ideas impulsan a las mías; los celos, la gloria, la emulación, me empujan y me elevan por encima de mí mismo, y es la unanimidad cosa muy tediosa en la conversación”. Para conseguir esto existe en nuestro mundo un gran estorbo; la falsa y garbancera moral de lo políticamente correcto que nos invade. La democracia me debe parecer perfecta, me debo emocionar con los Juegos Paralímpicos, debo creer que el psicoanálisis no es un fracaso, tengo que considerar respetable cualquier opinión idiota... Si a esto unimos que si utilizo en la conversación lo que sé, me dirán que hago trampas; el orden y el rigor es sinónimo de pedantería y de trampa porque cambio de juego y no me dedico a parlotear para vencer sino que quiero convencer y aprender y soy expulsado del juego. De modo que cada vez mido más mis intervenciones “en serio” y quedo melancólicamente deseando ser “ multitud para mí mismo en lugares solitarios” como propuso el poeta Tíbulo hace más de dos mil años. Aunque para una fuerte discusión sin moralina, sin prisioneros y con rigor, siempre me encontrareis dispuesto... Y para echar unas risas, también. www.elpuente.blogia.com

Vernaculeces

Vernaculeces

La Plataforma para los Derechos Lingüísticos y Culturales de los Usuarios de la Lengua de Signos – la utilizada por los sordos-  Catalana  con el apoyo de partidos políticos, ha solicitado que se respeten las particularidades de la lengua de signos catalana en la próxima ley de signos que prepara el gobierno. Dicen los solicitantes que si no se hace así, la lengua catalana de signos desaparecerá. La lectura de esta noticia me ha proporcionado una doble oportunidad de combatir mi ignorancia. Por un lado he descubierto que el gobierno en efecto prepara la mencionada ley, y por otro, he descubierto que existe una lengua de signos en catalán. Esto me hace suponer también que debe existir una lengua de signos en vascuence, en gallego y vaya usted a saber si también en aragonés, andaluz, manchego, etc. Sin duda es algo curioso. Siempre me había llamado la atención el lenguaje de signos usados por los sordos y me admiraba el invento tan funcional y eficaz. Veía en esa lengua algo así como un esperanto específico para los sordos y sus familias que es capaz de derribar la alta barrera que se oponía a la comunicación fluída en este colectivo interna y externamente. Creía que esta lengua era un logro humano, como los mejores logros de los hombres, universal. Pero se ve que no es exactamente así. Pienso en un esperanto lleno de respeto hacia particularidades lingüísticas locales, de modo que existiera un modo en español, otro en francés, en catalán, etc. Cada grupo de usuarios de los esperantos locales defendería el suyo particular para que no desapareciera frente al esperanto universal. De modo que tendríamos que inventar un esperanto de esperantos y volver a empezar en una rueda hasta el infinito o, una vez conseguido el objetivo de habladores de esperantos locales analfabetos en el esperanto universal, invertir enormes energías y cantidades de dinero en poner traductores del esperanto al esperanto en medios de comunicación, educación, etc. En este caso, además de la pasta gansa, habríamos perdido, creo yo, la gracia del invento. Pero la cosa de la sagrada cultura vernácula, oral o de signos,  tiene estas cosas. Sin duda tenemos que estar en guardia frente al colonialismo salvaje del español sobre los españoles y luchar contra el esperanto que ya está demasiado extendido y que se llama inglés. Y sucede también que yo ya entiendo muy bien al sordo de mi pueblo cuando me manda a la mierda en lenguaje de signos serranoalbaceteño, el cual, no tengo dudas, respetará también escrupulosamente la ley.

Bocachancla

Bocachancla

¡Bocachancla!. ¡Es usted un bocachancla!. Qué plástica expresión. Qué rotundo remate de discusión de parlamentarios. Eso fue lo que le dijo el otro día el Sr. Aguirre (PNV) al Sr. Urquijo (PP) después de que éste dijera de aquél que es un recaudador de impuestos revolucionarios. Seguramente es adecuado que los políticos tengan vedado el uso del insulto al contrario, pero debe ser para ellos un auténtico calvario someterse a tal disciplina. Porque, ¿qué sería de nosotros si tuviéramos que coser nuestra boca para no soltar alguna palabra gruesa de vez en cuando?. El insulto es algo así como la salsa del pensamiento, los signos de puntuación de un debate jugoso y la válvula de la que se suelta la presión con la que se podría llegar los golpes.. Por los políticos son tan aburridos; no dicen ni jolines ni ahí te pudras. Hay formas ingeniosas y refinadas y otras groseras, rotundas y hermosas. Entre las primeras se encuentra la muy repetida que la leyenda atribuye a Cela. El escritor dijo de alguien que era un idiota. Cuando se le dijo que no insultara, el nobel dijo que  él no había hecho tal cosa y que llamar idiota al aludido no era un insulto, sino un diagnóstico. En un grado aún mayor de refinamiento se situó Churchill en una ocasión en que le tocó de compañera de mesa una señora pesada que se pasó toda la cena criticándole y echándole en cara comportamientos y actuaciones. La señora quiso redondear sus ataques con una imagen que el político cazó al vuelo. “Señor Churchill, le diré finalmente que si yo estuviera casada con usted,  sin duda le envenenaría el té”, a lo que éste respondió: “en tal situación, señora mía, yo no dudaría un instante en bebérmelo”. Eso está muy bien. Pero no todos somos Churchill. El resto de los mortales seguramente nos sentiríamos mejor diciéndole a la impertinente: “Señora, me tiene usted hasta los mismísimos huevos, y si ha pensado usted alguna vez en irse a tomar por culo, éste es un buen momento porque yo hasta le pago el taxi”. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decirle a alguien que es un capullo?, ¿Cómo nos podríamos entender a veces hablando de un tercero si no pudiéramos decir que es un gilipollas integral?. Díganme una palabra mejor para describir a un coñazo que la palabra coñazo. Y cuando topamos con un hijoputa, ¿qué expresión podríamos encontrar tan certera como “menudo pedazo de hijoputa”?. Son palabras esenciales para la propiedad expresiva y  la salud mental. Y si no las usamos nos podemos todos quedar convertidos en unos bocachanclas.

Mar Mítica

Mar Mítica

Nuestro viejo y bello Mediterráneo sangra por los cuatro costados. Y la herida no promete más que agrandarse. La ONU en su Plan Azul lo ha avisado recientemente: “Los efectos de la urbanización desmesurada de la costa Mediterránea en los veintiún países ribereños tendrá un efecto desastroso”,  en 20 años la costa incrementará su población en un 30% alcanzando los 100 millones, mientras que los visitantes anuales pasarán de 175 millones a más de 300. Para ello se urbanizarán 4.000 nuevos kilómetros de costa, lo que arrastrará consigo una enorme actividad de construcción de puertos, aeropuertos, carreteras, viviendas, centrales energéticas (nada menos que sobre 160 más), disparará el consumo de agua en países que carecen de ella, la necesidad de reciclado de basuras y degradará el paisaje y la biodiversidad. España, que lleva la triste delantera en este asunto, ha recalificado en los últimos años 22 millones de kilómetros cuadrados de terrenos costeros,  proyecta en estos momentos la construcción de 60 campos de golf y se estima que se construirán hasta 2025 más de 700.000 apartamentos. Y eso cuando el modelo de sol y playa promete problemas en el futuro por falta de competitividad frente a países emergentes (Túnez, por ejemplo, ha copiado el modelo español tal cual, forma a sus técnicos turísticos en España, tiene tanto sol y playa como ella, construye apartamentos y hoteles a un ritmo frenético y ofrece vacaciones a un precio muy inferior que su maestra). Como la costa mediterránea española ya está casi llena, la furia constructiva ha derivado hacia la segunda línea, comiéndose los montes hasta varios kilómetros tierra adentro y hacia los escasos espacios que quedaban sin urbanizar (Murcia y Almería singularmente, donde se ha tendido una nueva autovía que hoy no es necesaria, pero que se ha construido como complemento y estímulo de lo que viene y donde el gobierno murciano ha intentado incluso quitar la protección al Parque Natural de Calblanque, auténtica y hermosa reliquia que sobrevive entre el horror de La Manga y uno de las mayores destrucciones de costa en Europa, la bahía de Portman, desaparecida bajo los escombros mineros que se han vertido en ella hasta hace bien poco). La costa mediterránea española es el gran parque temático de la destrucción de la naturaleza y el paisaje. El espectáculo seguirá porque no hay vuelta atrás y no hay dios que pueda pagar esa bancarrota, y además parece que nos gusta. Ya estamos en el descabello. Nunca la miseria lució tanto oropel.

Voces

Voces

Procedo de una larga cuerda de menesterosos que corrían hacia América mientras el perro del hambre les mordía el trasero. Ellos siempre perdieron en la historia de España. Cuando cayeron los intentos liberales de la España moderna bajo la oligarquía y la Iglesia, ellos recibieron el envenenado consuelo del hambre. Cuando la Ilustración quiso y no pudo, ellos ni siquiera llegaron a tener la ilusión de librarse de la miseria. Cuando España era el imperio del mundo, ellos pusieron su famélica cadena de muertos. Y corrieron hambrientos detrás de las veloces fronteras de la España Medieval. Y dieron de comer a la antigua Hispania con su hambre. Y así siempre. Cubanos españoles -valga la redundancia- a quienes el hambre y la ausencia de libertad empujaron de nuevo a la península. Con ellos me trajeron; un mocoso que ha vivido los mejores años en toda la historia de este país. Por primera vez mis padres, yo mismo, mis hijos, somos españoles libres que viven sin temor a la miseria. Y somos también, más a allá de la retórica, ciudadanos europeos. En cierta medida hemos conseguido ser españoles porque somos europeos. Y somos europeos porque hemos resistido siglos de cadenas y miserias sin dejar de ser españoles. Hemos sido españoles aunque hayamos sido también cubanos, catalanes, extremeños, gallegos..., aunque hayamos sido romanos, godos, mozárabes, judíos conversos, castellanos viejos... En este rincón del mundo entre África y Europa, los siglos nos fueron convirtiendo por casualidad en españoles, algo sin importancia. Pero es lo que somos. Pueden cambiar las fronteras, pueden desaparecer o surgir nuevas, pero caigamos en el lado que caigamos, seguiremos siéndolo. Para bien o para mal España es una de esas culturas esenciales en la historia del mundo que le impedirá desaparecer aunque desaparezca la nación y el estado. Eso no lo podrá deshacer la estupidez rampante de los nacionalismos periféricos que hunden su discurso en el integrismo católico y rancio de los viejos curas vascos, en la avaricia mercantil de la burguesía catalana. Porque por mucho que les pueda pesar, su cultura catalana es también española, su cultura vasca es también española. Soy español porque no puedo ni me apetece ser otra cosa. Pertenezco a la cultura española, aunque el estado español me da lo mismo.  Pero sucede que en este estado hoy se es libre y se come. Y al recordar la larga lista de antepasados hambrientos y esclavos creo escuchar sus voces pidiéndome que cuide esta España que ellos nunca tuvieron.

Sábado magnífico

Sábado magnífico

Ayer (escribo estas líneas el domingo) fue un día grande para Albacete. Más que grande fue un día grandismo. En el espacio de pocas horas tuvieron lugar dos espectáculos que obtuvieron un seguimiento popular enorme. Por la tarde en el parque la ofrenda floral para conmemorar el cincuentenario de la coronación de la Virgen de los Llanos y poco después, en el estadio Carlos Belmonte, un encuentro de fútbol con la selección española. Al primero acudieron según la policía municipal veinte mil personas y al segundo dieciocho mil.  Gol de la virgen. Por cierto que en muchos ciudadanos  deben coincidir las condiciones de devotos marianos y futboleros, porque si descontamos los ateos rebordecidos, los que no van al fútbol, los que llenaban los merenderos, los que se fueron a su pueblo o a la playa, se pone la cuenta dificililla, a pesar de los refuerzos para uno y otro evento que sin duda llegaron de los pueblos cercanos. De ambos espectáculos me llama la atención el poder de movilización de lo que podríamos llamar nacionalismo folklórico. Es un nacionalismo festivo, aparentemente no violento pero cargado de la emoción y autoafirmación de lo propio como señal distintiva del resto. En el caso de la conmemoración de la coronación de la virgen (expresión de conspicuo significado), es necesario aceptar la pirueta conceptual habitual del catolicismo de venerar a una virgen particular con nombre propio, distinta de las demás, cuando se trata de una única entidad. Sin embargo, la particularidad de la virgen propia y su especial dedicación a los paisanos parece confortar a los fieles. Ellos, agradecidos, la asumen como estandarte y la veneran. Claro que ya sabemos que a Lutero que aclaró en su día estas cosas, aquí lo echamos al pilón. Lutero no llegó a explicar sin embargo que el dios de los católicos, el de los judíos, el de los islámicos o es el mismo o no es nada. Espinoza sí que lo explicó, pero ese Dios no tiene cuerpo ni cara, con lo que los ritos quedan muy deslucidos y no sirven para esto de la afirmación de la patria chica. La Virgen de los Llanos es lo nuestro, lo que nos identifica y diferencia de los otros que tienen otras vírgenes. Sin salir de nuestra provincia hay ritos basados en robos de imágenes de una aldea por otra cercana, con los subsiguientes actos heroicos de recuperación y lavado de afrenta. Con el fútbol no hacen falta esas finuras intelectuales, la selección somos todos y arreando. Nuestra virgen nos identifica, como dice nuestro alcalde rojo. Magnífico sábado. Para la perfección sólo nos faltó una buena corrida de toros.

Plá y la educación

Plá y la educación

Extraigo del libro de sentencias y aforismos de Josep Plá Sentencias e Impresiones, recopiladas por Andrés Gómez-Flores, la  siguiente: “La educación del hombre, en tanto que cultivo de lo que tiene de más personal, individual e insoluble, ha pasado a la historia. La educación consiste en el cultivo de la mediocridad imitativa generalizada”. La sentencia es una forma de discurso pequeña pero global, sin matices ni argumentaciones, que va al fondo de la cuestión sin titubeos, por lo que espera del lector más que acuerdo, adhesión. Ahí estriba su peligro, pero también su magia. Por lo tanto, no sé si Plá en este caso lleva razón o no, pero me adhiero. Nebulosamente, difusamente, sin necesidad de estudios o argumentos, sé que eso es así. Pero a partir de ahì, razonando un poco, podemos empezar a ver los síntomas de esa verdad. Un ejemplo es la constante batalla social y política que existe para definir los planes de estudios en los distintos niveles educativos. ¿Por qué  tanto interés?. A mi modo de ver la educación se concibe como el instrumento socializador del individuo, no como el instrumento liberador. Dicen que sí, que la educación libera, pero es una libertad con trampa porque tú no haces las preguntas, sólo respondes las preguntas que ya están hechas dentro de los límites de lo socialmente aceptado, mientras que la puesta en cuestión de los valores dominantes se considera heterodoxia ácrata y peligrosa. Es algo desde luego coherente con nuestro sistema económico y social, que no necesita para nada ciudadanos libres, ácratas, ni críticos, sino consumidores homogéneos que se conforman con elegir entre Burguer King o Mcdonald´s, entre Bisbal o Richy Martin, Renault o Citroen, Cancún o Praga, PSOE o PP. Y cada elección es una trampa porque ha dejado fuera un mundo de posibilidades. ¿Cómo quieres que te mate de una puñalada o de un tiro?. Si respondes, estás muerto. Hablemos de tu derecho a matarme y si no se puede hablar, ganará el más bruto, pero no me vas a enredar con la pregunta. Por eso no está bien vista una educación abierta al modo socrático, una educación sin prisas y sin programas. Ya dice el sistema educativo lo que hay que saber y presiona a los educadores para hacerlos meros agentes de la doctrina. Al tiempo que éstos se frustran, a los educandos se les rebaja el nivel de exigencia para que sean incultos si quieren, pero que consigan su título que no es otro que el de ciudadano. Y la verdadera educación, queda para los cuatro raritos curiosos que no pintan nada entre nosotros.

Graellsia Isabelae

Graellsia Isabelae

Hace unos días llegó hasta la fachada de mi casa una mariposa que no había visto nunca. Era grande como una mano y de un colorido deslumbrante. Fui corriendo a coger mi cámara y logré unos primeros planos estupendos. Como soy bastante ignorante en estas cuestiones, mandé la foto por internet a mi primo Chobal, que es biólogo con mucha observación de campo a sus espaldas. Recibí en respuesta un correo en el cual, después de insultarme cariñosamente, me decía que esa mariposa era una Graellsia Isabelae, una especie protegida muy rara que sólo se encuentra en algunos lugares apartados del sureste español y que él en todas sus jornadas de campo jamás había conseguido ver una en vivo. El suceso es sin duda intrascendente, pero a mí me pareció que podía ser una buena metáfora de la propia vida. Alguien que busca algo con ahínco, que se prepara, estudia, que le echa entusiasmo y horas no consigue nunca el objeto de sus anhelos y, mientras tanto, un indocumentado que no sabe ni lo que es eso, se encuentra de pronto con el regalo de su visión. La vida es así; azarosa, impredecible e injusta. La suerte del ser humano es que puede llegar a desear muchas cosas y de este modo que le suene la flauta con alguna de ellas. Si no fuera así, la vida sería el más perfecto mecanismo de tortura y frustración. Cabe también una posición sin duda saludable, la que se refleja en el título de aquella hermosa canción de Crosby, Stills and Nash: Si no tienes contigo a quien amas, ama a quien está contigo. De modo que, aplicándome el cuento, yo he disfrutado como un niño con mi visión y descubrimiento de la Grellsia, como si hubiera estado toda la vida buscándola. Pero no es fácil. Solemos tener cada uno de nosotros la foto de nuestra Graellsia pegada en la frente y no dejamos espacio para nada más. Venimos a ser como niños grandes; Yo quiero mi Graellsia, y si no me dan mi Graelsia me enfado. Sin embargo la vida no deja de hacernos llegar cada día todo tipo de mariposas, de regalos que sólo lo serán si somos capaces de entenderlos así, de extrañarnos lo suficiente, si somos capaces de buscar un poco de inocencia en nuestros ojos obsesivos.  La vida es una putada diseñada por una mente enferma, la vida no tiene sentido. De acuerdo. Por esa misma razón, hay que tener la cámara preparada para el momento en que los vientos de la casualidad traigan hasta tu fachada un Graellsia. Y por supuesto, lo más importante de todo, hay que buscarse primos o amigos que entiendan de mariposas. Que es que así da más gusto.

Surferos de la realidad

Surferos de la realidad

Somos surferos de la realidad. Todos los que leemos prensa o seguimos los informativos de radio y televisión esperamos cada día una ola buena de noticias jugosas que nos suba la adrenalina y nos sumerja en el túnel ruidoso de la actualidad. Pero entre los surferos hay pocos biólogos marinos. Este trocito del mar constituido por su más escueta ribera rizada con sus olas, siempre iguales y distintas,  es un mundo más que suficiente para el que cabalga sobre ellas con un fondo de música californiana. Es nuestro universo de surferos. Las inmensidades que sustentan el mar, quedan por lo general fuera de nuestro interés. Las noticias llegan con un fragor que a veces no nos permite siquiera escuchar, nos montamos sobre su blanca espuma, apuramos su impulso hasta el revolcón final y nos sentimos vivos y plenamente instalados en el mundo durante esos instantes que dura su fuerza. Después la ola se diluye, es devorada por las arenas del olvido inmediato y la visión de la nueva ola que se gesta a unos pocos metros mar adentro. Mientras, en el mismo mar, las ballenas viajan de uno a otro continente hechizando las aguas con su canto, los corales desovan en una nevada al revés y los pecios de siglos duermen arropados en el silencio y la oscuridad. Venimos del mar. Somos una compleja y extraña extensión del mar. El mundo es como ese mar del que venimos; grande, desconocido, complejo y lleno de vida. Pero las olas nos entretienen lo bastante como para no buscar en sus profundidades. De modo que cabalgamos sobre la gran ola del estatut hasta que muere en un siseo, nos ponemos de pie sobre la tabla mientras Marbella y sus chorizos nos impulsan contra los cementos de la playa,  braceamos panza a bajo para coger toda la furia de Irak, nos dejamos envolver por el tubo azul de las hambrunas del mundo hasta salir de él indemnes camino de nuestra toalla. ¿Y qué fue de las olas de ayer mismo?; silencio y olvido. ¿De qué sirven las olas de ayer a un surfero?. En las rompientes hay demasiado ruido para escuchar el mar y sus secretos. Con frecuencia pienso que debería quitarme estas ridículas prendas fosforescentes, estas gafas de espejo, tirar la tabla a un vertedero y hacerme una cabaña en un acantilado desde donde se vea el mar a lo lejos y en el silencio poder pensarlo. Pero la excitación de las olas acaba siempre por volver y pongo el euro sobre el mostrador del estanco y vigilo el reloj cuando se acercan las tres de la tarde para poner el telediario. Y que las olas de nuevo me alejen del mar.

Un canalillo en la pasarela

Un canalillo en la pasarela

Vi el otro día en una noticia en la prensa en la que se decía que un famoso diseñador había creado una línea de ropa especialmente pensada para mujeres rellenitas, de tallas grandes, con la sana intención de mostrar que ellas también pueden lucir modelos a la última y resultar atractivas. Como ilustración de la noticia, había una fotografía de una de las modelos en la pasarela. Me fijé en esa modelo “rellenita”. Y no me cabía la más mínima duda; estaba la muchacha que se rompía. Desde luego no era una flaca al uso. Era una mujer de estructura corporal ancha, con grandes caderas, grandes pechos, brazos y piernas robustos aunque bien torneados, como se decía antes, labios gruesos, y nada de cara de cabreo con el mundo, sino una espléndida sonrisa vital y sensual. Buenísima que estaba, ya digo. ¿Y el pavo este quiere convencer a estas mujeres de que ellas “también” pueden sentirse bien y ser atractivas?. Se habrá quebrado. Aunque bien pensado los estereotipos de la estupidez esa a la que llaman moda puede que hayan convencido a muchas mujeres- esas mujeres precisamente que nos hacen volver la cabeza a los hombres- de que son unas gordas antiestéticas. Pues lo siento por ellas. Lo siento en primer lugar porque están en un error. Pónganle delante a un grupo de hombres fotos de Marilyn, de Sofía Loren, de Ava Gardner   y unas cuantas de esas famélicas modelos con cara de hambruna y mala leche y pídanles que escojan según sus gustos. Me juego el pescuezo a que gana la vieja ola por goleada. Hablando de esto con mis hijos hice la prueba por si eran cosas mías de viejales, pero no. Jorge dice, soltando un sonoro soplido, que Marilyn “es la caña”, que “se sale”. Recientemente una de nuestras queridas y paritarias ministras se reunió con modistos y modistas (esos sastrecillos y sastrecillas que van de artistas y hacen ropa que nadie se pone pero con la que se hinchan a vender otras cosas) y les pidió que unifiquen tallas y que lleguen incluso a las de los seres humanos vivos. Todo ello motivado por la lucha por esa ¿enfermedad? de la opulencia que consiste en no comer hasta morir de hambre. No creo que consigan nada. La estupidez y el bussines es bastante más poderoso que el sentido común y, por supuesto que la estética. De modo que mientras las mujeres sufren por no parecerse a esas esqueléticas potrillas que trotan aparatosamente por las pasarelas, nuestros sueños masculinos se hunden en profundos y prietos canalillos. Así que no sufráis, hermosas mías, que nos gustáis así

Entrevista a Mosterín

Entrevista a Mosterín

Pensamientos libres y críticos como el de Jesús Mosterín son absolutamente necesarios en una sociedad de verdad democrática. Su nuevo libro, ‘La naturaleza humana’, nos vuelve a inocular una dosis de reflexión contra prejuicios, fundamentalismos, inercias, sectarismos, blanduras y cobardías.

JAVIER SAMPEDRO
EL PAIS SEMANAL - 05-03-2006

¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el ser humano? Kant dijo que toda la filosofía cabe en esas cuatro preguntas, y también dijo que las tres primeras se reducen a la cuarta. Jesús Mosterín es uno de los primeros colegas de Kant que se han propuesto responder la cuarta pregunta “de la única manera intelectualmente honesta”, como él dice, que es considerar al ser humano como un miembro de la especie Homo sapiens, un producto de los impredecibles meandros de la evolución biológica, con todos los desperfectos predecibles y lastres inevitables que ello suele implicar.

Un viejo chascarrillo de científicos dice: ¿cuál es la diferencia entre un filósofo y un físico teórico? Pues que el primero trabaja con un lápiz y un papel, y el segundo, con un lápiz, un papel y una papelera. Mosterín, de 64 años, es un filósofo con papelera: un pensador muy atento al desarrollo de la ciencia, y convencido de que las cuestiones que ocupan nuestra reflexión diaria –los modelos educativos, las tensiones territoriales, la relación Iglesia-Estado, la política lingüística, la discriminación sexual, la eugenesia y la eutanasia– sólo tendrán una respuesta clara y sensata cuando incorporemos al debate el conocimiento científico de nuestro cerebro y de sus turbios orígenes evolutivos. Acaba de exponer sus ideas en La naturaleza humana (Espasa), y está dispuesto a dar la cara “sin tapujos y sin refugios políticamente correctos”. Profesor de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC y catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona, divide su año en tres tercios de similar dimensión: un tercio entre Madrid y Barcelona, un tercio “viajando”, y el resto refugiado en el monte, inaccesible al mundo mientras hace la parte más dura de su trabajo, la de pensar.

Mosterín tiene alergia a los grupos, sean naciones, confesiones o empresas, y el hilo que vertebra su pensamiento moral podría definirse como una ética estadística, donde los valores colectivos se reducen a meras resultantes de los valores de cada individuo. Le pido que lo explique con el ejemplo de Francis Fukuyama, el ideólogo de los neoconservadores norteamericanos que, después de declarar el final de la historia en 1992, descubrió en 2002 una fisura en su propia teoría. El fin de la historia, según Fukuyama, se debía a que el capitalismo había demostrado ser el sistema político mejor adaptado a la naturaleza humana. Pero esa teoría dejaría de valer si la tecnología genética lograba cambiar la naturaleza humana, de modo que Fukuyama concluyó: “No tenemos por qué aceptar ninguno de esos mundos futuros que nos ofrecen bajo el estandarte de la libertad. No tenemos que considerarnos esclavos del progreso tecnológico inevitable cuando el progreso no sirve a fines humanos. La verdadera libertad es la de la comunidad política para proteger sus valores predilectos, y ésa es la libertad que tenemos que ejercer en relación con la revolución tecnológica actual”.

¿Qué tiene que decirle a Fukuyama?

Hay muchas palabras culturales que se refieren a estructuras neurológicas, pero sólo los individuos tenemos un cerebro. La comunidad, el pueblo, la empresa y otros grupos son entidades útiles, pero entidades estadísticas. Son descerebradas, no tienen cerebro, y por tanto no pueden tener libertad, ni lengua ni religión. El pueblo español no tiene una lengua, ni puede tenerla. Entre los individuos que lo componen, algunos hablan una lengua; otros, otra; otros hablan dos, y otros hablamos siete. La única distinción importante es la que se da en cada individuo entre la lengua materna y las aprendidas de forma secundaria: incluso están archivadas en regiones diferentes del cerebro. Con la libertad pasa lo mismo.

Muchos animales no son libres, es casi una forma de perfección. Están muy bien adaptados a su entorno, y les resulta mucho más cómodo aplicar unos comportamientos rígidos a cada situación. A otros animales que hemos evolucionado en un ambiente muy cambiante, esos programas rígidos no nos sirven. Eso nos da un ámbito de libertad. Pero esa libertad no tiene sentido atribuirla a ninguna colectividad. La colectividad no quiere nada, porque la voluntad es una propiedad de cada cerebro. La lengua, la religión, la libertad y la voluntad son individuales. También el gusto –no hay dos personas que tomen el café igual– y la moda.

Pero la moda sólo tiene sentido si la adopta alguna colectividad, ¿no?

La moda, como todo modelo cultural, se ha comparado con una epidemia. La primera minifalda se la puso Mary Quant, fue una acción suya, pero después se propagó por imitación. La preocupación de los sectores conservadores por la inminente llegada de la minifalda a sus países era comparable a la que hubieran sentido ante la llegada de la gripe aviar o cualquier otra epidemia.

¿Pero no es más que imitación? ¿O los modelos culturales se propagan entre receptores activos, críticos?

Ésa es una importante distinción entre la evolución biológica y la cultural. La biológica siempre ocurre por selección natural, y la cultural tiene a veces elementos lamarckistas, por así llamarlos. La aceptación de una moda, o de otro modelo cultural, requiere a veces reflexión y cálculo. Una moda en la comida se puede propagar por el mero hecho de que hay gente que come lo que ve comer a otros, pero también hay gente preocupada por la salud o las calorías, y esto impone un filtro a la propagación de la moda en esos sectores de población.

¿En qué se parece la religión al nacionalismo?

El nacionalismo es más parecido a una religión que a una teoría científica. Las cosas que más excitan a la gente poco reflexiva son las que no existen, como Dios, la nación y todas estas cosas. Las caricaturas de Mahoma no son nada en comparación con las que se publicaron de Darwin desde 1859. Por cierto, que la etiqueta del anís del Mono sigue siendo una caricatura de Darwin. No creo que ningún científico se sienta ofendido por ello. Más bien se ríen. Pero hay mucha gente que no perdona por cosas que no tienen la menor importancia.

¿Qué es una nación?

Las naciones no existen. Existen los territorios y las poblaciones de distintas especies que viven en ellos, incluida la especie humana, pero los humanos que viven en cualquier territorio son siempre de distinta raza, de distinta lengua y demás. Los nacionalistas invierten los términos y piensan que lo que existe es una entidad metafísica, la nación, que es el resultado de la unión mística entre determinado territorio y determinada cultura, y luego, claro, a la población la tienen que meter con calzador para que encaje en esa nación inexistente. Pero ni encaja ahora ni encajó hace un siglo, ni en la Edad Media ni en la antigüedad, porque la gente que ha vivido en cualquier territorio siempre ha estado mezclada. El nacionalismo es una postura religiosa.

¿Hay que respetar ciertas cosas porque pertenecen a otra cultura?

He estado en Irán invitado por los ayatolás. Ellos respetan la forma de vestir de las mujeres en Occidente y piden, por reciprocidad, que los occidentales respeten el chador. Ya antes de despegar de París, en el avión de Air Iran, pedían a las mujeres ponerse el chador, aunque por supuesto respetaban su libertad de bajarse del avión en caso contrario. Para ellos no era más que una cuestión de respeto mutuo y reciprocidad entre dos culturas. La falacia es evidente, porque muchas mujeres iraníes no tienen ninguna gana de ponerse eso, pero todas lo llevan para evitar que les tiren ácido a la cara o las encarcelen.

¿Y qué hay de los casos en que es la propia víctima la que parece aceptar esa situación?

Las ideologías se aprovechan de que el ser humano es muy plástico, sobre todo en la infancia, y someten a la gente a auténticos lavados de cerebro. Una religión puede llegar a anular instintos tan básicos como el de conservación, como vimos de forma espectacular con los pilotos suicidas de Nueva York.

¿Cuánto hay de religión y cuánto de desesperación en la motivación de un terrorista suicida? Se ha argumentado que algunos de esos jóvenes que se inmolan lo hacen para que su familia reciba dinero de la organización.

Habría formas más simples de conseguirlo, como suscribir un seguro de vida y suicidarse tranquilamente en casa. Y hay organizaciones terroristas montadas con su bolsillo por jóvenes saudíes millonarios, como Bin Laden. Todos los ejércitos lavan el cerebro a sus reclutas, y les dicen que “es dulce y decoroso morir por la patria”. Yo hice la mili de alférez en Bilbao, y en la cantina había un cartel que decía: “A quien muere por la patria lo recoge la inmortalidad”. Yo le dije al comandante que allí debía de haber una errata. “Mi comandante, ¿no debería poner que lo recoge la mortalidad?”. Acabé dos días en el calabozo, claro.

Claro.

Hay unas escuelas, las madrazas, donde los niños musulmanes se aprenden de memoria el Corán, y no estudian nada más. Mientras lo memorizan, mueven la cabeza atrás y adelante, de forma repetitiva, sin parar nunca. Los hijos de los judíos ultraortodoxos también se tienen que aprender de memoria la Biblia en hebreo, y es curioso que hagan los mismos movimientos de cabeza repetitivos. La infancia es el mejor momento para lavar el cerebro, hasta el extremo de suprimir un instinto tan básico como el de supervivencia, y esto no es ninguna peculiaridad del islam. Los mártires cristianos, tan admirados por la Iglesia, no eran otra cosa que locos fanáticos. Lo de “ama a los demás como a ti mismo” sólo tiene sentido si uno está cuerdo. Yo no admiro a los mártires. Admiro otros comportamientos más sensatos, serenos e inteligentes.

En su ‘ética estadística’, ¿de dónde se deriva el bien común?

La ética es individual, pero el derecho no: lo hacemos entre todos, al menos en las sociedades democráticas, y luego lo imponemos a cada individuo. Tú no puedes robar el coche del vecino, con independencia de lo que pienses o de cuáles sean tus valores. Tal vez en el futuro, cuando sea posible seleccionar todas las características genéticas de los hijos, llegue a no nacer ningún individuo peligroso o malvado, y tal vez el anarquismo llegue a ser posible entonces. Mientras tanto, tenemos que aceptar el hecho de que hay malas personas –gente con mala leche, o muy agresiva– y que viven en el mismo planeta que nosotros, en el mismo país y en el mismo barrio. La mayoría de las personas estamos de acuerdo en renunciar a una porción de libertad para defendernos de estos congéneres. Pero este argumento sólo sirve para lo imprescindible, no se puede llevar ni un milímetro más allá.

Los estudios con gemelos han revelado componentes genéticos en la postura que uno adopta sobre los impuestos, la redistribución de la riqueza, la inmigración, el aborto y muchas otras cuestiones relacionadas con la política. Los datos también demuestran que, en cualquier debate, tendemos a dar la razón al más guapo de los contendientes, o al que tiene unos rasgos faciales asociados a la eficacia. ¿Es eso un argumento contra la ‘ética estadística’, o incluso contra la democracia?

Ninguno de esos rasgos es puramente genético. Incluso en los estudios con hermanos gemelos afloran como un sesgo, pese a que todos los genes son idénticos en este caso. Las tendencias innatas de nuestra psicología suelen tener una razón evolutiva. Por ejemplo, todos los padres saben que los bebés suelen ser extremadamente latosos, y raro es el que no ha sentido alguna vez el impulso espontáneo de tirarlos por la ventana. Pero quienes cedieron a ese impulso se quedaron sin descendencia hace miles de años: todos nosotros, los humanos actuales, descendemos de padres que controlaron su impulso y no tiraron al bebé por la ventana. Esto explica que sintamos una ternura espontánea hacia los bebés, o incluso hacia cualquier cachorro de otra especie. Del mismo modo, nuestra preferencia inconsciente por la gente guapa tiene su origen evolutivo en que, durante el pasado de la especie, los guapos solían ser la gente más sana, y la belleza funcionó como un indicador de la salud. Pero nada de eso es determinante, son sólo sesgos genéticos.

En cualquier caso, ¿tenemos que acepar que no somos enteramente libres al tomar decisiones?

Por supuesto, pero esto ya lo teníamos que aceptar sin saber nada de la evolución y la naturaleza humana. La palabra libertad se usa en dos sentidos. Uno es que los demás no nos impidan lo que queremos hacer. Si nadie me impide ver la película que quiero ver, puedo decir que tengo libertad de cine. Este sentido de libertad se entiende bien. El segundo sentido, que no se entiende bien, es el que usan los filósofos desde la Edad Media en sus discusiones sobre el libre albedrío y la voluntad. Viene a sostener que no somos verdaderamente libres si estamos influidos por la publicidad, la educación, el entorno familiar o las novelas que leemos, y ahora habría que añadir los genes o la estructura innata de nuestro cerebro. Pero esto es manifiestamente absurdo. Yo no dejo de ser libre por haber recibido una educación, ni tampoco por el hecho de que mi comportamiento tenga tendencias genéticas. Ninguna de esas tendencias es determinista.

¿Y la voluntad?

Si un niño quiere un pastel, se debe en cierta medida a sus genes, que han programado su cerebro para disfrutar del dulce, pero eso no quiere decir que el niño no quiera el pastel: lo quiere de verdad. Si yo tengo sed, quiero beber. Mi libre voluntad es beber, por más que haya razones fisiológicas obvias que afecten a mi decisión. Si sólo es libre quien no tiene ningún sesgo en absoluto, ninguna influencia de ningún tipo, entonces la libertad no existe. Ni siquiera la libertad de cine, puesto que si mucha gente me ha hablado de una película, eso afectará mi decisión de ir a verla o no.

Usted aboga por eliminar todo ‘grupismo’: no se puede valorar a una persona por el grupo al que pertenece. Pero, una vez eliminados los grupismos evidentes –la nación, la raza, la religión, la lengua—, ¿no quedará siempre el ‘grupismo’ de la normalidad?

La palabra normal tiene dos sentidos: el estadístico (lo normal es lo más frecuente) y el moral. Es muy importante evitar la contaminación entre ambos. Fíjese en que todas las cosas muy buenas son anormales en el primer sentido. Los genios de la música o los grandes matemáticos son gente poco normal, y en ese sentido la historia está llena de anormales inscritos con letras de oro. Lo que ocurre es que hay muchas personas sin autoestima que se sienten acomplejadas, y son éstas las que tienden a confundir el primer significado con el segundo, a convertir la normalidad –lo frecuente– en un valor. Es un grave error. Debemos convertir la normalidad en un concepto aséptico, estadístico, sin ninguna connotación moral.

Dice usted que, en ausencia de toda discriminación, muchas mujeres seguirían renunciando a ciertas oportunidades profesionales porque no quieren descuidar los aspectos personales y familiares de su vida. Pero ¿no es una discriminación el hecho de que los puestos altos del trabajo sean incompatibles con la vida que quieren llevar la mayoría de las mujeres?

Todo sistema de selección profesional que tenga en cuenta el sexo supone una discriminación, y nuestras sociedades están llenas de discriminaciones contra la mujer por todas partes. Pero no creo que tenga sentido llamar discriminatorio a un sistema de selección sólo porque sus resultados no sean proporcionales. Por ejemplo, del mero hecho de que no haya extremeños en la Orquesta Nacional no podemos concluir que la orquesta discrimine a Extremadura. Si una empresa tiene dos candidatos iguales en todo excepto en el sexo, y elige al hombre, está discriminando a la mujer. Pero si la empresa ofrece el puesto a los dos, muchas veces al hombre le sale de las hormonas desentenderse de sus hijos y entregarse a la empresa, mientras que muchas mujeres renuncian voluntariamente al ascenso antes que eso. Son decisiones individuales, y no creo que constituyan una discriminación. Yo no estoy convencido de que la decisión del hombre sea mejor que la de la mujer, pero el caso es que no es una discriminación, sino una adaptación a los fines que la empresa persigue.

¿Hay derechos indiscutibles, como los derechos humanos?

Al igual que las naciones, los derechos no existen, son convenciones, y esto incluye los derechos humanos. El derecho a no ser esclavizado le parece obvio a todo el mundo, pero sólo es un derecho desde el siglo XVIII, y antes no le parecía obvio a casi nadie. Los niños tienen derecho a ir a la escuela, pero sólo desde el siglo XIX. ¡Antes sólo iban a la escuela los curas! Tener un ordenador será algún día un derecho obvio, pero ahora mismo no ocurre así. Si algún argumento sobre los derechos tiene carácter universal, es precisamente porque se refiere a la naturaleza humana. Yo no puedo aceptar que “conservar el clítoris intacto” sea sólo un derecho de las mujeres europeas, porque tener clítoris es lo natural. El pie femenino es como es por naturaleza, no como querían hacerlo parecer los chinos a costa de torturar a las niñas con vendajes. Son derechos con vocación universal porque están basados en una naturaleza humana que también lo es.

Cada época tiene su retórica moral. Los pensadores de la antigüedad no hablaban de derechos, sino de “bienes y males”. En la Edad Media, toda la discusión moral se centraba en la idea de pecado, y Kant sólo hablaba de “deberes”, que en efecto es lo mismo que hablar de derechos, puesto que todo derecho que se me reconozca a mí implica unos deberes para los demás. En nuestra época hablamos de derechos, pero no hay que dejarse arrastrar por la retórica. Yo estoy contra la caza y las corridas de toros, pero no pretendo basar ese rechazo en unos supuestos derechos de los animales.

¿Hasta qué punto la Iglesia católica, con su oposición a las técnicas contraceptivas y de planificación familiar, es responsable del subdesarrollo del Tercer Mundo?

No es en absoluto una casualidad que los mayores índices de natalidad se den precisamente en los países más pobres del mundo. El exceso de población es una de las principales causas del hambre, las plagas y todos los demás jinetes del Apocalipsis. En esos países, una familia tiene que elegir entre alimentar y educar bien a un hijo o malcriar a 10, condenándolos de nuevo al subdesarrollo, la miseria y la enfermedad.

Los organismos internacionales aconsejan a los Gobiernos de los países en desarrollo establecer políticas vigorosas de control de la natalidad, porque son indispensables para romper el círculo infernal del hambre y la miseria, y los Gobiernos lo habrían hecho hace tiempo si no fuera por la presión del fanatismo religioso, y en especial de la Iglesia católica. Pablo VI condenó la planificación familiar, la anticoncepción y el aborto en una encíclica, ya en 1968. Juan Pablo II, el Papa viajero, ha sido un verdadero vendedor ambulante de irracionalidad demográfica, y la influencia católica es la causa de que el aborto siga prohibido en toda Latinoamérica. No hace falta hablar del sida y los condones. Además, el Vaticano es incoherente, puesto que, si rechaza los condones porque erosionan el valor supremo de la reproducción, no habría peor pecado que la castidad, y sin embargo, ya ve usted. La Iglesia sigue con la estrategia de la sopa boba. Dad de comer al hambriento, y que se resigne a seguir siendo pobre. Es fundamentalismo.

¿Por qué sigue prohibida la eutanasia?

Está prohibida en la mayoría de los países, pero siempre que se ha procesado a un médico y el caso ha llegado a un tribunal con jurado, el médico ha salido absuelto. Casi todo el mundo entiende que el objetivo de la eutanasia es evitar el sufrimiento inútil, y el legislador lo tendría realmente fácil si quisiera elaborar una normativa racional. Ni la persona más conservadora querría para sí el encarnizamiento terapéutico que sufrió Franco al final de su vida, ni el que padece ahora Sharon. ¿Qué sentido tiene? Se suele aducir el miedo a que se abuse de la eutanasia, que se use para asesinar a alguien, pero eso se puede aducir de cualquier cosa, habría que prohibir los bisturíes. Las mismas personas que rechazan la eutanasia y el suicidio asistido por el tabú de la muerte suelen apoyar la guerra. La muerte de 3.000 personas bajo las bombas no parece ser tabú para ellos. Si una persona ha decidido serenamente que su vida ya no vale la pena vivirse, ni el Estado ni la Iglesia pueden obligarla a seguir viviendo. Es sólo su decisión individual. En Holanda ya se practican miles de eutanasias legales al año, y espero que pronto se legalice en los demás países.

Usted no sólo defiende la ciencia como sistema de conocimiento, sino también como sustituto de la religión, como cosmovisión, como la única fuente de trascendencia que podemos esperar. Sin embargo, hay científicos como el premio Nobel Steven Weinberg que rechazan ese punto de vista. Dicen que la ciencia sólo sirve para hacer predicciones sobre los procesos físicos, y que no puede aportar ninguna visión del mundo ni del cosmos.

No hay que fiarse mucho de Weinberg, porque primero dice eso, y se mete mucho con los filósofos, pero luego es el científico que más libros de filosofía ha escrito. Prefiero la idea de Bertrand Russell, que pensaba que la contemplación del cosmos “nos hace ciudadanos del universo, y no sólo de una ciudad amurallada en guerra con las demás”. Puesto que la creencia en un Dios personal es producto del miedo, la única religiosidad que nos queda, y la única compatible con la ciencia, es la de Spinoza y Einstein, la que identifica a Dios con la naturaleza. Einstein creía que, por medio del entendimiento, el ser humano puede liberarse de las supersticiones y los deseos personales, y conseguir una “actitud mental humilde” ante el cosmos. La posibilidad de sintonizar con el universo también forma parte de la naturaleza humana.

VOLVER A VOLVER

VOLVER A VOLVER

Cuantas más películas de Almodóvar veo, más me gusta John Ford. Y es que ayer piqué otra vez. Fui a ver Volver a pesar de que hace tiempo dije que no volvería a ver una peli de Almodóvar. Y  volví a Volver. ¡Qué tontuna!, ¡Qué aburrimiento!. Me dejé llevar una vez más por los comentarios maravillados que me llegaban, por las críticas de elogio encendido, por la flaqueza de la duda, y... la curiosidad mató al gato; chasco de nuevo. Y eso que el Almodóvar es un tío que me cae bien, y tengo buenos recuerdos de su época inicial rompedora cuando aquellas películas nos pillaron con aquellos pelos. A lo mejor es eso. Que el pelo está más bien blanco y no nos hacen gracia las mismas cosas. Tengo la sensación de que Almodóvar ha conseguido algo prodigioso y muy meritorio o afortunado, y es que creo que la gente va al cine a ver sus películas con la firme decisión de que les guste, ha conseguido que la gente lo tenga como algo suyo, como si todos y cada uno fueran su descubridor y su fiel hincha. No voy a aburrir a nadie con las razones de mi aburrimiento, pero me aburrí mucho. Algún amigo mío cinéfilo, por debajo de cuya única ceja han desfilado miles y miles de películas dice que lo que me pasa es que a mí no me gusta el cine. Él quiere decir, claro, que no me gusta lo suficiente para verlo todo, como él. Puede ser. No ejerzo ningún sacerdocio, ni de cine ni de ninguna otra cosa. Es cierto que no tengo una gran formación como aficionado, cosa que sin duda ayuda para el disfrute de cualquier expresión artística. Lo que pasa es que cuando nos ponemos a hablar de las grandes  películas, no hay conflicto ni casi discusión con los amigos (salvo con mi cuñada, que le dio un mal de pequeña y por eso dice que su peli favorita es Pretty Woman). de modo que nos quitamos el sombrero ante To be or not to be de Lubitsh, casi todas las de Billy Wilder y de John Ford, casi todas las de John Houston, con Ciudadano Kane, Apocalypse Now, La guerra de las galaxias, 2001 Odisea del Espacio, Blade Runner, Historias de Philadelphia y tantas otras maravillas, que aunque sea tontico, a mí también me han hecho gozar y no olvido. En resumen, que Almodóvar un aburrimiento y que no entiendo porqué sus pelis van directo al éxito y a todos los festivales y menos aun porqué he vuelto a perder dos horas y seis euretes. Les diré también que Almodóvar me aburre pero tiene un pase, pero detesto profundamente el cine de Tarantino. Y así ya me pueden poner verde a gusto. Pueden hacerlo en www.elpuente.blogia.com.

PALETOS

PALETOS

Un hombre del campo es potencialmente un hombre digno igual que cualquier otro. Pero el hombre del campo que no se siente cómodo en su piel, que reniega de la poco sofisticada vinculación con la tierra y se aparta, huye de ella como de una maldición, se convierte en un paleto. Es un tipo amargado que carga para siempre con un estigma que él mismo ha creado. Hará cualquier cosa para esconder una condición que tan sólo él estima vergonzosa. Medrará, abusará, robará con tal de exhibir una nueva condición, que sólo él no sabe que es la de sinvergüenza, nuevo rico y paleto. Detrás de muchas de las actividades de destrozo del litoral mediterráneo se mueve la sombra de estos paletos que se fueron un día a hacer las marbellas o que descubrieron que el pastón ganado con sudor magrebí les podía servir para comprar los Mercedes que no se pueden comprar en su pueblo, las mansiones que nunca se hubieran podido comprar sus padres,  las cenas en los más caros restaurantes con mandamases que no se dignarían ni a mirar a sus primos del pueblo. Y así se envalentonan, buscan servidumbre de miserables y queriendo ser más finos e importantes, son cada día más paletos, más groseros, más grotescos. El paleto del alcalde de Orihuela se pasea por el pueblo en un Rolls Royce de un paleto amigo suyo constructor, el paleto del alcalde de Los Alcázares se pavonea de su amistad con Roca, el rey de los paletos, y barrunta ahora mismo lo que se le puede descubrir, el hermano paleto del presidente paleto del gobierno regional de Murcia hace negocietes con el paleto del dueño del Polaris. El paleto de Lorca ha creado un plan urbanístico que albergará casas para diez veces la población de su desértico municipio, los políticos paletos de Alhama venden su tierra, (¿para qué quiere la tierra un paleto?), al antedicho paleto-Polaris por un adelantillo jaleado por el gobierno regional murciano que ha creado una asociación pública de protección de paletos. Merodean los paletos como lobos alrededor del rebaño en Cabo de Gata, en Águilas en Calblanque (único caso en que un gobierno intenta desproteger un territorio protegido para que un paletillo amigo haga sus paleterías esas de los “resorts”, aunque por suerte aquí intervino la UE y se fastidiaron).  Saben que no pasa nada. Dentro de poco todos en la calle viviendo de lo que robaron y rompieron. No corren peligro en tierra de paletos. Todos van hacia la más profunda miseria moral, sacudiéndose el dinero de sus ropas como si fuera la tierra de aquél campo que un día maldijeron.

LA RESPUESTA DEL CABO

LA RESPUESTA DEL CABO

Recuerdo una anécdota personal quizás nimia, pero que he tenido presente desde los lejanos y doloroso días de mi servicio militar. Excuso decir que eran los tiempos del Servicio Militar Obligatorio en que el estado secuestraba legalmente a los jóvenes, les suspendía sus derechos civiles y les mandaba a cuarteles de opereta a perder el tiempo y a aprender todos los vicios que no tuvieran ya. En la ocasión a la que me refiero, nos habían mandado a un grupo a servir a la patria barriendo las hojas caídas de los árboles en un patio trasero del cuartel. Como era justo y natural la vagancia y el escaqueo dominaban el grupo, hasta que hubo que hacer algo para justificarnos y no recibir los rebuznos del brigada. Uno del grupo dijo: “venga, ¿cómo hacemos esto?”, yo le dije: “organízalo tú que eres el cabo”. El chaval me miró casi con desprecio y me dijo: “¿Cabo?, yo no soy militar tío, ¿Es que eres militar tú?. Haced lo que os dé la gana”.

Veinte años después aún recuerdo su mirada y la tristeza que sentí al comprender lo que sus palabras encerraban; había dejado de pensar por mí mismo, estaban consiguiendo que pensara como ellos querían, utilizando además un poder que aun siendo brutal, era simple, tonto, evidente. ¿Qué pasaría entonces al enfrentarme a métodos de dominación más sutiles y mucho menos visibles?. ¿Qué ocurriría al enfrentarme con el peso de las opiniones de la mayoría, con las palabras vacías y torcidas de los poderosos?. Cuando yo fui a la mili era mucho mayor que el resto de reclutas y ya contaba con una formación académica humanística, pero sólo en aquél momento y en las palabras y la mirada de aquel chaval, comprendí que la lucha por la propia dignidad, que es lo que realmente nos hace personas, consiste en la defensa de la libertad y que ésta comienza indefectiblemente por uno mismo, por su propia  liberación individual, a través del pensamiento autónomo, la crítica y una firme determinación para pasar la escoba a todo el pensamiento basura que nos coloniza.  Esa es la idea. Conseguirlo es otra cosa. Sin embargo la reflexión, la mirada crítica, junto al goce de los placeres del cuerpo y del intelecto son lo único que puede dar algún sentido a esta vida irremisiblemente condenada. Es un ejercicio que comienza de modo solitario, pero que puede llegar a ser compartido con otros, momento entonces en que alcanza su mejor brillo. Es por eso por lo que algunos escribimos en la prensa. Algunos también lo leen por eso y a veces quizás quisieran decir algo. Pues díganlo. Aquí por ejemplo: www.elpuente.blogia.com 

 

 

 

 

YETAS EN EL CORAZÓN

 

 

 

 

 

 

Regreso al tajo. Pero con el sentido de la palabra “vacaciones” bien entendido. Verán:

En el último confín de la provincia de Albacete, en un territorio que no es camino de ninguna parte, existe una aldea de antigua belleza llamada Yetas. Sus casas se derraman por la ladera del monte buscando en el fondo el Arroyo de la Zorrera a través de primorosos huertos como el que cuida el amigo Gregorio. Se trata posiblemente de los entornos mejor conservados de nuestra provincia. En los pasados días pudimos ver bandadas de cientos de halcones en su peregrinar buscando el valle del Guadalquivir , vimos el secreto encanto de la cabra montés en el desfiladero de la presa de La Toma, nos deleitamos observando el vuelo de águilas y buitres sobre el valle y vimos las zorras a la noche rondar la casa. A un paso de la población, disfrutamos de los que puede que sean los paisajes más impresionantes de la provincia; la vista del valle del río Segura desde la Sierra de Lagos con Yeste a un lado y Cazorla al fondo. Comer en Yetas es sentir la emoción de regresar a los tiempos de las comidas de verdad. Las migas con pimientos y chorizos que Maximina borda siempre con una sonrisa, el potaje de habichuelas con pantalones que María Elena hace sin darle importancia y que debería ser declarado plato de interés culinario nacional. Pero con todo, lo mejor lo obtuvimos de las gentes de Yetas. Noches de tertulia en la plaza entretenidos por ejemplo en dar con el origen de los motes. ¿Porqué Chicharra, Muelle, Suelen, Olayo, Escribao, Barba, Moro, Cañamazo...). Historias sencillas y divertidas. Inovidable la noche de buñuelos y chocolate en casa de Verónico y Medina con toda su familia. Aparecieron las guitarras y se fueron desgranando las malagueñas antiguas, los cantos de aguilanderos y hasta coplas y boleros (José Angel casi gasta la botella de anís y Rosa el cemento bailando y en las castañuelas noventa y dos años nos contemplaron en un perfecto compás). Las historias de caza de Angelito, “el terror de los jabalises” (qué jodío, por llamarle embustero, me dio con unos cuantos marranos en el morrete). Afecto recibido como fresco de verano de Manuel el herrero y la dulce Salud. La ayuda siempre dispuesta del bueno y servicial Olayo, la amistad de Loli, de Vanesa, de Ana, la chispa de Laura, la última niña de Yetas, que dice que vive muy bien allí, pero que a la Feria de Albacete tiene que venir. Y la amistad de Emilio y Maria Elena, responsables en buena medida de que esta aldea no muera; para todos tienen su hermosa casa rural de El Morrico. En fin, empiezo la temporada nuevo con Yetas en el corazón y, qué quieren que les diga; Benidorm pa quien lo quiera

 

VIVIR HACIA ADENTRO

 
 

Las personas tristes o apesadumbradas segregan por término medio un 32 % más de hormona del estrés. Este es uno de los curiosos resultados a los que ha llegado Andrew Steptoe y su equipo de investigación de la Universty College London.  Es un paso más en la investigación que la ciencia ha emprendido desde hace años acerca de las relaciones y fundamentos fisiológicos de felicidad y salud. Ya se comienzan a conocer  y medir con bastante fiabilidad los efectos biológicos de la felicidad y la ausencia de ella y los resultados son bastante contundentes. Las personas infelices siembran en su cuerpo la semilla de múltiples desarreglos que son la base de un alto número de enfermedades. Pudiera parecer a primera vista que una sociedad como la nuestra, donde la práctica totalidad de las necesidades básicas están cubiertas para la práctica totalidad de la población,  debería ser una sociedad de personas satisfechas en su gran mayoría y, por tanto, una sociedad de gente feliz. Pero no es así. Porque al parecer la felicidad tiene poco que ver con la satisfacción de necesidades elementales (comer, habitar un sitio cómodo, etc). Ya Maslow diferenciaba estas necesidades de las que él llamaba “superiores” (la aceptación social, la realización de un proyecto vital...). Alguno de sus seguidores matizaron los descubrimientos del maestro llamando a las necesidades básicas necesidades “higiénicas” y a las superiores necesidades “motivadoras”.  Ruut Veenhoven, profesor de la Universidad de Rotterdam  y director del curioso y vasto proyecto de investigación Base de Datos Mundial de la Felicidad, afirma que la felicidad no tiene que ver con el dinero, ni con la educación, ni con la edad, sino que tiene que ver directamente con saberse rodeado de afecto y tener una vida espiritual rica. Su definición de felicidad es “cuánto nos gusta la vida que llevamos”. Relaciones afectuosas y vida espiritual rica. Aquí tropezamos con el problema. En nuestra sociedad, la mayoría de los individuos se alejan cada día más de esa vida espiritual rica, caminando hacia actitudes materialistas cada día más groseras y menos elevadas. Tener en vez de ser. Vivir volcados hacia fuera sin apenas tiempo para vivir hacia adentro. Un curioso estudio de Richard Davison, neurocientífico de la Universidad de Wisconsin, revela que los monjes budistas tienen de forma permanente mayor actividad en la corteza prefrontal izquierda, que está directamente asociada al sentimiento de bienestar lo que les provoca además una gran resistencia al estrés, fuente fisiológica de la infelicidad. Viéndole la cara al Dalai Lama, parece que lleva razón. 

UN PUÑADO DE LINCES SOLITARIOS

 
 

Hace unos días la prensa informaba de un descubrimiento esperanzador y hermoso en el campo de la zoología de la península. Existen colonias vivas de lince ibérico en  los Montes de Toledo, en la región limítrofe de las provincias de Ciudad Real y Jaén, cuya extinción había sido corroborada por los estudiosos hace años. En un minucioso estudio de campo se han recogido heces de los amimales y , a través de estudios de ADN, se ha comprobado que pertenecen a individuos distintos, lo que garantiza que, aunque pequeña, existe una colonia de estos animales. El estudio, según se informaba, se encuentra ahora en la fase nada fácil de fotografiarlos e identificarlos para elaborar un plan de acción que favorezca su supervivencia.

Que exista un puñado de linces en un territorio donde los creíamos extinguidos, puede que no sea asunto trascedente. Pero yo los he visto durante todos estos años caminando entre las breñas envueltos en un halo de silencio, mirando y viendo hasta más allá del horizonte para medir el espacio de sus soledades,  los he visto con sus picudas orejas peinando el viento para entregar a los conejos con la muerte la épica de la que carecen. Los he visto adustos y mimosos cuidando a sus cachorros, siempre los últimos cachorrros de la especie. Y los he visto dejando, acaso descuidadamente, sus heces para que otros compongan el rompecabezas.

Que yo haya soñado todo eso no es desde luego en modo alguno asunto trascendente. Pero la noticia y el sueño me han mostrado que existen personas que como los linces sobreviven en el olvido, que viven en el eco de su desaparición. Personas que viven solitarias en las anchuras de nuestro tiempo, que viven entre los otros sin que nadie los vea. Personas que aman el saber callado, que afilan como los linces sus uñas en los troncos del pensamiento, que critican su mundo por el instinto de un amor feroz a sus semejantes. Hablo de filosófos, poetas y otros resistentes. Son personas que se esconden del disparo narcótico del despilfarro, del tiro de la idiotez común. Piensan. Son libres. Casi no existen. Son supervivientes en un mundo que los desplaza roturando los bosques frondosos de las ideas, envenenando la cultura de que se alimentan, atravesando sus veredas solitarias con las autopistas de una información enorme y vacía. Con sus heces, dejadas acaso descuidadamente, otros compondrán nuestro enorme rompecabezas.

 
 

León Molina

 

TURBIAS VERDADES

 
 
 

El jesuita José Ignacio González Faus escribió hace algún tiempo un párrafo muy jesuítico que reza así: “ Uno tiene cierta obsesión por la razón y el raciocinio, y se siente a veces preocupado por cómo los utilizamos. El hombre, con perdón de Aristóteles, no parece ser un animal racional, sino animal que racionaliza sus pulsiones. Spinoza, tan racional él, lo dijo mucho mejor: `La esencia del hombre es el apetito´. Por ello más de la mitad de las razones que aducimos son en realidad sinrazones, y ésta es una de las formas más frecuentes de argumentar en política y en publicidad (que hoy son casi lo mismo). Un argumento que no demuestra nada, que no tiene más fundamento que la agudeza y sonoridad de las palabras, aparece como contundente y capaz de callar al adversario, que no siempre tendrá rapidez para encontrar otra agudeza que haga callar, aunque tampoco demuestre nada.”

Estas palabras eran el preámbulo para un artículo sobre el Plan Ibarretxe. En él pedía que las cosas “se hicieran bien”  y que siendo así se podría cumplir mejor su aspiración de que los vascos fueran sus hermanos, muy por encima de la aspiración de que fueran sus compatriotas.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con un cura. Y no sólo de acuerdo, sino que manifiesto mi admiración por la clara sencillez con que expuso un pensamiento que a mí me ronda desde hace tiempo al contemplar el espectáculo en que los políticos, con el beneplácito de los embobados espectadores, han convertido a la política. La política es una de las más nobles actividades a las que puede dedicar su tiempo el hombre. Las mejores inteligencias en la historia de nuestro saber colectivo han dedicado su esfuerzo a la tarea de articular la convivencia y el buen gobierno de la sociedad, pues eso y no otra cosa es la política. La política mediática que hoy sufrimos ha ensuciado la nobleza de ese pensamiento convirtiéndolo en circo de fieras y payasos, en ramplonería que sea efectiva para el consumo de opciones políticas que se compran con el voto como se compra en el super el desodorante o los precocinados. La culpa, bien es cierto, se reparte entre ellos y nosotros. Y en estas circunstancias es difícil sustraerse a la turbia verdad que habita en la frase de Schiller:    “¿Qué es la mayoría?. La mayoría es un absurdo: la inteligencia ha sido siempre de los pocos.”